
Si el libro no tiene eso inefable, milagroso, que hace que una palabra común, oída mil veces, sorprenda y golpee; si cada página puede pasarse sin que la mano tiemble un poco… ¿qué es un libro?
Escribir o no escribir. La escritura como única forma de narrarse, o quizá de ocultarse. Escribir sobre la imposibilidad de escribir. El mal de Bartleby, del que tanto se ha ocupado Enrique Vila-Matas. Precisamente gracias a una recomendación suya, llegué hasta El libro vacío de Josefina Vicens: qué mejor título para expresar la absoluta impotencia de (y ante) las palabras. Publicado en 1958, El libro vacío es una rareza dentro de la literatura mexicana, un libro que va de la nada y en el que apenas pasa nada. El protagonista, de nombre mediocre —José García—, vida mediocre y profesión mediocre, se sabe carente de talento literario, pero no puede, no es capaz de, renunciar a sus aspiraciones literarias. Olvidados sus sueños de juventud de ser marinero y vivir mil aventuras, la escritura es el único camino de liberación que le queda. Sin embargo, su impulso literario es abstracción pura: no sabe sobre qué escribir ni cómo escribirlo. Para aclararse entre tanta confusión, y de manera casi secreta —su familia sabe que escribe, pero desconoce sus vaivenes emocionales—, lleva dos cuadernos: en uno registra sus reflexiones sobre la escritura, toma notas, y en el segundo traslada lo que queda de útil en el primero. Ni que decir tiene que el segundo cuaderno es, cómo no, el libro vacío.
La autora de esta novela anómala fue también, en cierto modo, una mujer anómala en su contexto. Josefina Vicens nació en 1911 en el estado de Tabasco, en una época convulsa, en plena revolución mexicana. Segunda hija de una maestra y un comerciante de origen mallorquín —fueron cinco hermanas—, nunca quiso conformarse con el camino trazado para una mujer de su tiempo. Todos los que la trataron destacan su carácter profundamente independiente. Siendo casi una niña, comenzó a trabajar como mecanógrafa, para tener así su propio sueldo. Poco después aceptó un puesto de secretaria en un manicomio, a cambio de que cuando acabara su jornada laboral la dejasen hablar con los internos. «¿Para qué estoy en un manicomio, si no?», dijo. También afirmaba que allí encontró gente profundamente feliz. No todos, por supuesto: solo «los que olvidaron la realidad».
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