
La literatura y el cine siempre han mantenido una relación estrecha, pero extraña en términos de reciprocidad. Los fans de las bibliotecas no suelen hacerle ascos de primeras a las adaptaciones cinematográficas de sus libros favoritos (otra cosa es que el resultado final esté a la altura), y los más vagos a la hora de pasar las páginas han convertido en credo la frase «Mejor me espero a que hagan la película». Pero cuando las obras realizan el trayecto en el sentido contrario la cosa cambia por completo: los eruditos desdeñan por defecto las novelizaciones de películas al no considerarlas verdadera literatura y los más iletrados no tocan la versión en celulosa existiendo otra en celuloide.
En el fondo, las novelizaciones de películas son un género insólito, un subproducto ridículo y condenado desde su misma concepción a chapotear en la ciénaga. Creaciones apresuradas sin arte alguno, tomos ideados exclusivamente para exprimir más pasta de una franquicia, manuscritos redactados por cualquier pringado capaz de juntar letras formando sentencias vagamente coherentes y, en general, basura barata de lo más sincera. Pero al mismo tiempo, estos ejemplares son un manantial de sabiduría y conocimiento para los intrépidos que se atrevan a asomarse a sus páginas. Porque gracias a las infames novelizaciones sabemos con certeza que los gremlins son en realidad fruto de un batido genético alienígena y que la mala hostia de los escualos que asoman la aleta en la saga Tiburón es culpa de una maldición vudú.
Photoplay
El 24 de noviembre de 1913, en un teatro neoyorquino de Broadway se estrenó la película Tráfico de almas. Una obra que destacaba por ser pionera en más de un terreno: por un lado, se trataba de la primera producción cinematográfica estadounidense que no estaba basada en una novela u obra de teatro. Y por otra parte, podría considerarse como la primera explotation rastrera auténtica. Porque Tráfico de almas jugaba a disfrazar de drama social un escenario alarmista que ponía bastante nerviosa a la plebe: la prostitución forzada. En el film se utilizaba deliberadamente el pánico colectivo a la explotación sexual para dibujar villanos escondidos tras las esquinas esperando cazar a todas las muchachas desprevenidas para prostituirlas.
Extremista y amarilla, Tráfico de almas era el equivalente consciente a una abuela cuyo único contacto con la realidad fuesen los programas de televisión matinales. La treta funcionó, y el morbo por aquella película financiada con un presupuesto escaso la convirtió en un taquillazo descomunal con el que se fundaría la productora Universal Pictures. El éxito fue tan grande como para que, un año después de su estreno, a la compañía se le ocurriese convertirla en una novela (Traffic in Souls: A Novel of Crime and It’s Cure de Eustace Halle Ball) intuyendo que la audiencia del film también estaría dispuesta a cederle un hueco en sus bibliotecas. Aquel volumen, que incluía imágenes con escenas de la película intercaladas entre la narración, era también una de las primeras novelizaciones oficiales de lo que ocurría en una pantalla de cine.
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Me ha faltado algún comentario sobre la novelización de la película «2001», por A.C.Clarke, película basada en el relato «El vigía», también de Clarke.
No fue exactamente así.
Sobre la base del relato “El centinela”, que trata sobre el monolito (no sobre la parte de Hal 9000), Clarke y Kubrick escribieron el guión.
Con el guión, Kubrick hizo la película, introduciendo cambios en el escenario y el final, y Clarke hizo la novela, que es fiel al guión. No se escribió la novela para aprovechar el tirón de la peli, sino que se produjeron ambas cosas a la vez. De hecho, la novela explica claramente cosas que en la película quedan a difícil interpretación.
Posteriormente, Clarke escribió la continuación, “2010: Odisea Dos”, si bien lo hace directamente de la version cinematográfica (lo explica en el prólogo). Le quedó estupenda. Y luego hicieron la película, que también es muy recomendable.
Ya en el declive de su carrera, Clarke escribió dos más, realmente malas, con las que cerró una saga literaria por derecho propio.
Entiendo que 2001 no puede considerarse una novelizción, puesto que en todo momento, sin interrupción alguna, es un texto que deriva del mismo autor desde su mismo origen: relato, guión, novela.
Si alguien quiere leer una novelización realmente buena, que aporte algo a la película original e incluso la trascienda, es más que aconsejable la de Abyss, escrita nada menos que por Orson Scott Card. Existe en castellano.
Ocurrió con la novela que encargaron para acompañar el estreno de Lost Boys (Jóvenes Ocultos), que hoy es una obra de culto. En el libro tienen más protagonismo los surfistas nazis… Puro surf terror.
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