Arte y Letras Historia

La casa de las chicas que iban a cambiar el mundo

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Alumnas en la biblioteca de la Residencia de Señoritas en Miguel Ángel, 8 (ca. 1929). Fotografía: Archivo International Institute in Spain, Madrid.

El feminismo es, por un lado, el derecho que la mujer tiene a la demanda de trabajo cultural y, por otro, el deber en que la sociedad se halla de otorgárselo. 

María de Maeztu.

Si un paseante se detiene en la calle Fortuny 53 y mira a través de la verja, verá un antiguo chalé que parece un balneario rodeado de un jardín con olor a glicinia. En el jardín se conservan algunos árboles centenarios, los mismos que hace cien años vieron cómo en este lugar se gestaba una auténtica revolución: las sublevadas eran chicas que empuñaban libros, cuadernos y probetas. Formaban parte de la primera generación de jóvenes que llegaban de provincias a estudiar en la Universidad de Madrid y se instalaban en esta casa, la recién inaugurada Residencia de Señoritas. En una sociedad que asustaba a las chicas diciéndoles que el exceso de estudio las podía convertir en seres grotescos y masculinizados, la Residencia se convirtió en un oasis intelectual que atrajo como un imán a las mujeres con más talento y con más vocación de independencia de aquellos años. Las críticas les caían por todas partes, pero el número de alumnas crecía año tras año y ese grupo de mujeres avanzó con determinación hacia la igualdad. Fue un camino emocionante. Hasta que llegaron las vacaciones del verano del 36 y se toparon de bruces con un abrupto final.

Imaginemos cómo era la situación de una chica a principios del siglo XX, concretamente en 1915, cuando se inauguró la Residencia de Señoritas. Solo cinco años antes, en 1910, se había publicado una real orden que permitió a las mujeres matricularse libremente en cualquier centro educativo. Antes de eso, solo treinta y seis habían conseguido licenciarse en la universidad, algunas fueron a clase disfrazadas de hombres, otras tuvieron que permitir que un bedel las custodiara hasta la clase, donde se sentaban separadas de sus compañeros. Fue en esa época cuando María de Maeztu, quien fue la directora de la Residencia durante los veintiún años que estuvo abierta, se planteó el proyecto: «Cuando vine a Madrid a estudiar el doctorado, me alojaba en una pensión en la calle Carretas, donde pagaba un duro. Pero allí no había modo de estudiar. Voces, riñas, chinches, discusiones y un sinfín de ruidos de la calle me impedían dedicarme al trabajo. Comprendía que no había muchacha de provincias que se decidiera a estudiar en la universidad a costa de aquello y se me ocurrió que a las futuras intelectuales había que proporcionarles un hogar limpio, cómodo, cordial y barato, semejante a los que ya existen en el extranjero. El año 1915 propuse esta idea a la Junta de Ampliación de Estudios y al final de aquel mismo curso se abrió la Residencia con tres alumnas solamente. El segundo año ya hubo cincuenta. Al tercero, cien».

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3 comentarios

  1. El cambio sigue, y es irrefrenable como asimismo justo. Espero solo que esten a la altura y no causen fiasco en lo político como lo han causado sus hijos de todos los tiempos. Excelente lectura.

  2. Qué dicha poder leer este artículo, Ruth. El legado de Maria como de muchos otros nombres silenciados toman el lugar que les pertenece, y más ahora que estamos convencidas que la educación es la única vía para el progreso.

  3. Estupendo artículo pero me gustaría destacar que a Ortega y Gasset se le vio la patita machista unas cuantas veces en unión a su amigo Gregorio Marañón, que escribió un artículo en la Revista de Occidente (que dirigía Ortega) argumentando desde la ciencia, la inferioridad de la mujer debido a su carácter emocional y poca dote para muchas materias. Decía textualmente que, las mujeres que destacaban en ciertas materias científicas, tenían un hombre dentro.

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