
1975. Las tiendas en la calle King’s Road compiten por ofrecer a los clientes la ropa más extravagante. En un lado están Let It Rock, trajes para teddy boys, y Sex, disfraces BDSM y camisetas. Sus dueños, Malcolm McLaren y Vivienne Westwood. En el otro, Acme Attractions, artículos retro, y BOY, ropa para chicos malos, dirigidas por John Krivine. El primer escaparate de BOY dura dos días. La policía requisa los carteles que lo decoran por atentado a la moralidad. Son fotos de un chaval en el suelo, seriamente herido, la cabeza sangrando, mientras las piernas y los puños de tres críos le rodean. Un eslogan enmarca las escenas: «La fuerza de un país reside en su juventud».
1976. Los Sex Pistols son objeto de su primera sesión de fotos promocional. Steve Jones y Glen Matlock posan cándidamente en el interior de unos servicios públicos y un dormitorio. En alguna instantánea aparecen con esposas metálicas y con señales de haber sido golpeados. McLaren vetó las fotos por inadecuadas. Su grupo podría ser cualquier cosa, pero con esa imagen de chaperos adolescentes no iban a vender una camiseta.
El autor de la sesión había sido el responsable de los carteles para BOY. Peter Christopherson estaba afiliado al sindicato de trabajadores que daba apoyo a la prevención de accidentes laborales por su habilidad con el maquillaje y vestuario cuando hacían simulacros. Formaba parte del equipo de Hipgnosis, conocido grupo de diseñadores gráficos que hizo famosas portadas para discos de rock (por ejemplo, Pink Floyd). En esos días, Christopherson ya era el cuarto miembro de otro grupo recién creado en la vorágine punk. Como los Sex Pistols, ellos tenían también un nombre bastante provocador y tonto: Throbbing Gristle (‘erección’, en la jerga de Yorkshire). Por esa afición a captar determinada belleza, a Christopherson, sus compañeros de grupo le pusieron el cariñoso mote de Sleazy (‘sucio, sórdido’). Con su arte, consiguió poner de acuerdo a la policía y al ambicioso emprendedor del situacionismo. A diferencia de Malcolm McLaren, lo que hacían Throbbing Gristle no era un timo para vender productos a los adolescentes furiosos, sino una meditada estrategia de sabotaje artístico.
El punk nació de forma espontánea, de la mano de adolescentes cansados de una sociedad sin futuro, antes de que llegaran los oportunistas a lucrarse con él. Mientras esto sucedía, hubo quienes decidieron explorar otras posibilidades. John Lydon gritaría en los ochenta «La ira es energía». Pero ¿qué sucede cuando se interna uno en lo más profundo de ese vórtice de descontento y violencia? ¿Qué pasa si volvemos del revés todos los discursos, incluidos los supuestamente rebeldes, y los interpretamos a la sombra de otra luz, aunque sea negra e irracional?
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