Deportes

Entonces éramos hombres

Gordon Brown, 1974. Fotografía: Robyburns (CC).

Un día de primavera de 1888 veintidós británicos agitaron sus canotiers a modo de despedida desde las cubiertas inferiores y superiores de lo que entonces se consideraba el último grito en ingeniería naval, entonaron a coro con cierta maestría el God Save the Queen y el Rule Britannia, lanzaron al viento tres cacofónicos hurras, y finalmente se hicieron a la mar para cruzar medio mundo con el objetivo de jugar cincuenta y cuatro partidos de rugby a la mayor gloria del imperio. En aquellos días a la reina Victoria apenas le quedaban trece años de vida, y su hijo, el futuro rey Eduardo VII, apuraba sus últimos años como sucesor al trono dedicándose con ahínco a conseguir una sólida formación y un amplio catálogo de enfermedades venéreas, no todas clasificadas con el debido rigor científico, a lo largo y ancho de los barrios más libertinos de las capitales europeas, y especialmente de París. Antes de que «Bertie el Basto» viera la luz al final del túnel y sucediera a una madre que ya muchos obispos anglicanos consideraban inmortal, la aventura de aquellos veintidós deportistas se tornó en costumbre y desde entonces, con una periodicidad inicialmente variable pero que actualmente se fija en cuatro años, una selección de los mejores jugadores ingleses, galeses, escoceses e irlandeses —tanto del Ulster como de las provincias del resto de la isla— viajan a una de las antiguas colonias y, bajo el nombre de los British and Irish Lions, juegan tantos partidos de rugby como creen necesarios para demostrar la superioridad del hombre británico. Una superioridad que cuando algún velero o barco de vapor de Su Majestad los desembarcaba en las costas de Sudáfrica o Nueva Zelanda pronto fue vapuleada sin muestra alguna de respeto o conmiseración.

El rugby en Sudáfrica era algo muy serio. Hoy aún lo es, pero afortunadamente ya está libre en buena parte de la mancha racista que lo cubrió durante casi todo el siglo xx. El rugby sudafricano fue hasta 1992 un deporte exclusivamente abierto a los blancos, a varias generaciones de apellidos hugonotes (De Villiers, Pienaar, Marais, Fourie, Rossouw) y holandeses (van Wyk, van Heerden, van der Westhuizen) que llevaban siglos defendiendo unas tierras en las que se encontraban en clara minoría. Y que, quizás por el recuerdo del trato que habían sufrido sus antepasados en Europa, quizás por alguna otra tara que no debería sernos muy difícil identificar, la defendieron negándole todo atisbo de dignidad al hombre negro. Durante aquellos años en los que el rugby fue la bandera del apartheid, Sudáfrica se mantuvo como la primera potencia mundial en este deporte. Tenían ventaja en sus enfrentamientos con los famosísimos All Blacks neozelandeses —veintiún partidos ganados y dieciocho perdidos hasta 1995, cuando llegó el profesionalismo al rugby; a partir de entonces la cuenta es de doce partidos ganados y veintiocho perdidos— y su juego era temido por todos los equipos contrincantes. Practicaban un rugby durísimo, en muchos aspectos criminal, un fiel reflejo de su filosofía de vida, siempre orientado a intimidar a los jugadores rivales mediante una superioridad física forjada a golpe de azada en las granjas del veld, donde cualquier muestra de debilidad, incluso mental, era una ofensa a los antepasados que alcanzaba la categoría de blasfemia. El sudafricano quería ganar como fuera, sin importarle los medios. Y ningún equipo de los Lions había ganado una serie de partidos frente a los Springboks desde 1896 —una época en que aquellos granjeros bóers aún estaban aprendiendo el juego y, aunque ya apuntaban maneras, se pasaban el balón como si fueran sandías de Stellenbosch— cuando en 1974 llegó al Cabo de Buena Esperanza el mejor equipo que los British and Irish Lions hayan reunido jamás.

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4 comentarios

  1. Felipe Callejón Oscuro

    Primo Larry, qué rugby, qué tiempos. Buen artículo. BTW, Bobby Windsor es galés (y a la sazón vive en Mallorca).

  2. «Un día de primavera de 1888 veintidós británicos…» «En aquellos días a la reina Victoria [1819-1901] apenas le quedaban tres años de vida..». Entonces, o corría el infausto -para España- año de 1898 o a la reina emperatriz le quedaban trece años de reinado.

  3. Fernando Olalquiaga

    Gracias por señalar las dos erratas: la fecha correcta es 1888, y por tanto a Victoria le quedaban 13 años de reinado.

    Si el editor fuera tan amable y lo ve procedente, por favor que las corrija.

  4. Pingback: Los indios que inventaron el fútbol americano – El Sol Revista de Prensa

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