
Un escalón, dos escalones, tres escalones… Al subir las empinadas escaleras que llevan hasta el lugar donde ocho personas, ocho judíos permanecieron escondidos veinticinco meses para intentar escapar del exterminio programado por los nazis, es difícil no sentir correr por la espalda un escalofrío por la conciencia de adentrarse en un lugar que ya no es secreto pero sí sagrado. Un santuario para celebrar la humanidad allí donde la barbarie quiso destruirla. Lo mismo pasa con el Diario, en el que, página tras página, la casa ahora vacía cobra vida. Leerlo es entrar en las vivencias más íntimas de una chica que quiso sustraer al olvido lo que entre aquellas paredes pasó. Pudor es lo que uno siente al entrar en la que fue la casa-escondite de Ana Frank y al leer su diario, que setenta años después de su primera publicación en 1947 sigue siendo uno de los más poderosos testimonios de la Shoah.
Releerlo en edad adulta, dos décadas después de la primera vez, hace que el tiempo se detenga unos instantes y vuelva a emerger la identificación pudorosa con una Ana que se hizo adolescente mientras se escondía junto a su familia y otras cuatro personas en la «casa de atrás».
La casa de atrás —la parte trasera del edificio en el número 263 de la calle Prinsengracht de Ámsterdam donde surgía la fábrica de especias y pectina que regentaba el padre antes de que, como judío, le quitaran los derechos— es un lugar de peregrinaje laico al que cada año acuden 1,3 millones de personas. Muchos son jóvenes y, a medida que pasan los años y los eventos se alejan en el tiempo, llegan a aquel santuario con mucho interés pero cada vez menos vínculos con la época en la que Ana Frank vivió y murió.
«Cada vez más jóvenes visitan la casa de Ana Frank y cada vez más participan en nuestras actividades educativas. A diferencia de lo que muchos dicen, lo que vemos es un aumento del interés en la historia. Al mismo tiempo vemos que ellos tienen cada vez menos conocimientos del trasfondo histórico y del contexto. Nos enfrentamos a estos dos elementos cuando queremos difundir el mensaje de Ana en el mundo», comenta Ronald Leopold, director de la Casa Museo de Ámsterdam. En la voz de la Ana que escribe el Diario los jóvenes reconocen su propia voz. «Era una chica de trece, catorce, quince años cuando escribió el diario y muchos jóvenes se identifican con la voz del diario. Lo que vemos como un desafío no es tanto el interés sino la cuestión de cómo darles a ellos las informaciones adecuadas de este contexto histórico». Por eso desde el pasado marzo en la Casa Museo ha empezado una reforma para cambiar algunos espacios de una estructura pensada para recibir 600 000 visitas al año y que tiene más del doble, pero también para poder vehicular mejor el contexto de la historia.
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Ana Frank podría ser hoy una niña siria… O palestina.
Los últimos párrafos del artículo, los que comenta Corradini, son estremecedores y muy certeros. No nos podemos ni imaginar lo que debieron sufrir Ana Frank y familia y miles y miles de judíos, homosexuales , adversarios políticos, comunistas y contrarios a los sicópatas nazis, y sus millones de adeptos y seguidores, no solo en Alemania, sino en toda Europa. Posiblemente la mayor barbaridad y masacre planificada y ejecutada, con enorme eficacia, por desgracia, de toda la historia, gulags soviéticos incluidos, ya que esto se hizo entre 4-5 años.
Estupendo y sensible artículo. ¿Cual es la mejor traducción al español del Diario?
Estremecedor! Se contrae el corazón. Y esas nubes negras, muy negras de lluvia todavía las hay