Entrar con pudor en la «casa de atrás»

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Ana Frank, 1941. Fotografía: Cordon Press.

Un escalón, dos escalones, tres escalones… Al subir las empinadas escaleras que llevan hasta el lugar donde ocho personas, ocho judíos permanecieron escondidos veinticinco meses para intentar escapar del exterminio programado por los nazis, es difícil no sentir correr por la espalda un escalofrío por la conciencia de adentrarse en un lugar que ya no es secreto pero sí sagrado. Un santuario para celebrar la humanidad allí donde la barbarie quiso destruirla. Lo mismo pasa con el Diario, en el que, página tras página, la casa ahora vacía cobra vida. Leerlo es entrar en las vivencias más íntimas de una chica que quiso sustraer al olvido lo que entre aquellas paredes pasó. Pudor es lo que uno siente al entrar en la que fue la casa-escondite de Ana Frank y al leer su diario, que setenta años después de su primera publicación en 1947 sigue siendo uno de los más poderosos testimonios de la Shoah.

Releerlo en edad adulta, dos décadas después de la primera vez, hace que el tiempo se detenga unos instantes y vuelva a emerger la identificación pudorosa con una Ana que se hizo adolescente mientras se escondía junto a su familia y otras cuatro personas en la «casa de atrás».

La casa de atrás —la parte trasera del edificio en el número 263 de la calle Prinsengracht de Ámsterdam donde surgía la fábrica de especias y pectina que regentaba el padre antes de que, como judío, le quitaran los derechos— es un lugar de peregrinaje laico al que cada año acuden 1,3 millones de personas. Muchos son jóvenes y, a medida que pasan los años y los eventos se alejan en el tiempo, llegan a aquel santuario con mucho interés pero cada vez menos vínculos con la época en la que Ana Frank vivió y murió.

«Cada vez más jóvenes visitan la casa de Ana Frank y cada vez más participan en nuestras actividades educativas. A diferencia de lo que muchos dicen, lo que vemos es un aumento del interés en la historia. Al mismo tiempo vemos que ellos tienen cada vez menos conocimientos del trasfondo histórico y del contexto. Nos enfrentamos a estos dos elementos cuando queremos difundir el mensaje de Ana en el mundo», comenta Ronald Leopold, director de la Casa Museo de Ámsterdam. En la voz de la Ana que escribe el Diario los jóvenes reconocen su propia voz. «Era una chica de trece, catorce, quince años cuando escribió el diario y muchos jóvenes se identifican con la voz del diario. Lo que vemos como un desafío no es tanto el interés sino la cuestión de cómo darles a ellos las informaciones adecuadas de este contexto histórico». Por eso desde el pasado marzo en la Casa Museo ha empezado una reforma para cambiar algunos espacios de una estructura pensada para recibir 600 000 visitas al año y que tiene más del doble, pero también para poder vehicular mejor el contexto de la historia.

«Estamos realizando pequeños cambios en el interior del museo para dar un poco más de contexto, sin quitar lo que hace este lugar tan especial: el hecho de ser un espacio vacío», explica Leopold. «El vacío es muy elocuente, es una poderosa imagen del museo, y obviamente simboliza el hecho de que Ana Frank no está, murió en un campo de concentración a los quince años. Es el vacío que vivió su padre, que perdió a toda su familia en el Holocausto, y es un vacío que simboliza lo que sufrió la ciudad de Ámsterdam que perdió a sesenta mil habitantes en la Shoah».

***

El vacío. Las estancias vacías de la casa de atrás para quien haya leído el diario se llenan de imágenes. Con aún más pudor, el visitante intenta en unos instantes reconstruir en aquellos cuartos desocupados las vivencias de los Frank y de sus cuatro coinquilinos, la señora y el señor Van Pels (Van Daan en el diario), su hijo Peter y el doctor Fritz Pfeffer (Dussel): las riñas, las risas, las numerosas discusiones, las dificultades de una convivencia solidaria pero forzada en la que compartir miedo, frustraciones, esperanza y anhelos.

23 de julio de 1943

(…) Como tú nunca has vivido una guerra, Kitty, y como a pesar de mis cartas tampoco te haces una idea clara de lo que es vivir escondido, pasaré a describirte cuál es el deseo de cada uno de nosotros para cuando volvamos a salir de aquí:

Lo que más anhelan Margot y el señor Van Daan es un baño de agua caliente hasta el cogote, durante por lo menos media hora. La señora Van Daan quisiera irse enseguida a comer pasteles; Dussel en lo único que piensa es en su Charlotte, y mamá en ir a algún sitio a tomar café. Papá iría a visitar al señor Voskuijl, Peter iría al centro y al cine, y yo de tanta gloria no sabría por dónde empezar.

Lo que más anhelo yo es una casa propia, poder moverme libremente y que alguien me ayude en las tareas, o sea, ¡volver al colegio!

8 de noviembre de 1943

(…) Nos veo a los ocho de la Casa de atrás, como si fuéramos un trozo de cielo azul, rodeado de nubes de lluvia negras, muy negras. La isla redonda en la que nos encontramos aún es segura, pero las nubes se van acercando, y el anillo que nos separa del peligro inminente se cierra cada vez más. Ya estamos tan rodeados de peligros y de oscuridad que la desesperación por buscar una escapatoria nos hace tropezar unos con otros. (…)

Hay dos momentos en la visita a la casa en los que la vida que allí se vivió llega directa, sin mediaciones, un golpe directo al estómago. Son dos detalles de normalidad que, por contraste, recuerdan que aquel vacío deriva de un sufrimiento atroz. El primero son las partes de empapelado original expuestas en la que fue la habitación de Ana. Ella amaba pegar las fotos de famosos y estrellas del cine, devolviendo a aquel cuartucho que dividía con el señor Dussel algo del aspecto de la habitación de cualquier otra chica de su edad.

28 de enero de 1944

El señor Kugler me trae una gran alegría todos los lunes, cuando me trae la revista Cinema & Theater. (…) No hace mucho, mamá dijo que más tarde no necesitaré ir al cine, ya que me sé de memoria los argumentos, los actores y las críticas.

Luego, en la habitación de los padres de Ana, en un rincón de una pared están las rayas trazadas por Otto Frank para registrar el crecimiento de Ana y de su hermana Margot.

«Ante aquellas sencillas rayas trazadas con lápiz por el padre es como si se me hubiera materializado por primera vez la estatura de Ana. Las rayas llegan hasta las últimas semanas de presencia de los ocho judíos en el refugio. Aquella era la estatura de Ana. Me ha ayudado a imaginármela. Ha sido un poco un golpe ver aquella raya en la pared». Quien habla es Matteo Corradini. En 2015 cuando estaba a punto de cumplir cuarenta años, este hebraísta, autor de libros para niños y jóvenes (publicados en Italia, Estados Unidos, Alemania y España) y que recuperó los instrumentos y las músicas que los internados compusieron en el campo de concentración de Terezin, aceptó la propuesta de su editor, Rizzoli, para embarcarse en la misión enorme de trabajar en una nueva edición y traducción en italiano del Diario de Ana Frank partiendo de los manuscritos originales, guardados por el Instituto Holandés de Documentación de Guerra.

«La traducción es nueva y hemos tratado de restituir el lenguaje que Ana usa, un lenguaje más cercano, que no es aquel lenguaje literario que nos ha llegado hasta ahora», explica Corradini. La primera diferencia que salta a la vista, respecto por ejemplo a la última edición disponible en español, es que en la primera parte del diario se recupera la intención original de algunas de las cartas, que no iban dirigidas a Kitty, el nombre que Ana dio a su diario, sino a sus amigas. Hasta que después de unos meses, Kitty pasará a ser la única destinaria. «Es el tiempo de la desilusión, cuando Ana entiende que aquellas cartas no se entregarán y tanto ella como sus padres comprenden que el tiempo que pasarán escondidos no será breve».

La casa de atrás, Ámsterdam. Fotografía: Cordon Press.

***

Los centenares de miles de personas que visitan la Casa Museo de Ámsterdam se encuentran con el escenario real de una historia que devino universal cuando Otto Frank, el padre de Ana y el único de los ochos inquilinos del escondite que sobrevivió a los campos de concentración nazis, decidió que aquellas memorias secretas en las que su hija había documentado sus últimos dos años de vida se publicaran. Ana misma en el diario manifiesta esta intención.

11 de mayo de 1944

(…) Hace mucho que sabes que mi mayor deseo es llegar a ser periodista y más tarde una escritora famosa. Habrá que ver si algún día podré llevar a cabo este delirio (¡?) de grandeza, pero temas hasta ahora no me faltan. De todos modos, cuando acabe la guerra quisiera publicar un libro titulado La casa de atrás; aún está por ver si resulta, pero mi diario podrá servir de base. (…)

El 25 de junio de 1947 se publica en Holanda la conocida como versión C del diario, editada por el padre, que suprimió páginas con detalles que consideró demasiados íntimos o de críticas a la madre de Ana. Partes que se han recuperado después, ya en la primera edición crítica del Diario en 1986, y luego, en la versión de 1991 (publicada en España por Plaza y Janés), editada por Mirjam Pressler y avalada por el Fondo Ana Frank de Basilea. La institución, fundada en 1963 por Otto Frank, posee los derechos de autor del diario, sobre los que desde 2015, pasados setenta años desde la muerte de Ana en Bergen-Belsen, se ha abierto más de una disputa. Una de ellas ha enfrentado al Fondo con la Casa Museo de Ana Frank cuando esta última junto con el Instituto Huygens de Historia de los Países Bajos decidió empezar una investigación científica sobre los manuscritos de Ana «para tener, gracias a las posibilidades ofrecidas por las tecnologías digitales, una comprensión más profunda de la escritura de Ana Frank», en palabras de Leopold. En diciembre de 2016 un tribunal de Ámsterdam estableció que los textos podrán ser copiados por motivos de investigación científica. Distinto es el caso de la publicación porque hay sucesivas ediciones con partes antes inéditas y porque cada país tiene sus propias leyes de derechos de autor. «La investigación sigue y publicaremos los resultados respetando la ley de derechos de autor y el marco legal», comenta el director de la Casa Museo.

Corradini asegura que formalmente de momento no han tenido problemas tras la publicación de la nueva edición del Diario.

***

En la introducción a esta nueva edición, Corradini hace un maravilloso paralelismo entre las casas holandesas y la famosa cubierta de cuadros rojos y blancos del diario de Ana Frank, que resultará inmediatamente comprensible para quienes hayan estado alguna vez en Ámsterdam. Así como la pared exterior de las típicas casas de Ámsterdam que se refleja en los canales deja ver, a través de sus amplios ventanales sin cortinas, la vida de sus moradores, de la misma manera la cubierta del Diario de Ana Frank desaparece y nos abre su mundo. «Ana Frank —escribe Corradini— elimina cada estrado que se interpone entre el lector y sus días, hace que el pavimento y el techo sean evanescentes, las puertas transparentes, desmaterializa a menudo su propia ropa, disuelve las últimas defensas de una chica asustada y soñadora».  

Ana Frank nos introduce en el mundo de la casa de atrás, en el que la vida de fuera entra a través de los relatos de los empleados de la fábrica que se convierten en los protectores de los ocho escondidos durante los dos años en los que permanecerán en el refugio antes de ser descubiertos y detenidos por la policía; el mundo entra a través de los ruidos que siguen llegando desde las oficinas; a través del estruendo de los bombardeos; a través de aquella radio clandestina desde la que la BBC y Radio Orange daban cuenta del avance de los aliados, las noticias a las que aferrarse para alimentar la esperanza. El mundo de fuera entra en la casa de atrás también por la ventana del desván, el lugar desde donde Ana Frank seguía mirando al cielo y donde vivirá la dicha y la desdicha del amor con aquella conmovedora intensidad de los adolescentes que lidian con sus primeros besos.

23 de febrero de 1944

(…) Mientras exista este sol y este cielo tan despejado, y yo pueda verlo —pensé—, no podré estar triste.

[Más adelante, en una parte dirigida a Peter Van Daan] Mientras puedas mirar al cielo sin temor, sabrás que eres puro por dentro y que, pase lo que pase, volverás a ser feliz.

Uno de los pasajes más conmovedores del Diario es la entrada del 24 de diciembre de 1943. Ana añora volver a sentir el aire fresco en la cara.

24 de diciembre de 1943

(…) Cuando alguien acaba de venir de fuera, con el viento entre la ropa y el frío en el rostro, querría esconder la cabeza debajo de las sábanas para no pensar en el momento en que nos sea dado volver a oler el aire puro. (…)

¿Qué hace que hoy, setenta años después, el testimonio de Ana Frank sea tan cercano y tan poderoso?

«La primera razón es que es un desafío literario, algo que a veces se subestima, pero cuando uno mira a la edición que ella misma hizo de su propio diario en 1944 [después de escuchar por la radio a un ministro del Gobierno holandés en el exilio decir que después de la guerra se conservarían diarios y memorias] es increíble ver cómo los cambios y ediciones son realmente apropiados desde un punto de vista literario, muy acertados. La primera razón de su popularidad es que es una pieza de literatura», comenta Leopold. La segunda, dice, es que Ana Frank tiene muchas facetas: «Obviamente es primero y principalmente una víctima de la Shoah, pero cuando uno lee el diario hay tantos colores, tantas facetas… Es un documento humano que fue escrito en tiempos inhumanos. Cada uno en el mundo puede conectar con todas esas diferentes facetas de Ana. Si tú eres un ciudadano de Ámsterdam y conoces la historia de la ciudad lo harás de una manera diferente a si fueras un habitante de las favelas de São Paulo. Para una joven de la favela no es tanto la historia lo que hace que se identifique, sino el hecho de ser completamente excluido de la sociedad. El libro da la posibilidad de conectar con la historia en maneras diferentes y profundas y esta creo que es la razón por la que es tan increíblemente popular en todo el mundo».

Corradini concuerda con la idea de que uno de los elementos importantes del Diario es el momento en el que Ana Frank decide trascribirlo y editarlo. «Es una reescritura que amplía algunos argumentos, los profundiza, mejora el estilo. Ana Frank tiene esta conciencia de querer que se la recuerde y convertirse en un testimonio. Naturalmente no quería dejar un testimonio póstumo. Hubiera querido escribir, y lo admite ella misma en el libro, un diario, un relato sobre lo que había pasado. No sabemos qué forma le hubiera dado Ana Frank, pero sabemos que tenemos este material y que era secreto hasta el punto de que su padre no lo había leído cuando Ana estaba viva. Y cada vez que entramos en contacto con el diario tenemos la responsabilidad de estar leyendo el secreto de una chica que fue matada por los nazis en la Shoah. Cada vez tenemos que custodiar este testimonio como si nos lo hubiera contado una confidente nuestra. Creo que la primera muestra de respeto para el diario es leerlo así…».

***

En varios momentos del Diario, Ana describe el sufrimiento de la gente fuera del —frágil— refugio de la casa de atrás: las detenciones, las deportaciones, el hambre…

13 de enero de 1943

Afuera es terrible. Día y noche se están llevando a esa pobre gente, que no lleva consigo más que unas monedas y algo de dinero. Y aun estas pertenencias se las quitan en el camino. A las familias las separan sin clemencia: hombres, mujeres y niños van a parar a sitios diferentes. Al volver de la escuela, los niños ya no encuentran a sus padres. Las mujeres que salen a hacer la compra al volver a sus casas se encuentran con la puerta sellada y con que sus familias han desaparecido.  

A la mente vienen inevitablemente las imágenes de desplazamientos forzados de nuestra época, como el último éxodo de refugiados. En una de sus columnas en The New York Times, Nicholas Kristof escribió en agosto de 2016 que «hoy, para nuestra vergüenza, Ana Frank es una niña siria».  

Corradini recuerda que la fama mundial de Ana Frank empieza cuando la historia se publica en Estados Unidos. El mismo país que denegó el visado que Otto Frank había pedido para su familia para poder cruzar el Atlántico y escapar de la furia nazi. «Setenta años después no hemos aprendido mucho desde este punto de vista. Muchas personas hoy esperan acogida y no la reciben». El pensamiento va a las imágenes de los miles de sirios que han huido de la guerra a otros países y se han encontrado con las fronteras cerradas. «Defender a Ana Frank es hoy de alguna manera sencillo —comenta el hebraísta—. Ella era blanca, europea, escribía cosas bellas, era de buena familia. En cambio, hoy en la mayoría de los casos se trata de personas que no son blancas, no son europeas, no son de buena familia, no escriben pensamientos bonitos para el Facebook, y estas personas nos piden humanamente más esfuerzo. Pero desde el punto de vista humano no valen menos que Ana Frank. Son las Ana Frank de hoy. Si queremos prestar atención a Ana Frank, tenemos que saber que Ana Frank no nos pide que la salvemos a ella. Nos pide salvar a todas las personas que hoy aún se pueden salvar».

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4 comentarios

  1. Rafael Serna

    Ana Frank podría ser hoy una niña siria… O palestina.

  2. Gondisalvo

    Los últimos párrafos del artículo, los que comenta Corradini, son estremecedores y muy certeros. No nos podemos ni imaginar lo que debieron sufrir Ana Frank y familia y miles y miles de judíos, homosexuales , adversarios políticos, comunistas y contrarios a los sicópatas nazis, y sus millones de adeptos y seguidores, no solo en Alemania, sino en toda Europa. Posiblemente la mayor barbaridad y masacre planificada y ejecutada, con enorme eficacia, por desgracia, de toda la historia, gulags soviéticos incluidos, ya que esto se hizo entre 4-5 años.

  3. Salvador Ruiz de Zuazu

    Estupendo y sensible artículo. ¿Cual es la mejor traducción al español del Diario?

  4. Estremecedor! Se contrae el corazón. Y esas nubes negras, muy negras de lluvia todavía las hay

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