Deportes

El «Seven» de los Juegos Olímpicos: una historia de pecados capitales

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Donde hay competición, hay pecado. Parece casi una obviedad. De todas las competiciones deportivas, con sus casos de dopaje, apuestas, trampas, peleas… hemos decidido echar un vistazo a siete historias de los Juegos Olímpicos que parecen sacadas de la mente de un enfermo Kevin Spacey. Son siete como podrían ser setenta, pero estas son las nuestras.

Gula

En el Estadio Olímpico de Londres se dan cita unas cien mil personas, posiblemente más. De todas las pruebas programadas en los Juegos de 1908, esta es probablemente la más prestigiosa, la que une directamente la modernidad del siglo XX con la Antigüedad griega. Incluso la princesa Alexandra, esposa del rey Eduardo VII, está tan emocionada con el evento que obliga a los organizadores a adelantar unos metros la línea de salida para que sus hijos la puedan ver desde el castillo de Windsor.

La épica de esta carrera de algo más de cuarenta y dos kilómetros ha estado trufada en anteriores ediciones por las trampas y la confusión: en 1904, Alice Roosevelt, la mujer de Theodore, se comió el papelón de felicitar y entregar su título de campeón a John Lorz justo antes de descubrir que Lorz había recorrido los últimos treinta kilómetros en coche. En París, 1900, no hubo más trampas que las que la organización tendió. Durante horas se vio a corredores perdidos por la ciudad como si aquello fuera el rally Dakar, sin manera de saber cuál era exactamente el recorrido a seguir.

Todo va a cambiar en estos cuartos Juegos Olímpicos de la era moderna. Mientras los espectadores que han pagado entrada disfrutan de las carreras de obstáculos y las pruebas de natación —la piscina se ha colocado en medio del anillo de atletismo—, por megafonía van anunciando los distintos cambios en el liderato de la maratón: primero, para euforia local, dos ingleses; después, un sudafricano y por último, a pocos kilómetros de la entrada al estadio, un italiano, el desconocido Dorando Pietri.

Pietri, de veintidós años y poco más de 1,60 m de altura, avanza entre síntomas de agotamiento hasta que de repente choca con la multitud. Al cansancio se le une entonces algo parecido al ataque de pánico. Antes de entrar en el estadio, cae por primera vez. Una vez dentro, en la vuelta final, cae de nuevo, se levanta como puede y vuelve a caer. Cuando los comisarios ven entrar en el estadio al estadounidense Johnny Hayes, la simpatía hacia Pietri aumenta: las relaciones entre ambos países son más que tensas y tener que aguantar a otro estadounidense con una medalla de oro sería la gota que colma el vaso patriótico.

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4 comentarios

  1. Buen artículo, original y bien redactado, aunq el final un poco abrupto.

  2. Un final digno de una novela de virtudes y vicios capitales, dejando al lector que saque sus propias consideraciones que supongo serán similares. El problema se presenta para aquellos que no siguen el basket. Qué pasó en Barcelona?

    • Imperialista

      Eduardo roberto, lo que ocurrió es que Estados Unidos mandó a Barcelona al mejor equipo de baloncesto de todos los tiempos… aka Dream Team.

  3. En el tema del baloncesto no era que la USA no quisiera mandar a los jugadores de la NBA, es que no podían participar por culpa de la FIBA, que consideraba el balocesto de la NBA como el único «profesional» y por tanto tenían prohibido participr en los juegos Olímpicos.

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