
No conozco nada en el mundo con tanto poder como una palabra. A veces escribo una, y la miro hasta que comienza a brillar.
Emily Dickinson
La prensa miente. Toda la prensa, entendida como testigo veraz de la actualidad, miente. O sea, que quizá relate la actualidad pero desde luego no es veraz. Tampoco es que, con esta afirmación, yo les esté empujando del caballo como el rayo divino que iluminó a Saulo de Tarso: pensar que las fake news son un fenómeno contemporáneo es esencialmente una fake new, porque la prensa miente desde que nació hace unos cuatrocientos años y lo seguirá haciendo dentro de otros cuatrocientos años, si es que sobrevive.
Por supuesto, todos conocemos mentiras flagrantes impresas a cinco columnas en la portada de un periódico de tirada nacional o sesgos sutiles a la hora de contar una historia o incluso cuando se decide qué historias se cuentan y cuáles no. Pero esos son ejemplos fútiles, migajas de prestidigitador para desviar la atención de lo gordo. Y lo gordo es que para que la prensa sea el cuarto poder, antes debe ejercer poder; y para ejercer poder, antes tiene que enseñarle al mundo lo poderosa que es, aunque no lo sea. La prensa será tanto más poderosa cuanto más se parezca a un símbolo, y el símbolo es la mentira más poderosa que existe. De acuerdo a su naturaleza intrínseca, un símbolo nunca reflejará lo que algo es, sino lo que ese algo cree ser. O quiere ser.
Chicago, la ciudad de los rascacielos
Antes de Nueva York, la ciudad de los rascacielos fue Chicago. Los rascacielos nacieron por pura necesidad económica. No es algo especialmente sorprendente porque, en realidad, casi todo nace como respuesta a un mejor aprovechamiento de los recursos. Lo que pasa es que, en el caso de los rascacielos, el proceso fue muy evidente: a finales del XIX, los precios del suelo en el centro de las grandes ciudades eran cada vez más elevados, así que la solución pasaba por exprimir sus posibilidades. O sea, por maximizar la superficie disponible multiplicándola en altura.
Claro que edificar en altura no era una cosa tan fácil con los métodos constructivos tradicionales; si se levantase con una estructura de muros de carga, un edificio de doce o trece plantas apenas tendría superficie útil en la planta baja, pues todo el espacio quedaría colapsado por el enorme grosor de los muros necesario para sujetar la construcción. Así que la existencia del rascacielos se debió a una necesidad —la económica— y a dos invenciones tecnológicas: la estructura de acero y, sobre todo, el ascensor con sistema de seguridad, que Elisha Otis patentó en 1857 porque de poco servía tener plantas libres a cien metros de altura si nadie en su sano juicio iba a subir hasta ellas.
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«… el símbolo es la mentira más poderosa que existe. De acuerdo a su naturaleza intrínseca, un símbolo nunca reflejará lo que algo es, sino lo que ese algo cree ser. O quiere ser.»
Primero aclarar que un símbolo no es una mentira, y decir a continuación que a pesar de que nunca refleje a primera vista lo que algo es, no lo enmascara: Lo transciende.
Es importante dilucidar este punto porque precisamente el periodismo se vale de la potencialidad del símbolo para perpetrar sus muchos crímenes.
Un saludo.