Capote, Talese, Thompson, Breslin, Wolfe… El pretencioso Nuevo Periodismo, ese maridaje de periodismo y literatura en cuyo nombre tanto fantoche ha ensuciado el oficio, era un sucedáneo de lo que A. J. Liebling y Mitchell llevaban años haciendo. Solo en nombre del posmodernismo se han perpetrado tamañas fechorías. Pero antes de este pomposo bing bang periodístico, aquel orondo reportero ya había dado sopas con honda al bon vivant de Hemingway y mostrado el camino a seguir al nunca suficientemente ponderado Norman Mailer.
Nacido Abbot Joseph, Joe nunca se fió de nadie. Quizá por ser hijo de un pobre inmigrante judío llegado de Austria que hizo carrera como peletero. A Liebling nunca le convenció el pijerío de Darmouth, de donde fue expulsado por sus repetidas ausencias de la capilla, lugar que le producía una “profunda desafección”. La expulsión fue un pretexto perfecto para inscribirse en la Escuela de Periodismo de Columbia y enrolarse posteriormente como reportero en Rhode Island. Fue allí donde perpetró un plan infalible para que su ‘viejo’ le costeara un viaje a Europa con una jugosa línea de crédito. Anunció que se casaba con una mujer diez años mayor que él, noticia que disparó las alarmas en su casa y terminó por convencer definitivamente a su padre para poner tierra de por medio. Un curso de literatura medieval en la Sorbona fue la excusa oficial que le permitió disfrutar de un año de vino y rosas en París. Allí desarrolló una reverencial francofilia convenientemente regada con los mejores caldos de la tierra. A su vuelta hizo la maleta y se marchó a Nueva York a trabajar en diversas publicaciones. Liebling llegó a The New Yorker huyendo de Roy Howard —“Nueva York será ciudad de una sola cabecera en los 70”—, quien compró el World para fusionarlo con el Evening Telegram. Formó dupla con otra leyenda del reporterismo, Joseph Mitchell. Juntos retrataron como nadie las entrañas de la Gran Manzana. Mitchell se embelesaba con la cotidianidad intrascendente, mientras que a Liebling le sulibellaba la gente de mal vivir: estafadores de tres al cuarto, políticos corruptos, boxeadores anónimos, periodistas sobornados… Corrían los precarios años 30, marcados por el crack del 29, algo que no impedía a Liebling dejarse ver en las mesas del Red Devil y el Villa Nova, acodado en la barra del Bleeck’s and Costello o dándose un chapuzón en las playas de Rockaway.
Para él “la prensa era un circo con payasos malos, leones antisindicales y feriantes a punto de arder en llamas”. Muchas eran las firmas que glosaban los diarios: Irwin, Upton Sinclair, Walter Lippmann, George Seldes, Tom Goldstein, James Boylan, Ben Bagdikian, Kurtz, David Shaw… Pero Liebling, desengañado por la pleitesía servilista que muchos colegas rendían a sus editores, recelaba de la mayoría de ellos. Ese hastío le hizo desarrollar un particular estilo de escribir: ácido, irónico, crítico, punzante e inteligentemente divertido. Era capaz de atizar sin contemplaciones al político de moda y a su jefe, si las circunstancias lo exigían, en la misma columna. Joe, que se consideraba un liberal, afrontaba con mordacidad los problemas cotidianos de la época mientras el resto lo hacía de forma pusilánime, con escritos que parecían tratados políticos. Su orondo y corrosivo inconformismo convirtió en cruzada sus ataques a popes del sector como William Randolph Hearst, Robert R. McCormick o Roy Howard. Afirmaba llorar cada vez que cerraban un periódico, por muy sensacionalista que fuera. Satirizaba sus clichés y les caricaturizaba. En aquella batalla contra los oligarcas de la prensa parió algunas de sus celebradas citas como “la libertad de prensa está garantizada sólo para aquellos que poseen un periódico”, “la gente confunde lo que lee en los periódicos con las noticias” o “la función de la prensa en la sociedad es informar, pero su papel en la sociedad es hacer dinero”. Liebling se convirtió en lectura semanal obligada, en el azote de unos y otros, en el padre de la crítica periodística. Satanizaba el sensacionalismo del New York Post o la trivialidad de la Fox. Sensacionalistas y conservadores no encajaban sus críticas pese a contar en sus plantillas con reputados polemistas convenientemente adiestrados. Joe dejó para la posteridad una colección de 82 columnas escritas entre 1945 y 1963, en una sección que bautizó como Way ward Press. Presumía de ser un liberal en el sentido de tolerar las opiniones distintas y enemigo acérrimo de quienes no contemplaban opiniones diferentes. Entre sus blancos recurrentes estaban el ceremonioso Washington Post y el columnista del New York Journal-American, Westbrook Pegler, al que calificó como “un valiente defensor de las minorías —por ejemplo, esas que pagan altos impuestos por sus ingresos exponencialmente gigantescos”.
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Magnífico artículo. Gracias Fermín.
Perdone, pero es una incoherencia total, sobretodo en lo espacio-temporal, que saliese por patas y se perdiese las Ardenas si luego volvió para Normandia. Las Ardenas fueron posteriores a Normandia, supongo que usted se estará refiriendo a la operación Dinamo y evacuación del ejercito británico en Dunkerque.
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Jean Stafford no escribió una linea de poesía en su vida. Era narradora y ensayista.