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Conjeturas sobre Uwe Johnson

Uwe Johnson
Uwe Johnson en 1965. Foto: Cordon Press.

Transcurre el año 1899 y alguien huye de la autoridad campo a través. En mitad de la vega prusiana, sin lugar donde esconderse, el fugitivo desaparece bajo las cuatro faldas de una mujer que come las patatas que asa sobre un fuego bajo sus pies. Y así, entre el frío y el fango, entre la humareda y el desconcierto de los guardias que deambulan en círculos sin poder explicárselo, es concebida la madre del pequeño Oskar. El tambor de hojalata está lleno de momentos inolvidables, pero probablemente ninguno sea tan indeleble en la memoria como el de los abuelos de ese niño que se niega a crecer nada más cumplir los tres años. Otros detalles son más sutiles: durante el encuentro, la hospitalaria propietaria de cuatro faldas superpuestas lanza suspiros entornando los ojos y, atentos, «evocando en cachuba los nombres de todos los santos». 

No sabemos cuánto de autobiográfico hay en el relato de Günter Grass, pero sí que su madre pertenecía a uno de esos pueblos que abandonarán la tierra sin que hayamos llegado siquiera a saber que estuvieron aquí alguna vez. Sepan que, más allá del delirio surrealista del alemán, Cachubia es tan tangible como esas patatas trinchadas en varas de avellano. Búsquenla en la «tierra de nadie» entre polacos y alemanes, la que fue cambiando de manos desde que la Orden Teutónica se apoderara del enclave en el siglo XIV. El propio Grass nació en 1927 en Gdansk, una ciudad a la que la dirección del viento cambiaba el nombre constantemente: uno podía acostarse en Danzig y despertar en Gdansk sin levantarse de la cama. Pero las pesadillas eran atroces, especialmente durante primera mitad del siglo XX. Fue entonces cuando cientos de miles de ellos emigraron a Estados Unidos porque quedarse era abandonarse al azar de la guerra. Sin ir más lejos, Grass fue uno de esos adolescentes enrolados en el ejército alemán en el último año de la contienda. Tras ser rechazado como un tripulante más de los U-Boote, acabó en una división Panzer de las SS que se acabaría rindiendo a los americanos. 

Uwe Johnson, otro hijo de ese páramo azotado por el viento, contaba once años entonces. Demasiado joven hasta para los nazis. Su padre era un campesino de origen sueco de Mecklemburgo, un antiguo enclave del Reino de Suecia en la orilla sur del Báltico; su madre, una cachuba de Kammin (hoy Kamién Pomorski). Tras morir su padre en uno de los campos de internamiento que los soviéticos construyeron en el este de Alemania, el joven Uwe fue arrastrado por su familia hacia un viaje en círculos sin salir del país, en busca de un lugar en el que echar raíces de nuevo. Muchos cachubos acabaron trabajando en las minas de Silesia, pero los Johnson consiguieron permanecer en la superficie, y Uwe cursó estudios de Filología Alemana en Rostock, en la entonces recién constituida RDA. Lo suyo era la literatura y, en 1953, escribió una primera novela, Ingrid Babendererde, que jamás vería publicada. 

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