El hombre que vendió la Torre Eiffel

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París, 1937. Fotografía: Roger Schall / Cordon Press.

Delinquir contra la propiedad, cuando se hace bien, de forma limpia y pacífica, con buen gusto y precisión cirujana, es todo un arte. Por eso resulta tan curioso comprobar cómo a veces algunas de las proezas más significativas de esta disciplina se realizan del modo más fortuito. Como si no consistiesen en mucho más que una mera cuestión de azar.

Hace apenas unos años, en noviembre de 2010, se produjo una anécdota que me cautivó especialmente. Un camión de la empresa Crisóstomo Transportes, dedicada al depósito y traslado de obras de arte, llegaba desde Alemania a su sede en un polígono industrial de Getafe. En su interior portaba treinta y cinco piezas valoradas en más de cinco millones de euros. Algunas venían de ser expuestas en la galería Stefan Röpke, en Colonia. Otras habían sido recogidas en París en el trayecto de regreso a España. Entre ellas se encontraban trabajos de los pintores Pablo Picasso, Fernando Botero, Antoni Tàpies, Juan Gris y Antonio Saura, así como de los escultores Julio González y Eduardo Chillida.

El conductor aparcó el camión, apagó el motor y se marchó a su casa. En ocasiones la rutina es así de caprichosa. Algunas horas después, las cámaras de seguridad recogían el momento en el que varios hombres accedían al recinto, descubrían que el vehículo todavía tenía las llaves en el contacto, se subían a él, lo ponían en marcha y huían a toda velocidad, perpetrando sin apenas esfuerzo y casi por casualidad el mayor robo de obras de arte contemporáneo registrado jamás en España. Si alguien está buscando una buena idea para un guion, este tiene pinta de escribirse solo.

Se trata, no obstante, de un caso excepcional. La mayoría de las veces, el golpe requiere de una detallada y profusa labor de planificación. Hay que estudiar la situación, concretar la idea y su ejecución, prever todos los posibles escenarios, adelantarse a lo inesperado. Si lo que se pretende es realizar un trabajo ambicioso, serio y profesional, no es recomendable dejarlo todo en manos del azar. Entre otras cosas, por el qué dirán. Por eso Victor Lustig sabía que debía calcular cada movimiento, cada mínimo elemento de su plan. Porque la estafa que tenía en mente no era precisamente una bagatela: quería vender al mejor postor el símbolo más emblemático de París y, por lo tanto, de Francia: la Torre Eiffel.

Es justo señalar, de todos modos, que por aquel entonces la torre no gozaba de la importancia de la que goza ahora. Había sido construida a propósito de la Exposición Universal de París de 1889 y, más de un cuarto de siglo después, el alto coste de su mantenimiento estaba comenzando a suponer un inconveniente para las arcas de la ciudad. Llevaban años hablando de trasladarla. Su ubicación en el extremo del Campo de Marte tenía, en teoría, carácter temporal. Incluso los periódicos de París en 1925 destacaban el pobre estado en el que se encontraba la estructura porque el Ayuntamiento ni siquiera disponía de recursos para pintarla. Una situación muy llamativa que, de hecho, fue la que despertó el instinto tramposo de Lustig.

Hasta entonces, como timador de poca monta las cosas no le habían ido mal, pero había llegado el momento de aspirar a algo mejor. Cuando leyó la noticia sobre los problemas que la Torre Eiffel le estaba causando a la ciudad de París, se le ocurrió que a cualquier comerciante bien informado no le parecería demasiado extraño que el Gobierno hubiese decidido deshacerse de ella vendiéndola como chatarra. Así que seleccionó cuidadosamente a seis empresarios del sector, los reunió en el Hotel Crillon, uno de los más lujosos del mundo, les pidió la máxima discreción y les expuso lo que sucedía.

Se presentó como un alto funcionario del Ministerio de Correos y Telégrafos. Les explicó que habían sido seleccionados por su intachable reputación y su buen hacer para los negocios. Los puso al corriente de la naturaleza irregular de aquel encuentro, pero se justificó alegando que el asunto, al referirse a un monumento como la Torre Eiffel, podría provocar la oposición del pueblo si se seguían los cauces habituales, quizá demasiado transparentes. Y por fin les aclaró el objetivo de aquella reunión: determinar cuál de ellos sería el adjudicatario de la torre para convertirla en chatarra, puesto que París ya no podía hacerse cargo de su conservación. Él había sido designado personalmente para realizar la elección y les rogaba que guardasen, por el bien de todos, la más estricta confidencialidad.

Victor Lustig y Al Capone. Fotografía: Cordon Press.

Una vez finalizado el encuentro, una limusina trasladó a Lustig, a su secretario —en realidad se trataba de otro estafador amigo suyo, Robert Arthur Tourbillon— y a los seis empresarios hasta la Torre Eiffel para que estos pudiesen realizar una inspección en persona del estado del monumento. Por el camino, en un tono mucho más relajado, Lustig fue conversando con todos ellos para determinar quién podría ser la presa más asequible, y llegó a la conclusión de que André Poisson era la víctima idónea: parecía fácilmente impresionable, se sentía infravalorado por sus colegas de profesión, todavía no formaba parte de los círculos más selectos de París y creía que hacerse con la gestión del reciclado de la Torre Eiffel le otorgaría por fin el estatus social con el que llevaba tanto tiempo soñando.

Lustig les comunicó que la licitación se llevaría a cabo al día siguiente, pero en realidad ya sabía que, fuesen cuales fuesen las ofertas de los otros cinco, él aceptaría la de Poisson. El problema era que la mujer del empresario no era tan crédula como él y, cuando escuchó aquella misma noche lo que su marido le contaba sobre un posible acuerdo extraoficial para adquirir la Torre Eiffel, le hizo ver que en aquel asunto podría haber algo raro. Poisson acudió al día siguiente muy preocupado a ver a Lustig para trasladarle sus temores, pero este reaccionó con maestría. Para terminar de ganarse la confianza de Poisson, le realizó una terrible confesión: en efecto, había sido él mismo quien había decidido tramitar aquel asunto de un modo tan informal, pero el motivo no tenía nada que ver con la legalidad del acuerdo, que sería absoluta, sino con su necesidad de que el empresario más interesado lo incentivase de algún modo para tomar la decisión.

Poisson entendió perfectamente. Aquel funcionario pretendía tramitar la concesión de la torre con tanto secretismo porque no quería que trascendiese su voluntad de actuar bajo soborno. Si se le gratificaba con la cantidad suficiente, el acuerdo estaba hecho. Así que no se lo pensó dos veces y le entregó a Lustig dos maletines. Uno con la cantidad mediante la que adquiría la propiedad de la torre como licitador para así revenderla como chatarra y hacerse rico, y otro con la cantidad necesaria para satisfacer los apetitos crematísticos de aquel miserable funcionario corrupto. Negocio redondo.

Lustig abandonaba Francia con Tourbillon a las pocas horas en un tren con destino a Viena y dinero suficiente para vivir una buena temporada a cuerpo de rey. Cuando Poisson se percató de que había sido timado, se sintió tan abochornado que no se atrevió a poner el caso en conocimiento de las autoridades, las cuales no tuvieron noticia de la estafa de la Torre Eiffel hasta tiempo después, cuando Lustig intentó repetir la operación con otro grupo de empresarios parisinos. En esta ocasión uno de ellos sospechó y acudió a la policía, pero Lustig consiguió escapar. En los años siguientes estafaría a otros particulares haciéndose pasar por banquero, pondría en marcha toda una red de falsificación de dinero en Estados Unidos, timaría al mismísimo Al Capone y acabaría siendo encerrado en Alcatraz. Moriría de neumonía en el Centro Médico para Presos Federales de Springfield, Missouri, en el año 1947.

Por lo que respecta a los ladrones de las obras de arte de Getafe, lo fortuito de su atraco nos da una idea de lo escasamente planificado que estaba el golpe. De hecho, treinta y cuatro de las piezas fueron encontradas varios días después por los agentes de la policía judicial en una furgoneta aparcada en un polígono de Leganés. Todas se encontraban en perfecto estado y muchas ni siquiera habían sido extraídas de su embalaje original. Quién va a querer un montón de cuadros viejos, pensarían los cacos. Sin embargo, una de ellas estaba a punto de correr una suerte distinta.

Se trataba de Topos IV, una escultura de Chillida de una tonelada y media de peso cuyo valor superaba los ochocientos mil euros. Cuando los investigadores la localizaron, se encontraba ya en el taller de un chatarrero al que se la habían vendido por treinta euros. Una cantidad que, tratándose de un triste montón de hierro, no parecía inapropiada. «Ya estaba preparando todo para fundirla», confesó el hombre muy sorprendido, ignorando lo que en realidad tenía entre manos.

No parece que los ladrones tampoco tuviesen mucha idea de cuál era el valor real de aquel mamotreto. Si se tratase del tipo de gente que prepara minuciosamente un robo, seguramente conocerían la historia de Victor Lustig y la estafa de la Torre Eiffel. Y en ese caso sabrían que hay que tenerlo todo perfectamente planificado para que merezca la pena vender una obra de arte —sobre todo si su valor se aproxima al millón de euros— como chatarra. Y sospecho que ni así.

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