Nadie golpea más duro que la vida. Descubriendo el significado de la palabra soledad, ignorando el hediondo olor de las letrinas y maldiciendo culpas, Carlos Monzón se sienta en el rincón de su mugrienta celda en el penal de máxima seguridad de Batán. Sus minutos son días. Y sus días, años. Encerrado, herido, con los ojos vidriosos y la mirada perdida entre la silueta de los barrotes, siente la maldición de estar vivo. Monzón repasa la película de su azarosa vida, instante a instante, sin despegar los labios. Le viene a la cabeza la letra de aquel tango intenso y certero, cuya letra le araña las entrañas: «El orgullo de haber sido y el dolor de ya no ser». Envuelto por el silencio sepulcral de noches interminables, radiografía su vida pero no encuentra explicación. En algún momento, sin motivo aparente, destrozó su vida y pasó de ser campeón del mundo a ser culpable de homicidio. Acostumbrado a parar con la cara puñetazos que habrían hecho descarrilar a un tranvía, Monzón recibe, con puntualidad, la visita de un fantasma que le atormenta. Es el fantasma de la noche del 14 de febrero de 1988. Aquella noche en la que su esposa se tiró por la ventana de su casa y se precipitó al vacío, falleciendo en el acto. El fantasma acosa a Monzón, le golpea en serie y le lleva contra las cuerdas. Carlos trata de zafar, de fajarse, pero es una pelea que jamás podrá ganar. No se puede golpear a un fantasma. No ha nacido el campeón capaz de noquear a sus remordimientos. La cuenta del árbitro es firme: once años. Once interminables años.
Cuarenta y cinco años antes había forjado su leyenda en el suburbio de San Javier fruto del amor de Amalia Ledesma y Roque Monzón, un matrimonio instalado en la pobreza de Las Barranquitas, barrio marginal de Santa Fe, donde malvivía con sus diez hermanos en una chabola. El quinto hijo de los Monzón dejó de estudiar en tercero de primaria para graduarse en la escuela de la vida y maduró a ritmo de vértigo: «En mi barrio se sobrevivía como se podía. Era un lugar bravo, con hombres peleadores y mujeres ligeras”. Era hijo de la calle. Agresivo, pandillero e hincha violento de fútbol, Monzón trabajó como limpiabotas, repartiendo salivazos hasta conseguir que los zapatos de sus clientes quedaran como jodidos espejos; luego fue sodero (repartidor de agua con gas); más tarde fue canillita (distribuidor de periódicos) e incluso pasó un par de semanas como lechero. «Recuerdo que, con 13 años, ya era un hombre hecho y derecho. Después tuve mucha ‘guita’, pero nunca pude comprarme una infancia, la que no tuve». Después algunas riñas callejeras, comenzó a pensar que tenía talento para pelear. Por eso ingresó en el gimnasio del Club Cochabamba. Allí hizo guantes, sombra, recibió friegas, sacó humo al saco, esculpió su cuerpo y se disciplinó. Como aficionado, firmó 87 peleas, con 73 victorias, 8 derrotas y 6 nulos. Estaba listo para dar el gran salto y hacerse profesional. “Había que ganar ‘plata’ y si la podía ganar con mis puños, no podía dejar escapar la chance”. El hijo de la calle estaba listo. “O me como el mundo, o me come él”.
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Excelente una vez más, gracias por el regalo. Sin duda, su vida fue una constante tormenta que no se hacía calma. Descanse en paz el gran boxeador Monzón
Un grande, descanse en paz
Fantástico una vez más, Rubén. Gracias.
No conocía la historia, es fantástica y debería haberse escrito mucho antes. Gracias por los artículos, muy buenos
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Verano del ’88. La cocaína se lleva a dos iconos en la misma ciudad, Mar del Plata.
Carlos Monzón inicia su calvario personal tras ¿asesinar? a Alicia Muñiz.
Alberto Olmedo cae absurdamente desde un balcón.
La prensa amarilla, desbordando mal gusto, se regodea en ambas tragedias.
Y para cuando unas líneas sobre Locche? que grande seria… Felicitaciones!
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Qué buena nota, lástima que ahora su hijo MAXI es un drogadicto que está luchando en rehabilitación. Ojalá pueda vencer ese mal.
Por favor uno de Locche o Bonavena, genial el aritculo felicitaciones!
Que buena nota! gracias!!