
Este artículo está disponible en papel en nuestra revista trimestral nº16.
No hay caminos en el norte de la Guajira. Al menos no para el forastero. Pero en realidad sí están allí, las rutas, invisibles a quien no tiene los ojos y la mente adecuadamente entrenados. Más allá del cabo de la Vela el asfalto desaparece, y la única manera de llegar a Punta Gallinas, el extremo más al norte de Sudamérica, es de la mano de alguien que sepa cómo orientarse entre polvo, arbustos, rancherías separadas por kilómetros y ruedas de otros 4×4 que pasaron hace horas, semanas o meses por el mismo lugar. Antes de dejar la penúltima pista claramente visible para cualquier ser humano, nuestro guía se encargó de adquirir lo fundamental para sobrevivir en la bella hostilidad del desierto guajiro. Se paró a la salida de Uribía, polvorienta capital indígena, atajó al grito de «¡sobri, sobri!» (idéntico al «¡primo, primo!» que se usa tanto en mi barrio, en Valencia) a un chaval montado en una pequeña motocicleta, y le compró varios CD piratas de vallenato. Todos ellos grabados por los grandes del género, cantantes y acordeonistas, de manera improvisada, en mitad de borracheras épicas que les llevan a tocar durante días enteros. Pura jam colombiana. Así, Diomedes Díaz nos acompañó hasta el fin de la placa continental, siguiendo instituciones cuya presencia intuíamos, pero que éramos incapaces de ver.
A Giambattista Vico le gustaba la complejidad tanto como la búsqueda de la esencia metafísica de la vida. Quizás por eso fue de los primeros en usar un concepto tan confuso y, al mismo tiempo, tan fundamental como «instituciones». Desconfiaba un poco de las aproximaciones cartesianas a la realidad, basadas en la necesidad de simplificar y dividir el mundo en parcelas para poder entenderlo. Vico tenía un punto de vista más holístico. Negándose al reduccionismo, se atrevía a definir el origen de las instituciones como la consecuencia de la inmediatez de la percepción, de la sensación, de la curiosidad, del miedo. Las reacciones se encadenan para conformar un tejido social hecho de la imitación, y de recalibrar el entorno a la medida humana. Como para todos los filósofos que se ocupaban de lo político, el foco de atención de Giambattista Vico se encontraba en la institución por antonomasia: el Estado. Aunque, dado su talante, prefería explorar la idea de nación. Y lo hacía como una consecuencia de un embrión poético con una verdad metafísica inalienable. En definitiva: Dios. Del cual emanaba la poesía, que provocaba la curiosidad, que a su vez se reflejaba en la interacción, que finalmente diseñaba una institución compartida por todos los miembros de cada nación sobre la faz del planeta.
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¡Qué prosa, señor! Y con un bagaje de lecturas y experiencias envidiables. Le agradezco ese ejercicio intelectual impuestome que a partir de intuiciones casi metafísicas me llevan a imaginarme un país y sus habitantes, y con un final apropiado para ser el inicio, también metafísico de otra realidad humana. Y vaya con mi lenguaje que es memoria sonora que del tiempo se rie, porque a veces me parece que llega desde el futuro: a mitad de la lectura se hicieron presentes unas letras y un ritmo que había olvidado “… rio Manzanares déjame pasar, que mi madre enferma me mandó a llamar…” Tal vez ese rio no esté en Colombia, pero no viene al caso porque el ritmo era inconfundible, de esas zonas sin dudas. Muchas gracias por la lectura.
El artículo está maravilloso y creo que hace un gran recorrido por la historia política contemporánea y moderna de Colombia, sin dejar de ser justo con los diferentes movimientos actuales ni con las transformaciones sociales atravesadas por movimientos de base.
Pero no entiendo muy bien por qué viene a cuento a la foto con la que abre el artículo: un soldado en San José del Guaviare, tan lejos de la Guajira. Siento que viene de una propuesta más bien amarilla para atraer lectores, y eso no me parece del todo respetuoso con el lector, con el texto ni con el imaginario colombiano. Menos ya hacerle justicia a las conversaciones con el guía, que abren y cierran el artículo.
El artículo está maravilloso y creo que hace un gran recorrido por la historia política contemporánea y moderna de Colombia, sin dejar de ser justo con los diferentes movimientos actuales ni con las transformaciones sociales atravesadas por movimientos de base. Pero no entiendo muy bien por qué viene a cuento a la foto con la que abre el artículo: un soldado en San José del Guaviare, tan lejos de la Guajira. Siento que viene de una propuesta más bien amarilla para atraer lectores, y eso no me parece del todo respetuoso con el lector, con el texto ni con el imaginario colombiano. Menos ya hacerle justicia a las conversaciones con el guía, que abren y cierran el artículo.
Para los que Caminamos, y recorrimos la COLOMBIA profunda y magica de Marquez, y Escobar, el espacio siempre fue infinito. nadie clasificaría de Pais, a una amalgama de territorios, donde las relaciones Sociales y cotidianas puen ser tan diversa, como sus paisajes. Ela articulo, trae comprimido, como lo es el tiempo pasado alli, dìas sin medida y memoria, tardes donde cada uno, no es uno mas, sino un viajero del tiempo en cada instante. La magia es territoro y acompaña a quien la busca, y el Señor Galindo, sabe hacerse acompañar..Memorable relato de un trozo de la vida vivida, por los que fuimos alli, cuaderno de bitacora, y manda.
ayudamos con mas….
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