
Un rótulo bilingüe a veinticinco kilómetros al sur de Palermo. Benvenuti es fácilmente identificable, no así su equivalente: Mirë se na erdhët. No nos sorprende porque a este recóndito lugar solo se viene por dos razones: degustar los mejores cannoli de Sicilia o conocer a una de las comunidades lingüísticas más singulares de toda Italia. La pequeña Hora e Arbëreshëvet es una auténtica isla dentro de una isla.
Antes de seguir, buscamos una perspectiva de satélite y pensamos en un color para cada lengua sobre el mapa: brochazos gordos para el español, el alemán, el francés, y pequeños puntos en los que se hablan el livón, el istriota, el ruteno… Lenguas vecinas que desaparecerán sin que la mayoría sepamos que llegaron a existir alguna vez. Europa como un gran mar en el que las lenguas son islas, o pequeños arrecifes en algunos casos. Llamaremos «Micronesia» al archipiélago de las más pequeñas. Una de las características de los micronesios es que son generalmente ancianos a los que no resulta fácil encontrar. «Creo que queda alguno por aquí, pero no le sabría decir»; «Mi abuela lo hablaba pero solo con sus hermanas» o «El último murió hace diez años, o más», son algunas de la respuestas que uno escucha cuando salta de atolón en atolón preguntando por los supervivientes del naufragio. Sin embargo, nuestro pequeño pueblo siciliano también se desmarca del resto en esto: aquí la lengua grande no se come a la más chica, sino que ambas se armonizan y conviven.
Desplegada sobre un circo montañoso a ochocientos metros sobre el nivel del mar, Hora e Arbëreshëvet —Piana degli Albanesi en italiano— es uno de los enclaves por todo el sur de Italia en el que se ha conservado la lengua albanesa de hace quinientos años, la que trajeron los que huían entonces de la ocupación otomana de los Balcanes. Dicen que, para un albanés, escuchar esta variante siciliana es como leer a Shakespeare en el original para un inglés. De hecho, «arbëreshë» no era sino el nombre que usaban los albaneses hace cinco siglos para designarse a sí mismos. Buscando respuestas quedamos con Niko Scalici, un filólogo albanés y español de treinta y nueve años que nos espera en la Casa del Cannolo. Es un lugar perfecto para charlar sobre un café y el postre nacional italiano por excelencia, ese festival de queso de ricota, fruta caramelizada, azúcar y pistacho que resulta imposible degustar guardando el decoro. Scalici subraya que la receta es «inequívocamente siciliana», pero que en Piana se ha mejorado. «Deja la pistola y coge los cannoli», le suelta Rocco en El padrino a uno de los suyos tras descerrajarle tres tiros a un tipo. Por cierto, Corleone queda a quince kilómetros de aquí pero la historia que nos trae hasta este rincón está en las antípodas de los clichés sicilianos. Ya hemos dicho antes que estamos en una isla dentro de una isla. Scalici nos lo confirma:
Este artículo de nuestro archivo está completo para lectores registrados. Registrarse es gratis y solo lleva un minuto.







Qué buen «racconto». Emocionante. Gracias