
El 8 de noviembre de 1988, el republicano George H. W. Bush conseguía ganar las elecciones para su partido, garantizando así doce años de gobierno conservador por primera vez desde que Herbert Hoover perdiera en 1932 contra Franklin Delano Roosevelt. Bush no era, desde luego, un desconocido en la política estadounidense sino todo lo contrario: vicepresidente de Ronald Reagan durante sus ocho años de mandato y fugaz director de la CIA en el ocaso de la administración Ford, Bush representaba la continuidad de un modelo basado en la cultura del éxito, las medidas liberales y la fractura social.
Su triunfo fue demoledor: Bush se impuso a su contrincante, el demócrata Michael Dukakis, en cuarenta de los cincuenta y un estados. Aquello no fue tan cruel como cuando en 1984 Reagan arrasó en todos los estados menos Minnesota, pero suponía una carta de confianza para continuar por la senda ochentera de supuesta prosperidad económica y «fin de la historia». Los diez estados que se le escaparon a Bush en 1988 después de haber apoyado a Reagan en 1984 se centraban en el Medio Oeste (Iowa, Wisconsin, West Virginia) y en la tradicionalmente demócrata Costa Este, encabezada por el estado de Nueva York.
Sí sorprendió, en cualquier caso, la derrota en dos bastiones republicanos del oeste: el estado de Oregón y, sobre todo, el de Washington, en el que Dukakis se impuso con una escasa ventaja en el total pero ganando con soltura en el condado de King, cuya capital, Seattle, representaba el mayor número de votantes. Algo se despertaba en el noroeste estadounidense que parecía seguir dormido en el resto del país. Algo que probablemente tuviera que ver con que ese mismo mes la discográfica Sub Pop lanzara al mercado —para suscriptores— el single de un grupo de Aberdeen llamado Nirvana que incluía una versión del «Love Buzz» de la banda holandesa Shocking Blue, con la potente «Big Cheese» como cara B del sencillo.
Como carta de presentación, aquello tenía algo de raro y algo de esperable. Raro porque la canción era rara, magnética, con el bajo de Krist Novoselic repitiendo en bucle las mismas notas, un estilo parecido al pop que desentonaba con el punk rock que la banda decía profesar. Raro, también, porque no dejaba de ser la versión de un grupo extranjero —holandés, para más señas, una nacionalidad recóndita en el mundo de la música comercial— completamente desconocido en Estados Unidos.
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Buen artículo, de lectura amena, gracias por ello.
Solamente un apunte: el link a Badmotorfinger es incorrecto, leva a un trailer de una serie de HBO.
Muchas gracias por un artículo que conjuga magistralmente lo didáctico con lo ameno. Para mí el grunge es un tema serio porque me pareció el último movimiento musical honesto que podía alardear de aglutinar protagonistas que realmente vivían su música porque de verdad querían transmitir su rabia y su frustración ante una sociedad indolente que no les comprendía. Claro que con el tiempo la música se comercializó y por ello atrajo a los arrimados de siempre para imitar su sonido. Pero su honestidad y pertinente salida en el momento justo hacen que el grunge sea inmortal e imperecedero.
Exelente artículo , de verdad muy ilustrativo . Logre hasta imaginarme ese momento tan vigoroso y fructifero en esa cultura gélida y sobria del noroeste de USA . Increíble todo lo que emergió de aquella subcultura a finales de los ochenta y que formó , si se puede decir parte del progreso musical , digo evolución , innovación musical . Saludos desde Venezuela !!