Sociedad

La arrogancia como virtud

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Retrato del artista con los rasgos de un burlón, Joseph Ducreux, 1802.

—Yo no soy irrespetuoso ni maleducado, soy francés, están discriminando mi cultura.

Podría ser una línea de diálogo de una obra de Miguel Mihura o de Jardiel Poncela, pero no se dejen engañar, es incluso mejor que eso, quizá un día esta frase sea esculpida en piedra como principio de una nueva épica.

La realidad es insaciable y no hace más que robar a la ficción momentos que solo podrían guionizar los genios del teatro del absurdo: la persona que pronunció estas palabras se llama Guillaume Rey y fue despedido de su trabajo como camarero en un restaurante de Vancouver en agosto de 2017. Nuestro protagonista ya había sido previamente amonestado varias veces por su «tono agresivo y demasiado directo» con sus compañeros de trabajo.

Guillaume Rey ha interpuesto una denuncia en el Tribunal de Derechos Humanos de la British Columbia por discriminación cultural, apoyándose en que su jefe le había especificado que no tenía ninguna queja respecto a su trabajo, ni respecto a cómo atendía a los clientes, el problema había sido su tono y modales en el trato con los compañeros que estaban bajo su supervisión.

Esto quiere decir que Canadá, y por ende el mundo entero, asistirá a un juicio donde nuestro héroe deberá justificar, como si no fuese obvio, que su modo de manifestarse es parte de su cultura y que el problema es de quienes tienen la piel demasiado fina y no son capaces de interactuar con personas para quienes los parámetros de lo que es cortés o grosero han sido colocados en límites ligeramente distintos.

La baza de la cultura es una jugada tan magistral que ha pillado con el pie cambiado a los ingenuos que simplemente esperaban que Guillaume Rey se volviese a su casa avergonzado, hiciese examen de conciencia, se disculpase y expiase su pecado de soberbia. Pero no. Quien pensó así no tuvo en cuenta que la cepa más pura de la arrogancia se destila en París, y que los camareros, como guardianes de las esencias, la sirven con guantes blancos para beber a sorbitos pequeños.

El síndrome de París y el problema de negar la realidad

Solo desde Japón llega cada año un millón de turistas a la capital francesa buscando todos los clichés que les han vendido acerca de la Ciudad de la Luz: los puentes del Sena desde donde ver puestas de sol dignas del mejor fondo de Windows, la subida a la Torre Eiffel, mujeres elegantísimas con bolsos de Chanel, cafés donde comer macarons de todos los colores acompañándose con banda sonora de acordeón y rodeados de bohemios con boina. Entonces llega la realidad, que, como ya dijimos, tiene la mala costumbre de coger argumentos literarios y retorcerlos hasta asfixiarlos lentamente, los japoneses se encuentran con la «hospitalidad» parisina y el impacto es mayor de lo que algunos pueden soportar.

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4 comentarios

  1. La arrogancia como parte del PBI. No está mal como idea.

  2. La idea es graciosa, pero hay más franceses que los que viven en París y también son arrogantes; porque muchos no franceses ni parisinos, se vuelven igual de arrogantes cuando llevan demasiado tiempo en París (experiencia propia); y porque en realidad no son arrogantes, son desagradables, sencillamente. Arrogante es el que puede, no el que quiere, como tantas cosas. Los demás son/somos imbéciles.

  3. La arrogancia como «resistencia» cultural de los parisinos (y franceses) debiera dirigirse contra su gobierno y su casta empresarial, quienes promueven, permiten y premian el turismo a destajo. O tal vez es simple doble estándar, se desea el dinero del turista, pero se le trata pésimo por considerarle simplón, teniendo presente que aquello no desalentará las hordas que esperan visitarles.

  4. La humildad no es un mero concepto judeocristiano, es naturaleza humana que te desagrade una persona arrogante, es decir, que se cree superior a ti (la autora se pensará que ser arrogante en la China o el Japón estará bien visto, como no son países de cultura judeocristiana LOL). Con respecto a la arrogancia de los sirvientes digo servidores parisinos (no sé si el de Vancouver era francés de provincias o parisino del cartier XVI), bueno, yo es que soy mucho de Schopenhauer, ese señor que presumía de muchas cosas…, menos de su sangre o nacionalidad, porque le sobraban razones para ser arrogante por ser él mismo (yo, narcisista perdido, aprecio a la gente por su buen corazón y/o talento [dame a un genio de un país de mierda que a un paleto inglés, borracho alemán o analfabeto francés, qué quieres que te diga], no porque crea compartir sangre con Rimbaud, Turin o Nietzsche por ser de determinado país LMAO).

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