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Rubén Díaz Caviedes: Madurez democrática

El otro día ocurrió que Mariano Rajoy ganó las elecciones. Estarán al corriente por los periódicos, me imagino, y porque en algunas coordenadas del espacio y del tiempo el evento se celebró con efusión, profusión y bastante porompompero. En mi pueblo hasta tiraron cohetes, no les digo más, y pusieron música. Y hasta bailaron. Parecía el pueblo de los ewoks al final de El retorno del Jedi.

Ganó Rajoy, les decía, y al día siguiente amaneció en Génova —el concepto, no la ciudad— para ponerse a trabajar bien prontito porque los presidentes, como sabrán, es lo primero que hacen: subir al balcón, dar el urbi et orbi y anunciar que mañana mismo estarán ahí, dando el callo por España desde las nueve de la mañana. No sabemos con tanto detalle a dónde se fue Rubalcaba, además de a la mierda, al final de esa jornada que los medios denominan “fiesta de la democracia”. Ni qué fue lo que hizo o dejó de hacer en la siguiente jornada, denominada “de resaca electoral”, aparte de hacer como que la cosa no iba con él. Sí sabemos, no obstante, que el PSOE sufrió una “debacle electoral”, que Amaiur tiene una “hoja de ruta” y que Izquierda Unida ha salido de su “travesía por el desierto”. Eso y que el poble de Catalunya demostró una enorme “madurez democrática” aunque esto último, les advierto, no lo dijo un medio, sino Duran i Lleida. Que con el subidón de petarlo contra todo pronóstico hasta tuvo la deferencia de dirigirse en catalán a su electorado, que siempre es un detalle, y anunciarles lo que les digo; que el pueblo de Cataluña demostró el otro día una enorme “madurez democrática”. Por haberle votado a él, por supuesto. Si no, madurez democrática de qué.

De todas las muletillas con que los medios, los políticos y los medios de los políticos adecentan la prosa electoralista, “madurez democrática” es sin duda mi preferida. Madurez democrática, repitan conmigo; ma-du-rez de-mo-crá-ti-ca. Suena bien, ¿verdad? Llena la boca. Y ocurre con ella que tan polisémica es y tanto se va con el primero que pasa que la puede decir cualquiera, miren. Y arrogársela para sí o para sus electores, que a fin de cuentas viene a ser lo mismo. Sin que importe mucho no ya el estar incurriendo en incoherencia, que también, sino hasta el estar contraviniendo su significado, el de la propia expresión, con su mismo uso. Que ya es contravenir.

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6 comentarios

  1. Estoy básicamente de acuerdo, aunque, de los ejemplos, chirría el último. ABC es un periódico y los demás son políticos y políticos importantes. El de la bandera es uno y no es nadie. Tontos los hay en todas partes. Los tontos del PP del subgrupo «tonto que lleva banderas para llamar la atención» llevan banderas como esa. Siempre que aparece una foto así me pregunto por el porcentaje (usted lo hace implícitamente cuando saca la foto de los que que man cosas en Sol). Lo importante es saber si llevan o llevarían o ven bien que se lleven banderas así un 75% o un 50% o un 25% o un 1% de los votantes (o en el escenario más interesante de los que van a cosas del PP). Algo así: http://www.elmundo.es/elmundo/2005/11/19/espana/1132371627.html

  2. Interesante el artículo que enlaza Tsevanrabtan. Una buena muestra cómo anda la madurez democrática en temas de memoria histórica.

  3. «No creo que haya mucho de madurez democrática en que un candidato recién ganado, Rajoy para más señas, preconice la “madurez democrática” del país justo después de expresar su deseo “de que tengamos un traspaso de poderes modélico” como diciendo que oye, quién sabe; a lo mejor podría ser modo.»

    Pues sí, claro que podría ser de otro modo, será por falta de precedentes…

  4. La foto de la bandera franquista es un clásico de Público, a veces me pregunto si no son ellos mismos los que la llevan para que alguien pose. Es lo que piden sus lectores, se sentirían defraudados si no encontrasen algo así.

    Me encantaría que alguna vez se refiriesen a esas banderas republicanas tan populares en las manifestaciones de la izquierda. ¿Acaso no son pre- o anti- constitucionales?

  5. Estamos en la era de los sucedáneos, y esta democracia es hija de su tiempo.

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