
Tarde lluviosa de abril. Jesús Carrasco acaba de aterrizar en Madrid, viene de Edimburgo y dice que allí hacía mucho mejor tiempo que aquí. Han cambiado las tornas. Delgado y con un bigote llamativo, es austero de expresiones. La dulzura la lleva dentro, y la descubre como si fuese una cinta que deja resbalar ante su interlocutores, estos la van viendo deslizarse y ofrecerse, lo hace al ritmo que exige la amistad. Así la conversación va haciéndose cordial, con sosiego y delicadeza, sin precipitaciones. Entonces sí se puede ver su sonrisa y su fuente oculta: el aprecio sincero por personas y cosas. Todo sin alharacas. Comenzamos la conversación en la cafetería del restaurante Mutis, en la calle López de Hoyos. Nos sentamos en una mesa del comedor, cara a cara. Él sin papeles. Está acostumbrado a la precisión y no dice ni una palabra de más ni una de menos, casi no hay que corregir nada de la grabación. Como su físico es escueto, también lo son sus palabras, acertadas y claras. Solamente después en la cena distendida, ríe, cuenta, anuncia, dice de sí, sin dejar de preguntar a los que tiene delante. Sus gestos nacen de la mirada de un hombre que ama lo familiar y aprecia las cosas sencillas. La velada se hace corta.
¿Quién es Jesús Carrasco?
Pues este que veis.
Hace unos meses publicabas un artículo en El País confiando algo de tu infancia. Contabas cómo tus padres se dedicaban a encuadernar libros para ganar algo más y poder sostener la familia numerosa que erais. Los encuadernaban con trozos del vestido de novia de tu madre. ¿Era este artículo una forma de agradecimiento? ¿Un reconocimiento?
Todo eso y, además, un encargo. Me pidieron un artículo, busqué varias alternativas y, después de manejar varios temas, encontré este que, digamos, flotó. Porque es una historia que a mí siempre me ha enternecido, me pareció hermosa y al mismo tiempo muy triste, muy dramática porque contiene muchos elementos de la vida del país, de la historia reciente de España, de cómo las personas, la gente normal y corriente, se han tenido que manejar en un momento en el que nuestros padres venían de la guerra y nosotros llegábamos a la democracia. En esta pequeña anécdota familiar, que para mí es muy hermosa y dura también, se recogen todos esos elementos del contexto. Me pareció que era rica y también bella. Y es absolutamente cierta. Casi podría parecer un relato de pura ficción, pero es real, el vestido de mi madre terminó hecho trocitos. Ese ha sido mi entorno familiar, yo he crecido entre esos libros, libros deshechos, cubiertas, herramientas de encuadernador, los olores de los materiales que empleaba mi padre, que eran muy humildes. Me acuerdo de que el adhesivo que utilizaba era engrudo, un pegamento absolutamente básico, harina cocida, con un olor muy particular.
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Ha sido un gusto enorme leer esta entrevista. Un escritor de una humanidad desbordante. Mis mejores deseos de futuros éxitos.
PD. Al leer la pregunta «Y eso funcionaba?» (con respecto a la efectividad del engrudo) he tenido un momento de sobresalto por el escándalo de tal pregunta, pero la realidad se sobrepuso. Eran otros tiempos a pesar de que el entrevistado parece ser bastante joven. En esta sociedad de post traumas bélicos y tecnologías al alcance de la mano hay cosas que se desconocen. Y claro que funcionaba! Y cómo! Los barriletes de pibe se armaban con engrudo, caña y papel. Y agrego que en la pobreza de aquellos años «fare della neccesita virtú» era el imperativo categorico, pues entonces las migas de pan servían como goma de borrar (un enchastre el resultado, pero válido) y cualquier hoja en blanco humedecida con aceite de cocina (usado, por supuesto) se transformaba en una hoja útil para calcar (otro enchastre el resultado, pero válido). Ah, pobreza que te llevo como riqueza en el pasivo de mis años. Gracias por la lectura.
Grande, cigala.
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Qué maravilla de entrevista, gracias
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