Gastronomía Ocio y Vicio

Beber de lo intangible

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Una copa del vino que conoció Moisés (Andoni Lubaki).

«No hay alegría sin vino». Talmud

Son los viñedos más secretos de toda la comarca y mucho más allá. Aquí no se recogerá la uva que cae al suelo, ni siquiera la de las primeras cepas. Un rabino dará fe de ello, y también de que no hubo ni tratamiento ni riego. Nada. Miguel Fernández de Arcaya hace el vino que conoció Moisés. Como el profeta, luce una barba salvaje y, por qué no, también una mirada incisiva capaz de encontrar un paso entre las aguas del mar Rojo. Pero es en algún lugar del extremo sur de Navarra donde este hombre habla sin descanso, como si pretendiera regar con palabras un viñedo que se extiende hasta donde alcanza la vista. Como si no hubiera tiempo para contar la historia al completo.

«¡Preguntad lo que queráis!», se interrumpe a sí mismo constantemente. 

En su campo, Arcaya es un estudioso del kashrut, lo «correcto» o «apropiado» para ser consumido según los preceptos bíblicos. Lo que lo cumple es casher o kosher, según lo pronunciemos en ladino o en idish. «¡Preguntad lo que queráis!», insiste. Le dejamos hacer, porque es capaz de responder a cuestiones aún no formuladas. Un ejemplo: no se puede hacer vino kosher si la calidad de la uva es inferior a la de la cosecha anterior. Ocurrió el año pasado. ¿Ha dicho biodinámico? Sí. «¿Por qué usar químicos contra un hongo y envenenar la uva en vez de arcilla seca que elimine la humedad de la que se nutre? ¿No es eso más lógico?». También mucho más caro: entre tres y cuatro veces, dice Miguel. «Eso en costes de producción, no de mercado». Este es un viñedo de secano, todo va mucho más despacio. Que las celebraciones judías más importantes del calendario coincidan con la vendimia tampoco ayuda, pero no guardar las fiestas desvirtuaría la certificación del vino. Adivinamos que no es un tema de rentabilidad económica lo que le impulsa a Arcaya a embarcarse en esta aventura.

«¿Que por qué hago kosher? Pues porque sé hacerlo, y porque esta forma de producir da una calidad máxima para el resto de la producción, llamémosla “normal”». 

Camino de la bodega, Miguel propone hacer una parada en un campo de olivos justo antes de entrar en el pueblo. «No tienen nada que ver ni conmigo ni con lo que hago», repite antes de salir del coche. En realidad, tienen todo que ver. «Eso que parecen dos árboles distintos son uno solo: comparten raíz. Con el paso del tiempo el árbol se quebró, y cada gemelo creció hacia el exterior», dice, señalando a una pareja, y luego otra, y otra. Hay incluso uno de tres partes aún más impresionante. ¿Queremos una foto dentro de la catedral de los olivos?

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5 comentarios

  1. Qué buen artículo! Lleno de informaciones desconocidas y sugestiones. Gracias

  2. Carlos escribe como un erúdito. Posiblemente sea el mejor reportero de estos temas que haya en el estado.

  3. ¡Muy amables, muchas gracias!

  4. Pingback: Revista 7K revela los secretos de Viñedos y Bodegas Fernández de Arcaya – Bodegas Fernández de Arcaya

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