Leer en la playa es una farsa, ya lo saben. Anualmente cumplimos con el sainete y fotografiamos libros que recortan la línea del mar y el cielo para hacer un alegato a favor de placeres mundanos: sol, lectura, rumor de olas. Mentira cochina, vaya. Exhibimos esas fotos diciéndoles a los demás que nos envidien en el disfrute, cuando, en el mejor de los casos, la cosa no va más allá del intento. Los miembros se entumecen en posturas imposibles, la toalla se tatúa en los codos, el sol pica, la arena esparce puntos suspensivos donde no toca y todo es, en fin, de una incomodidad ridícula y pegajosa. La silla playera solventa alguno de los problemas, cierto es, pero en época estival no conviene restarse más dignidad de la escrupulosamente necesaria.
Otra de las farsas irresistibles en plena canícula —el verano es la estación de la pantomima— son las listas de libros. El concepto de «lectura de verano» lleva con nosotros desde el siglo XIX, intentando convencernos de que ahora lo ideal es escoger portadas de colores saturados, libros con adjetivos que condensen estos meses pringosos: soleados, ligeros, refrescantes. Títulos que sean fácilmente abandonables (por una barbacoa, un chapuzón, una cogorza) y que podamos reanudar sin insolarnos.
Este año en el que todo está patas arriba, proponemos una excepción. Nada de recopilaciones para destrozarnos las lumbares en los litorales a la caza de una imagen idílica imposible. Nada de libritos de estación de trenes regional, nada de repetir una y otra vez las mismas recomendaciones. Para coronar la extrañeza de este asqueroso 2020 tampoco nos ceñiremos a la estricta novedad, que suficiente han tenido que bracear ya las editoriales. Les presentamos un picadito de sugerencias sin orden, concierto ni demasiado criterio, que solo aspira a ser lo que es: otra lista de lecturas sin la que el mundo puede seguir adelante.
Berg, de Ann Quinn (Malas Tierras y Underwood)
Miren: no tengo ni idea cómo hablar de este libro sin usar onomatopeyas. Nadie ha tenido bemoles de publicarlo en español durante cincuenta y seis años, y en pocas páginas queda claro el porqué. Los coprotagonistas son un gato, un periquito, un muñeco ventrílocuo y una madre (muerta) que envía cartas mentales a su hijo, Alistair Charles Humphrey Berg. Este vendedor de crecepelo se hace llamar Greb, porque quiere matar a su padre, que vive en la habitación contigua de un hostal. ¿No tiene mucho sentido? Vaya, no me digan. Berg encaja en la narrativa de vanguardia británica de los sesenta y el hecho de que el libro exista es, en sí mismo, otra alocada novela. Ann Quinn solo escribió tres novelas y se lanzó al mar a los treinta siete años, inconsciente aún de haber parido un clásico de la tragedia absurda.
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Libros que disfruté en la playa:
Héroes de nuestro tiempo: 25 años de periodismo deportivo. Santiago Segurola, Buena colección de artículos del mejor periodista deportivo de España. En la Riviera Maya.
La reina en el palacio de las corrientes de aire. Stieg Larsson. No hay que despreciar el best-seller solo por serlo. Mykonos y Santorini.
11/22/63. Stephen King. No soy muy de Stephen King, pero este recrea la América inocente, con su música, de manera vívida. También en la Riviera Maya, alternando con Segurola.
La tabla de Flandes. Arturo Pérez Reverte. El autor aún no ha escrito nada mejor. Cadaqués y calas (nudistas) cercanas.
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Gran artículo, dan ganas de leerlos todos! Tomo nota, gracias.
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