U-boote, los lobos de acero (I)

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Submarino alemán (U-boat), c.1939. Foto: Cordon.

Lo único que de verdad me asustó durante la guerra fue la amenaza de los submarinos. (Winston Churchill, La Segunda Guerra Mundial, volumen II, «Su mejor hora», 1949)

Debo confesar que mi imaginación rehúsa ver cualquier tipo de submarino haciendo algo que no sea asfixiar a sus ocupantes y naufragando en el mar. (H. G. Wells, 1901)

Las dos guerras mundiales que definieron la primera mitad del siglo XX presentaron al mundo nuevas formas de matar y morir, algunas más atroces que lo visto en cualquier otra época. No hace falta mencionar que las poblaciones civiles padecieron algunos de los peores horrores de la historia reciente, desde los campos de exterminio nazis a los bombardeos masivos e indiscriminados sobre ciudades, pasando por las hambrunas o las detonaciones atómicas de Hiroshima y Nagasaki. Pero también los combatientes tuvieron que hacer frente a peligros nunca vistos y las tasas de mortalidad entre los soldados se dispararon, así como la gravedad y extensión de las secuelas físicas y psicológicas entre los supervivientes.

Quienes participaron en las operaciones militares de la primera y segunda guerras mundiales, sin embargo, no tenían el mismo número de papeletas en el tétrico sorteo de la batalla. Era mucho más fácil morir sirviendo en unas unidades que en otras. Entre los destinos más negros para un combatiente —aunque no deberíamos hablar de un servicio bélico convencional, sino de una condena de carácter penal— estuvieron los «batallones de castigo» de la Segunda Guerra Mundial, como el Strafbataillon del ejército nazi o el Tzrafbat del ejército soviético, integrados por criminales, desertores, soldados indisciplinados o «no aptos para el servicio», etc. Aquellos batallones eran enviados a misiones con escasas posibilidades de supervivencia, ya fuese atravesar campos de minas, servir de vanguardia durante asaltos a posiciones muy defendidas o abrirse camino bajo el fuego de la artillería enemiga. Como se puede deducir de tales misiones, los batallones de castigo sufrían tasas de mortalidad muy elevadas que podían llegar al 80% de sus integrantes en algunos casos.

Sin embargo, estas pérdidas no solo eran aceptables, sino que eran esperadas. Aquellos hombres no eran vistos como soldados ni sus vidas estaban valoradas del mismo modo; por el contrario, sus respectivos regímenes los consideraban desechables. Ni siquiera podían soñar con retirarse del peor de los combates, pues a sus espaldas, en las líneas de su propio bando, aguardaban las «tropas de barrera» encargadas de ejecutarlos cuando pretendiesen volver atrás. Pues bien, alguien destinado en un batallón de combate no contemplaba una mucho peor perspectiva que cualquier tripulante de un submarino alemán.

De entre las fuerzas convencionales que participaron en ambas guerras mundiales, ninguna fue una trituradora de vidas comparable a los sumergibles del Imperio alemán en 191418 y del III Reich en 1939-45. Ni en tierra, ni en el mar, ni siquiera en el aire. Durante la Segunda Guerra Mundial, treinta y siete mil hombres sirvieron en la flota submarina alemana; veintiocho mil de ellos murieron o desaparecieron. Esto significa que tres de cada cuatro hombres que subían a un submarino no regresarían a casa. En la Gran Guerra, los porcentajes también habían sido terribles. La expresión que se suele usar para describir el submarino de aquella época, «ataúd de metal», no es exagerada. La mayor parte de ellos se convirtieron, y de manera literal, en ataúdes de metal.

El submarino, pese a todo, fue una de las más temibles armas con las que contó Alemania en aquellas dos guerras. Las principales potencias poseían sus propias flotillas, pero ninguna otra la usó con tanta efectividad e intensidad como Alemania, debido a una combinación entre la necesidad y la oportunidad. El principal enemigo de Alemania, el Reino Unido, era un país insular cuya supervivencia dependía del comercio marítimo. Materias primas para la industria, combustible para el esfuerzo bélico y alimentos para la población británica llegaban a los puertos en las bodegas de barcos mercantes que podían ser hundidos con facilidad durante su trayecto. El Reino Unido se vio en serios aprietos cuando los alemanes decidieron centrar su flota subacuática en la intercepción del comercio naval. Los líderes británicos aprendieron a temer al Unterseboot (término alemán para «barco submarino»), al que se referían con la contracción «U-boat», prestada del equivalente alemán «U-boot». Los británicos solo llamaban submarines a los propios. Los submarinos de Alemania merecían su propio nombre, como los siniestros monstruos marinos que eran.

Hoy, con la perspectiva del tiempo, nos parece obvio cuál era la utilidad del submarino como depredador de mercantes, pero cuando estallaron aquellas guerras, los alemanes empezaron usando sus Unterseboote de manera dubitativa. Tanto en 1914 como en 1939, el alto mando alemán tenía una comprensión incompleta del potencial de este tipo de buque. Después, sobre la marcha, los hechos iban demostrando que era la única arma disponible que de verdad podía causar un daño determinante a los británicos. Una vez los altos mandos alemanes entendieron esto, convirtieron el submarino en esa amenaza pavorosa de la que Winston Churchill hablaba con asombro, en una de esas ocasiones donde su característica tendencia a la exageración estaba bien justificada.

Tal era el peligro de los Unterseeboote que el Reino Unido pudo sobreponerse por dos veces a ellos porque Alemania repitió en ambas guerras el mismo error: tardaron demasiado en emplear su flota subacuática de la manera correcta y con la magnitud requerida. Esto permitió que los británicos y sus aliados desarrollasen nuevas tácticas y tecnologías que por dos veces terminaron haciendo obsoleta la guerra submarina alemana. Eso sí, aunque nunca es sensato jugar con hechos históricos alternativos que no demuestran nada por sí mismos puesto que nunca ocurrieron, es razonable pensar que, en otras circunstancias y si los líderes alemanes hubiesen escuchado desde el principio a algunos de sus más visionarios almirantes, los Unterseebote hubiesen conseguido, por sí solos, que las guerras mundiales se hubiesen desarrollado de manera muy distinta.

Los «no tan submarinos»

Tripulación de un sumergible alemán clase UC-1 en cubierta. Los sumergibles de esta clase fueron empleados principalmente en tareas de minado llevando hasta doce minas. Los submarinos alemanes hundieron 1.845.000 toneladas de buques aliados y neutrales entre febrero y abril de 1917. Foto:  IWMCollections

Las hazañas de los Unterseboote demostraron poseer una inesperada fuerza propagandística; los gobiernos alemanes convirtieron a las tripulaciones en héroes y símbolos nacionales. Cuando estaban en tierra, aquellos hombres recibían un trato especial que estaba vedado a muchos otros soldados. En el mar, sin embargo, un submarino no era un lugar cómodo para vivir y ofrecía mucho peores condiciones que cualquier otro tipo de buque. Cada Unterseboot albergaba entre veinte y setenta tripulantes, dependiendo del modelo concreto porque los había diseñados para diversos tipos de misiones. Algunos submarinos eran pequeños, tenían poca autonomía y pocos torpedos (o ninguno), por lo que realizaban patrullas costeras de poca duración o tareas que no implicasen combate directo, como desplegar minas acuáticas. Otros modelos sí gozaban de gran autonomía y realizaban patrullas que podían prolongarse durante semanas o meses; en esos casos, las condiciones de vida a bordo se volvían peores conforme transcurría el tiempo.

Empezando por la higiene; cada sumergible disponía de un único retrete que era compartido por toda la tripulación. A veces había dos retretes, pero, dado que el espacio siempre era un recurso a maximizar, uno de ellos era usado como almacén al principio de la patrulla, por lo que tardaba un tiempo en estar disponible para ofrecer su función primaria. Por lo demás, los tripulantes no podían ducharse, ni afeitarse, ni apenas cambiarse de ropa. Dormían por turnos usando los mismos camastros malolientes. El ambiente, como es de suponer, estaba muy cargado y era uno de los varios motivos por los que no se podía fumar en los habitáculos, había que pedir permiso y salir a cubierta para encender un cigarrillo. Aunque con frecuencia era preferible permanecer dentro del claustrofóbico buque; cuando navegaba por la superficie —lo cual era casi todo el tiempo—, se requería la presencia de varios hombres en cubierta para que vigilasen el horizonte. A través de sus prismáticos intentaban localizar cualquier rastro de un posible enemigo: la silueta de un barcos, el humo de su chimenea, o la aparición de aviones en el cielo. Esta tarea al aire libre se tornaba una pesadilla si el clima era malo y había que soportar frío, viento y humedad. En tales épocas la vigilancia era detestada por los tripulantes, que encontraban preferible las poco higiénicas, pero más cálidas, condiciones del interior.

Navegar por la superficie era tan habitual en aquellos submarinos que quizá deberíamos llamarlos «barcos sumergibles». Los submarinos actuales sí pueden pasar mucho tiempo sumergidos y por eso son diseñados con un casco redondeado más para bucear, pero en las guerras mundiales no era posible la inmersión prolongada. Varias circunstancias lo impedían. El aire respirable debía ser renovado saliendo a la superficie y su progresivo enrarecimiento podía conducir a los tripulantes al desmayo primero y el fallecimiento después. Este quizá sea el motivo más intuitivo en que podamos pensar, pero, si bien la falta de oxígeno respirable constituía un serio peligro, solo se producía en circunstancias muy extremas. Por ejemplo, cuando se había producido un daño en los sistemas que controlaban la profundidad. O cuando el submarino no podía volver a la superficie porque el enemigo estaba acosándolo, en cuyo caso la opción más sensata para el submarino era la de salir a la superficie y rendirse; la mayor parte de los capitanes preferían emerger a agotar el oxígeno. El problema, claro, es que no siempre podían elegir y muchas veces era el enemigo quien decidía si el submarino iba a sobrevivir o no. Pero esto, cabe insistir, eran situaciones extremas y puntuales.

El principal motivo por el que los submarinos no podían prolongar demasiado el periodo de inmersión era su sistema de propulsión: el motor diésel. Tratándose de un motor de combustión, necesitaba un constante suministro de aire. El diésel no funcionaba bajo el agua. Para navegar sumergido, el submarino podía usar un motor eléctrico alternativo cuyas baterías se agotaban en poco tiempo, sobre todo cuando el sistema era forzado en situaciones de persecución o huida. Para recargar las baterías había que salir a la superficie y volver a encender el motor diésel (como un automóvil que, al encender el motor diésel, recarga su propia batería). Así pues, la navegación superficial era la que se empleaba por defecto y basta ver el casco de aquellos submarinos, afilado como el de cualquier otro barco, para comprenderlo. Los capitanes solo optaban por la inmersión en situaciones escogidas como vigilar y atacar por sorpresa, o como huir del enemigo. Es más, incluso era frecuente que los submarinos atacasen desde la propia superficie cuando encontraban un mercante desarmado y sin escolta, ante el que no necesitaban ocultarse. También cuando era noche cerrada o las condiciones meteorológicas disminuían la visibilidad.

Hubo intentos de que el motor diésel funcionase bajo el agua para conseguir periodos de inmersión más prolongados, pero tuvieron un éxito limitado. El snorkel, por ejemplo, era un tubo que aspiraba aire de la superficie y lo conducía al motor diésel. Aunque lo de «tubo» es una definición simplificada, porque era una pieza compleja y difícil de diseñar. Tanto era así, que los alemanes no la descubrieron hasta 1940, cuando invadieron Holanda y requisaron un par de sumergibles que llevaban el snorkel instalado. Las esperanzas en que aquel descubrimiento cambiase la guerra submarina se vieron frustradas cuando descubrieron también que el snorkel podía presentar serios inconvenientes en la práctica. El tubo contenía un sistema de válvulas destinado a impedir que el agua de la superficie entrase en el motor mezclada con el aire aspirado, pero las válvulas, a veces, podían generar un repentino efecto de vacío que cambiaba de golpe la presión atmosférica en el interior del submarino. Eso, además de apagar el motor, provocaba reacciones muy dolorosas en los oídos de los tripulantes (y, en los peores casos, incluso la rotura de sus tímpanos). Otro inconveniente del snorkel era que obligaba a navegar cerca de la superficie, donde la silueta del submarino, sobre todo de día y con el mar en calma, podía ser localizada por los aviones. Para colmo, también obligaba a navegar con mayor lentitud. Ya de por sí, el submarino era mucho más lento bajo el agua que sobre ella, pero el snorkel obligaba a ir todavía más despacio debido a la posibilidad de que la tensión mecánica lo rompiese y el agua empezase a entrar en el motor. A estos problemas se sumaba la dudosa conveniencia del diésel cuando el submarino necesitaba pasar desapercibido. El motor diésel produce humo (el que exhalaban las chimeneas, como hemos visto, era uno de los principales delatores visuales de la posición de un barco en la distancia). También el submarino que usara el diésel bajo el agua producía un rastro de humo que ascendía hasta la superficie y hacía visible su posición para cualquier buque cercano. Además, el motor de combustión generaba más ruido que el eléctrico, algo que también hacía al submarino más fácil de localizar. Puesto que el principal objetivo de permanecer sumergido era el sigilo ante la presencia de enemigos cercanos, el motor eléctrico seguía siendo preferible incluso después del descubrimiento del snorkel, y de paso los capitanes evitaban los fastidiosos inconvenientes del invento.

Volviendo a la vida a bordo, los alemanes optaban por la máxima eficiencia en el diseño de sus submarinos, incluyendo el uso del espacio interior porque, cuanto más esbelto el submarino, más difícil de detectar. Eso significaba que la tripulación debía renunciar a las pequeñas comodidades que sí se daban en las flotillas de otras naciones. Los sumergibles italianos, por ejemplo, eran más confortables para la tripulación, pero menos temibles como arma. En los Unterseeboote, los hombres llevaban consigo un equipaje personal muy reducido. Eso sí, aunque la alimentación era controlada de manera estricta para conservar las reservas, el menú no solía ser un problema. Había muchas cosas que los marineros debían temer, pero el hambre no era una de ellas. Durante la parte inicial de la patrulla había carne fresca, frutas y verduras, cuya preservación era prolongada mediante un pequeño refrigerador. Cuando la comida fresca se terminaba, quedaban alimentos más duraderos como salchichas, embutidos o latas de conservas. También había café, mermelada, chocolate, etc. Con suerte, quizá se daba la posibilidad de comerciar con civiles (pescadores, por ejemplo) y de requisar la comida de un barco enemigo. Pero, al menos en circunstancias normales, la despensa era más que suficiente para la duración prevista de cualquier patrulla. Cuando el periodo en alta mar era muy prolongado, como sucedía en ciertas operaciones atlánticas, existían buques apodados Milchkuh («vacas lecheras»), que se encargaban de encontrarse con el Uboot en algún punto del océano para reponer combustible, torpedos, suministros y alimentos, y hasta para repartir el correo.

El ánimo a bordo a un submarino, como en otros escenarios bélicos, solía estar marcado por largos periodos de tedio interrumpidos por periodos más breves de tensión durante el acecho y torpedeo de buques enemigos, y de puro terror cuando el submarino era atacado y existía la posibilidad de que empezase a caer hacia el fondo marino. Si un Uboot se hundía, todos sus tripulantes iban a morir. Era casi imposible escapar de un submarino que se hundía, debido a la presión exterior del agua, que inmovilizaba las trampillas. Algunos submarinos llevaban cápsulas de escape, pero solían ser inútiles por parecidas razones, hasta el punto de que se terminaba optando por usarlas como almacén extra. Aquellos tripulantes eran tratados como héroes por cuestiones propagandísticas, también se ganaron un prestigio particular cuando la población entendió que un submarino pocas veces volvía a la superficie después de sufrir un ataque o una avería grave. Los propios tripulantes de los Unterseboote no se engañaban con respecto a la peligrosidad de su tarea. Es verdad que algunos de los capitanes más experimentados y hábiles consiguieron sobrevivir a un buen número de patrullas, incluso hasta conseguir ver el fin de la guerra en la que sirvieron, pero, en general, la estadística no perdonaba. Muchos de los «ases» más afamados, así como tres de cada cuatro hombres enrolados en un submarino alemán, terminaron sus días en el fondo del mar.

El surgimiento del submarino como arma decisiva

Submarino alemán rendido en el Támesis, 1919.

La idea de construir un buque sumergible es antigua; en el siglo XVI ya se mencionaba, aunque de forma incierta, su existencia. El primero de cuya construcción se tiene constancia data del XVII y estaba impulsado mediante remos. Como curiosidad, el primer submarino con motor de combustión, llamado Ictíneo II, fue construido en España en 1864. También aquí se produjo el primero con propulsión eléctrica, el Peral, diseñado por Isaac Peral, que se adelantó por semanas en la particular carrera tecnológica que mantenía con dos competidores extranjeros. En cualquier caso, la utilidad militar de aquellos submarinos primitivos era limitada. En la guerra civil estadounidense, por ejemplo, hubo alguno capaz de hundir un barco enemigo, pero los submarinos militares más efectivos y los más parecidos a la imagen que tenemos en mente no empezaron a fabricarse hasta principios del siglo XX.

Antes de 1914, la guerra submarina fue poco más que una sucesión de escaramuzas aisladas y con escasa relevancia en el resultado final de diversos conflictos. Cuando estalló la I Guerra Mundial, las flotas de las grandes potencias disponían de submarinos, pero ningún almirantazgo del planeta comprendía su potencial. No es que aquellos almirantes fuesen estúpidos; sino que la teoría estaba en pañales. Por más que el concepto de sumergible militar llevase tiempo circulando, los modelos punteros eran algo muy nuevo. Al principio de la I Guerra Mundial, el Reino Unido poseía setenta y cuatro submarinos operativos, pero no una idea concreta de cómo sacarles el máximo partido. Alemania solo tenía veinte submarinos y continuaba viéndolos con la misma perspectiva que a finales del XIX, esto es, como armas contras lo buques de guerra enemigos. El gran problema al que se enfrentaba la Kaiserliche Marine («Armada del Káiser») era su patente inferioridad con respecto a la Royal Navy británica. Pese a la alta estima que el káiser Guillermo II profesaba a su flota, esta era impotente frente a la poderosísima flota británica. Por resumir la cuestión en pocas palabras, la Kaiserliche Marine pasó casi toda la I Guerra Mundial acorralada en sus propias bases mientras los británicos imponían un exitoso bloqueo naval que hizo sufrir mucho al comercio marítrimo alemán. La Kaiserliche Marine, incapaz de hacer algo efectivo frente al bloqueo, evitaba en lo posible un enfrentamiento directo que tenía muchas papeletas de acabar en desastre. La flota británica era consideraba invencible. Y con justicia.

Los submarinos alemanes, por supuesto, sí tenían la capacidad de traspasar las líneas del bloqueo. En 1914, los medios de detección electrónicos y acústicos todavía no estaban bien desarrollados (o, en algunos casos, no existían en absoluto), así que un submarino era muy difícil de localizar incluso cuando navegaba por la superficie. El principal y casi el único medio para detectarlo era el contacto visual, pero no era fácil dada la escasa altura de su casco y la menor cantidad de humo que exhalaban sus motores. Los vigías de cualquier submarino descubrían en el horizonte a cualquier barco enemigo antes de que este tuviera noticia. Los aeroplanos lo tenían un poco más fácil para detectar la silueta de un submarino, pero carecían de armamento adecuado para atacarlo así que los pilotos de avión solo podían limitarse a dar aviso a los barcos de guerra cercanos. Y esos barcos de guerra, por supuesto, ya no encontraban ningún rastro del submarino en cuanto conseguían llegar a la zona.

La preocupación por la fuerza inigualable de la Royal Navy hizo que el alto mando alemán depositase sus esperanzas en el sigilo de los submarinos como manera de de torpedear buques de guerra británicos, en especial los más grandes, lentos y poco maniobrables, que eran también los más peligrosos en la batalla naval. Acorazados y cruceros blindados, cuyos voluminosos cascos se hundían varios metros en el agua, eran blancos idóneos para los torpedos. Si los submarinos alemanes conseguían hundir un cierto número de aquellos gigantes de acero, podía soñarse con algo parecido a un equilibrio de fuerzas. Algunos éxitos iniciales, exagerados por la propaganda alemana, animaron a sostener esa idea. Durante una de las primeras patrullas de la guerra, el submarino U-9 hundió tres cruceros pesados británicos en menos de dos horas. Fue un gran golpe psicológico, aunque se trataba de tres buques anticuados, mal escoltados y tripulados por reservistas, no tres de los barcos más valorados por la Royal Navy. Pese al entusiasmo que la noticia despertó en el almirantazgo alemán, este tipo de hazañas rara vez iba a repetirse. La armada británica no era presa fácil. Solía refugiarse en Scapa Flow, fondeadero natural situado en el centro de un archipiélago circular en el norte de Escocia. Allí acostumbraba a reposar una buena representación de la Royal Navy; por trazar un paralelismo, era el Pearl Harbor de los británicos. Un submarino que pretendiese llegar al centro de Scapa Flow debía atravesar unos pasos de entrada bien vigilados y navegar por aguas casi superficiales que, con una media de treinta metros de profundidad, eran poco cómodas para un submarino que necesitase permanecer sumergido.

El intento de penetrar en Scapa Flow demostró ser, al menos en la I Guerra Mundial, una causa perdida. Al poco de empezar el conflicto, el Unterseeboot U-18 entró en el archipiélago de manera muy astuta, siguiendo muy de cerca a un buque para ocultarse bajo su estela. Una vez en el fondeadero, sin embargo, resultó que el grueso de la Royal Navy se había marchado y solo quedaban algunos barcos ligeros como destructores, que no eran buenas presas para el submarino y constituían un rival temible en la distancia corta. Sin acorazados ni cruceros a la vista, el U-18 se dispuso a salir de Scapa Flow, pero la pequeña estela de su periscopio fue vista por los tripulantes de un pesquero de arrastre, que efectuó un súbito viraje para dirigirse de frente hacia el U-boot y embestirlo. Un submarino sumergido justo bajo la superficie, en la llamada «profundidad de periscopio», era muy vulnerable a las embestidas. Como consecuencia del impacto, el sistema de buceo se averió y el el U-18 empezó a caer, llegando su casco a tocar el fondo de la bahía. Aunque el sistema pudo ser reparado en parte y el capitán del submarino consiguió remontar, para entonces ya había acudido a toda velocidad un destructor que lo embistió por segunda vez. Con varias vías de agua en el casco y con el periscopio destruido, al U-18 no le quedó otro remedio que emerger para rendirse. Sus tripulantes fueron hechos prisioneros, pero al menos se salvaron, excepto uno que murió durante las embestidas. Esto dejó la impresión de que el principal fondeadero británico era inatacable y los alemanes no volverían a pretender colarse en Scapa Flow hasta el final de la guerra, cuando otro submarino lo intentó a la desesperada y se topó con una mina; en ese caso, ninguno de sus tripulantes sobrevivió. La idea de atacar un puerto para sorprender a la Royal Navy era tentadora sobre el papel, pero demasiado arriesgada en la realidad.

La intentona del U-18 también puso de manifiesto cuál iba a ser uno de los principales enemigos del submarino: el destructor. Era un tipo de buque diseñado como escolta para los grandes buques de guerra. A mediados del siglo XIX, los grandes buques como acorazados y cruceros pesados, con sus potentísimos cañones de muy largo alcance, habían parecido invulnerables ante los barcos pequeños. Pero también eran lentos y poco maniobrables, y demostraron ser muy vulnerables a un nuevo invento: el torpedo. La aparición de los barcos torpederos, rápidos y ligeros, que con suerte solo necesitaban un acierto para inutilizar un gran buque, forzaba a encontrar una solución. Fue otro español —nada raro dada la tradición marítima acumulada durante siglos—, Fernando Villaamil, quien propuso el diseño de un barco que fuese tan rápido y ligero como los torpederos, pero armado con superior artillería para poder eliminarlos antes de que se acercasen a los grandes buques. El propio Villaamil bautizó aquel nuevo tipo de barco como destructor, esto es, «destructor de torpederos».

El destructor consiguió que el barco torpedero quedase obsoleto salvo como patrulla defensiva en puertos, canales y otras puntos estratégicos. Cuando la lógica dictó que el buque ideal para usar torpedos contra barcos grandes era el submarino, el «destructor de torpederos» fue modificado para convertirse en «destructor de submarinos». Al empezar la I Guerra Mundial, un destructor era más rápido y maniobrable que cualquier submarino, sobre todo cuando este se encontraba bajo el agua. Y sobre el agua el destructor tenía además tenía más potencia artillera, con varios cañones frente al único cañón del submarino. Además, el casco poco profundo del destructor lo hacía un blanco difícil para los torpedos. El destructor era, pues, un escolta formidable. Además, los destructores y otros barcos ligeros como las corbetas ya disponían de cargas de profundidad, aunque no eran muy eficientes y el que lograsen hundir un submarino era casi más cuestión de suerte que de habilidad; aun así, eran un motivo más para que un Unterseeboot temiese a los destructores.

El principal problema con el que se encontraba el destructor era el mismo que tenían otros buques: no era fácil encontrar un submarino, salvo que este se acercase por voluntad propia a una presa vigilada y se expusiera a que su silueta sumergida o su periscopio fuesen vistos. Los hidrófonos, aparatos para escuchar bajo el agua, obligaban a que el barco poseedor estuviese quieto o navegase a muy poca velocidad, pues el ruido del propio motor podía ahogar lo que se pretendía localizar, el rumor de la hélice del submarino. El hidrófono era útil en la defensa de los puertos, pero no podía esperarse mucho de él en alta mar. Eso sí, una vez el submarino atacaba y era localizado por los destructores de escolta, las cosas se ponían muy difíciles para el que iba por debajo del agua, que avanzaba despacio, maniobraba con dificultad y tenía una información casi nula sobre lo que sucedía a su alrededor.

La campaña de torpedeo contra la Royal Navy empezó a ser abandonada porque resultó tener muchos inconvenientes. Los grandes barcos de guerra británicos se resguardaban en puertos vigilados por destructores, corbetas y otros buques ligeros; incluso cuando salían a navegar estaban acompañados por una nutrida escolta. Además, tampoco para los submarinos era fácil encontrar una flota en alta mar. Los submarinos alemanes, con su menor velocidad, no podían aspirar a perseguir a una flota militar de superficie. Necesitaban deducir de antemano el lugar por el que iban a pasar los buques de guerra enemigos, pero los británicos utilizaban tácticas que despistaban a los alemanes, como navegar en trayectorias quebradizas. Si un submarino, avión o buque alemán veía una flota británica y daba aviso sobre su velocidad y trayectoria, este aviso casi siempre resultaría ser inútil porque la flota habría cambiado provisionalmente de dirección.

Los alemanes, viendo que buscar la Royal Navy era como buscar una aguja en un pajar, decidieron usar un «imán» para que fuese la aguja quien acudiese a ellos por propia voluntad. Tendieron varias trampas en las que usaban la Kaiserliche Marine como reclamo. Mientras, los submarinos esperaban formando una línea, ocultos bajo el agua y dispuestos a torpedear a los británicos por sorpresa. Pero las trampas no funcionaban. Excepto la última, que, de manera rocambolesca, sorprendió a ambos bandos por igual. Los británicos aparecieron por fin, pero el encuentro entre las dos flotas se produjo, de manera fortuita, bastante lejos de donde esperaban los Unterseeboote. De ese modo, se desencadenó la mayor batalla naval de toda la I Guerra Mundial, la batalla de Jutlandia, en la que se enfrentaron ciento cincuenta y un buques británicos contra noventa y nueve buques alemanes… pero sin la intervención de los submarinos. La batalla, para la que ninguna de ambas flotas estaba lista, empezó mal para los británicos, sorprendidos al toparse con la Kaiserliche Marine en un lugar distinto al previsto. La Royal Navy perdió catorce buques, aunque pronto se repuso e hizo valer su mayor potencia de fuego. Aunque la Kaiserliche Marine no perdió más de once buques, fue obligada a huir, mientras los submarinos aguardaban inútilmente lejos de allí. Nunca habría ocasión de tender una trampa parecida, porque los británicos ya no volverían a dejarse engañar.

La propaganda alemana presentó la batalla de Jutlandia como una victoria, señalando que los británicos habían perdido el doble de tonelaje y habían sufrido el doble de bajas. En realidad, usando términos deportivos, podríamos decir que fue un combate nulo. Es más, la huida de los alemanes terminaría siendo una victoria estratégica para los británicos. El daño sufrido por la Royal Navy fue, en términos relativos, mínimo. Su poder no había quedado menoscabado. La Kaiserliche Marine había evitado su propia destrucción in extremis; de no haber huido, hubiese sido diezmada. En ese sentido, la armada alemana salió bien parada. Sin embargo, ya no le quedaban ases en la manga. Una vez más, tenía que quedarse en sus bases, contemplando con impotencia cómo los británicos seguían con su bloqueo.

La Royal Navy era invencible y los Unterseebote no iban a servir para cambiar ese hecho. Una vez entendido esto, Alemania decidió volcar sus Unterseebote sobre la marina mercante británica. Como veremos, iban a conseguir un efecto mucho más demoledor sobre el enemigo que torpedeando cualquier acorazado. Los británicos contemplarían cómo miles de toneladas de acero y preciosas mercancías terminaban en el fondo marino. Algunos almirantes alemanes vaticinaron que, si sus submarinos seguían en la misma línea de éxitos, el Reino Unido se retiraría de la guerra en seis meses, y los números respaldaban esa opinión. Así, el destino de los submarinos alemanes iba a ser no el penetrar en Scapa Flow, ni el tender trampas inútiles a la Royal Navy, sino el acosar el comercio naval hasta llevar a Londres al borde del K.O. Eso sí, había un elevado precio que pagar.

(Continúa aquí)

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7 Comentarios

  1. Aunque no es el tema del artículo mencionar que el primer submarino en España fue obra de Cosme García Sáez (1818 – 1874), tanto a nivel de patente como de pruebas oficiales. Si bien es cierto que la historia la escriben los vencedores (o los de marketing) y este inventor no fue capaz de vender este proyecto. Con otros inventos sí que tuvo más fortuna…

    La vida de Cosme García daría para un artículo particular.

  2. Estuve en las Orkney hace años, y Scapa Flow me pareció un puerto natural inmejorable, capaz de guardar una flota tan grande como quieras, y con unas entradas estrechas y fáciles de defender. No me extrañó nada que la marina británica lo hubiera utilizado en las dos guerras mundiales.

    Espero ansioso la segunda parte del artículo…

  3. Hay una errata al final del artículo:
    Así, el destino de los submarinos británicos iba a ser no el penetrar en Scapa Flow, ni el tender trampas inútiles a la Royal Navy, sino el acosar el comercio naval hasta llevar a Londres al borde del K.O.

    Donde pone británicos tendría que poner alemanes.

  4. Hay un error en el último párrafo: «Así, el destino de los submarinos británicos»… Serían alemanes.

  5. […] U-boote, los lobos de acero (I): «Tal era el peligro de los Unterseeboote que el Reino Unido pudo sobreponerse por dos veces a ellos porque Alemania repitió en ambas guerras el mismo error: tardaron demasiado en emplear su flota subacuática de la manera correcta y con la magnitud requerida. Esto permitió que los británicos y sus aliados desarrollasen nuevas tácticas y tecnologías que por dos veces terminaron haciendo obsoleta la guerra submarina alemana.» […]

  6. […] El submarino, pese a todo, fue una de las más temibles armas con las que contó Alemania en las dos guerras. Las principales potencias poseen sus propias flotillas, pero ninguna otra la usó con tanta eficacia e intensidad como Alemania, debido a una combinación entre la necesidad y la oportunidad. El principal enemigo de Alemania, el Reino Unido, era un país insular cuya supervivencia dependía del comercio marítimo. Materias primas para la industria, combustible para el esfuerzo bélico y alimentos para la población británica llega a los puertos en las bodegas de barcos mercantes que pueden ser hundidos con facilidad durante su trayecto. El Reino Unido se vio en serios aprietos cuando los alemanes decidieron centrar su flota subacuática en la intercepción del comercio naval. Los líderes británicos aprendieron a temer alUnterseboot (término alemán para «barco submarino»), al referirse a la contracción «U-boat», prestada del equivalente alemán «U-boot». Los británicos solo llamaban submarines a los propios. Los submarinos de Alemania merecen su propio nombre, como los siniestros monstruos marinos que eran.Hoy, con la perspectiva del tiempo, nos parece obvio cuál era la utilidad del submarino como depredador de mercantes, pero cuando estallaron con guerras, los alemanes empezaron a usar su Unterseboote de manera dubitativa. Tanto en 1914 como en 1939, el alto mando alemán tenía una comprensión incompleta del potencial de este tipo de buque. Después, sobre la marcha, los hechos iban demostrando que era la única arma disponible que de verdad podría causar un daño determinante a los británicos. Una vez los altos mandos alemanes entendieron esto, convirtieron el submarino en esa amenaza pavorosa de la que Winston Churchill hablaba con asombro, en una de esas ocasiones donde su tendencia tendencia a la exageración estaba bien justificada.Tal vez el peligro de los Unterseeboote  que el Reino Unido pudo sobreponerse por dos veces a ellos porque Alemania repitió en ambas guerras el mismo error: tardaron demasiado en usar su flota subacuática de la manera correcta y con la magnitud requerida. Esto implica que los británicos y sus aliados desarrollen nuevas tácticas y tecnologías que por dos veces terminaron haciendo obsoleta la guerra submarina alemana. Eso sí, aunque nunca es sensato jugar con hechos históricos alternativos que no tienen éxito nada por sí mismos puesto que nunca ocurrieron, es razonable pensar que, en otras circunstancias y si los líderes alemanes hubiesen escuchado desde el principio a algunos de sus más visionarios almirantes, los Unterseebote hubiesen obtenido, por sí solos, que las guerras mundiales se hubiesen desarrollado de manera muy distinta.Los «no tan submarinos»Tripulación de un sumergible alemán clase UC-1 en cubierta.  Los sumergibles de esta clase fueron empleados principalmente en tareas de minado específicamente hasta las doce minas.  Los submarinos alemanes hundieron 1.845.000 toneladas de gases aliados y neutrales entre febrero y abril de 1917. Foto: IWMCollectionsTripulación de un sumergible alemán clase UC-1 en cubierta. Los sumergibles de esta clase fueron empleados principalmente en tareas de minado específicamente hasta las doce minas. Los submarinos alemanes hundieron 1.845.000 toneladas de gases aliados y neutrales entre febrero y abril de 1917. Foto: IWMCollectionsLas hazañas de los Unterseboote demostraron poseer una inesperada fuerza propagandística; los gobiernos alemanes se convirtieron en las tripulaciones en héroes y símbolos nacionales. Cuando estaban en tierra, aquellos hombres recibían un trato especial que estaba vedado a muchos otros soldados. En el mar, sin embargo, un submarino no era un lugar cómodo para vivir y ofrecía mucho peores condiciones que cualquier otro tipo de buque. Cada Untersebootalbergaba entre veinte y setenta tripulantes, identificó el modelo concreto porque había identificado para diversos tipos de misiones. Algunos submarinos eran pequeños, tenían poca autonomía y pocos torpedos (o ninguno), por lo que realizaban patrullas costeras de poca duración o tareas que no implican combate directo, como desplegar minas acuáticas. Otros modelos sí gozaban de gran autonomía y realizaban patrullas que tenían autonomía prolongada durante semanas o meses; en esos casos, las condiciones de vida a bordo se volvían peores conforme transcurría el tiempo.Empezando por la higiene; cada sumergible disponía de un único retrete que era compartido por toda la tripulación. A veces había dos retretes, pero, dado que el espacio siempre era un recurso a maximizar, uno de ellos era usado como almacén al principio de la patrulla, por lo que tardaba un tiempo en estar disponible para ofrecer su función primaria. Por lo demás, los tripulantes no pueden ducharse, ni afeitarse, ni apenas cambiarse de ropa. Dormían por turnos usando los mismos camastros malolientes. El ambiente, como es de suponer, estaba muy cargado y era uno de los varios motivos por los que no podía fumar en los hábitos, había que pedir permiso y salir a la cubierta para encender un cigarrillo. Aunque con frecuencia era preferible permanecer dentro del claustrofóbico buque; cuando navegaba por la superficie —lo cual era casi todo el tiempo—, se requería la presencia de varios hombres en cubierta para que vigilasen el horizonte. A través de sus prismáticos intenta localizar cualquier rastro de un posible enemigo: la silueta de un barco, el humo de su chimenea, o la aparición de aviones en el cielo. Esta tarea al aire libre se tornaba una pesadilla si el clima era malo y tenía que soportar frío, viento y humedad. En cuentos épocas la vigilancia era detestada por los tripulantes, que encontraban preferible las poco higiénicas, pero más cálidas, condiciones del interior. o la aparición de aviones en el cielo. Esta tarea al aire libre se tornaba una pesadilla si el clima era malo y tenía que soportar frío, viento y humedad. En cuentos épocas la vigilancia era detestada por los tripulantes, que encontraban preferible las poco higiénicas, pero más cálidas, condiciones del interior. o la aparición de aviones en el cielo. Esta tarea al aire libre se tornaba una pesadilla si el clima era malo y tenía que soportar frío, viento y humedad. En cuentos épocas la vigilancia era detestada por los tripulantes, que encontraban preferible las poco higiénicas, pero más cálidas, condiciones del interior.Navegar por la superficie era tan habitual en aquellos submarinos que quizás deberíamos llamarlos «barcos sumergibles». Los submarinos actuales sí pueden pasar mucho tiempo sumergidos y por eso son específicos con un casco redondeado más para bucear, pero en las guerras mundiales no era posible la inmersión prolongada. Varias circunstancias lo impedían. El aire respirable podría ser renovado saliendo a la superficie y su progresivo enrarecimiento podría conducir a los tripulantes al desmayo primero y el fallecimiento después. Este quizás sea el motivo más intuitivo en que pueda pensar, pero, si bien la falta de oxígeno respirable constituía un serio peligro, solo se producía en circunstancias muy extremas. Por ejemplo, cuando se había producido un daño en los sistemas que controlaban la profundidad. O cuando el submarino no podría volver a la superficie porque el enemigo estaba acostado, en cuyo caso la opción más sensaciones para el submarino era la salida de la superficie y rendirse; la mayor parte de los capitanes prefieren emerger a agotar el oxígeno. El problema, claro, es que no siempre tendrá que elegir y muchas veces era el enemigo que decidía si el submarino iba a sobrevivir o no. Pero esto, cabe insistir, eran situaciones extremas y puntuales.El principal motivo por el que los submarinos no podrían prolongar demasiado el período de inmersión era su sistema de propulsión: el motor diésel. Tratándose de un motor de combustión, necesitamos un suministro constante de aire. El diésel no funcionaba bajo el agua. Para navegar sumergido, el submarino podrá usar un motor eléctrico alternativo nuestras baterías se agotaban en poco tiempo, sobre todo cuando el sistema era forzado en situaciones de persecución o huida. Para recargar las baterías había que salir a la superficie y volver a encender el motor diésel (como un automóvil que, al encender el motor diésel, recarga su propia batería). Así pues, la navegación superficial era la que se empleaba por defecto y basta ver el casco de aquellos submarinos, afilado como el de cualquier otro código de barras, para comprenderlo. Los capitanes solo optaban por la inmersión en situaciones escogidas como vigilar y atacar por sorpresa, o como huir del enemigo. Es más, incluso era frecuente que los submarinos atacaran desde la propia superficie cuando encontraban un mercante desarmado y sin escolta, ante el que no necesitaban ocultarse. También cuando era noche cerrada o las condiciones meteorológicas disminuían la visibilidad.Hubo intentos de que el motor diésel funcionase bajo el agua para conseguir períodos de inmersión más prolongados, pero tuvieron un éxito limitado. El snorkel , por ejemplo, era un tubo que aspiraba aire de la superficie y lo conducía al motor diésel. Aunque lo de «tubo» es una definición simplificada, porque era una pieza compleja y difícil de diseñar. Tanto era así, que los alemanes no descubrieron hasta 1940, cuando invadió Holanda y requirió un par de sumergibles que llevaban el snorkel instalado. Las esperanzas en que aquel descubrimiento cambiase la guerra submarina se vieron frustradas cuando descubrieron también que el snorkelpodría presentar serios inconvenientes en la práctica. El tubo contenía un sistema de válvulas destinado a evitar que el agua de la superficie entrase en el motor mezclada con el aire aspirado, pero las válvulas, a veces, podría generar un efecto repetitivo de vacío que cambiaba de golpe la presión atmosférica en el interior del submarino Eso, además de apagar el motor, provocaba reacciones muy dolorosas en los oídos de los tripulantes (y, en los peores casos, incluso la rotura de sus tímpanos). Otro inconveniente del snorkelera que obligaba a navegar cerca de la superficie, donde la silueta del submarino, sobre todo el día y con el mar en calma, podría ser localizado por los aviones. Para colmo, también obligaba a navegar con mayor lentitud. Ya de por sí, el submarino era mucho más lento bajo el agua que sobre ella, pero el snorkelobligaba a ir todavía más desesperado debido a la posibilidad de que la tensión mecánica lo rompiese y el agua empezase a entrar en el motor. A estos problemas se sumaba la dudosa conveniencia del diésel cuando el submarino tenía que pasar desapercibido. El motor diésel produce humo (el que exhalaban las chimeneas, como hemos visto, era uno de los principales delatores visuales de la posición de un código de barras en la distancia). También el submarino que usa el diésel bajo el agua produce un rastro de humo que asciende hasta la superficie y se hace visible su posición para cualquier buque cercano. Además, el motor de combustión genera más ruido que el eléctrico, algo que también hizo al submarino más fácil de localizar. Puesto que el principal objetivo de permanecer sumergido era el sigilo ante la presencia de enemigos cercanos,snorkel , y de paso los capitanes evitaban los fastidiosos inconvenientes del invento.Volviendo a la vida a bordo, los alemanes optan por la máxima eficiencia en el diseño de sus submarinos, incluyendo el uso del espacio interior porque, cuanto más esbelto el submarino, más difícil de detectar. Eso significa la tripulación requerida renunciar a las pequeñas comodidades que sí se daban en las flotillas de otras naciones. Los sumergibles italianos, por ejemplo, eran más confortables para la tripulación, pero menos temibles como arma. En los UnterseebooteLos hombres llevaban un equipaje personal muy reducido. Eso sí, aunque la alimentación era controlada de manera estricta para conservar las reservas, el menú no solía ser un problema. Había muchas cosas que los marineros debían temer, pero el hambre no era una de ellas. Durante la parte inicial de la patrulla había carne fresca, frutas y verduras, cuya conservación era prolongada mediante un pequeño refrigerador. Cuando la comida fresca se terminaba, quedaban alimentos más duraderos como salchichas, embutidos o latas de conservas. También había café, mermelada, chocolate, etc. Con suerte, tal vez daba la posibilidad de comerciar con civiles (pescadores, por ejemplo) y requería la comida de un barco enemigo. Pero, al menos en circunstancias normales, la desesperación era más que suficiente para la duración prevista de cualquier patrulla.Milchkuh («vacas lecheras»), que se encargaban de encontrarse con el Uboot en algún punto del océano para reponer combustibles, torpedos, suministros y alimentos, y hasta para repartir el correo.El ánimo a bordo de un submarino, como en otros escenarios bélicos, solía estar marcado por largos periodos de tiempo interrumpido por periodos más breves de tensión durante el acecho y el torpedeo de los enemigos, y de puro terror cuando el submarino era atacado y existe la posibilidad de que empezase a caer hacia el fondo marino. Si un Ubootse hundía, todos sus tripulantes iban a morir. Era casi imposible escapar de un submarino que se hundía, debido a la presión exterior del agua, que inmovilizaba las trampillas. Algunos submarinos llevaban cápsulas de escape, pero solían ser inútiles por razones parecidas, hasta el punto de que se terminaba optando por usarlas como almacén extra. Aquellos tripulantes eran tratados como héroes por cuestiones propagandísticas, también se ganaron un prestigio particular cuando la población entendió que un submarino pocas veces volcó a la superficie después de sufrir un ataque o una avería grave. Los propios tripulantes de los Untersebooteno se involucra con respecto a los peligros de su tarea. Es verdad que algunos de los capitanes más experimentados y hábiles consiguieron sobrevivir a un buen número de patrullas, incluso hasta obtener el fin de la guerra en la que sirvieron, pero, en general, la estadística no perdonaba. Muchos de los «ases» más afamados, así como tres de cada cuatro hombres enrolados en un submarino alemán, terminaron sus días en el fondo del mar.El surgimiento del submarino como arma decisivaLa idea de construir un buque sumergible es antigua; en el siglo XVI ya se mencionaba, aunque de forma incierta, su existencia. El primero de cuya construcción tiene constancia de datos del XVII y estaba impulsado mediante remos. Como curiosidad, el primer submarino con motor de combustión, llamado Ictíneo II , fue construido en España en 1864. También aquí se produjo el primero con propulsión eléctrica, el Peral, diseñado por Isaac Peral, que se adelantó por semanas en la carrera tecnológica particular que mantenía con dos competidores extranjeros. En cualquier caso, la utilidad militar de aquellos submarinos primitivos era limitada. En la guerra civil estadounidense, por ejemplo, hubo alguien capaz de hundir un barco enemigo, pero los submarinos militares más efectivos y los más parecidos a la imagen que tenemos en mente no empezar a fabricar hasta principios del siglo XX.Antes de 1914, la guerra submarina fue poco más que una sucesión de escaramuzas, conflictos y escasa relevancia en el resultado final de diversos conflictos. Cuando estalló la I Guerra Mundial, las flotas de las grandes potencias disponían de submarinos, pero ningún almirantazgo del planeta comprendía su potencial. No es que esos almirantes fuesen estúpidos; sino que la teoría estaba en pañales. Por más que el concepto de sumergible militar llevase tiempo circulando, los modelos punteros eran algo muy nuevo. Al principio de la I Guerra Mundial, el Reino Unido poseía setenta y cuatro submarinos operativos, pero no tengo una idea concreta de cómo sacarles el máximo partido. Alemania solo tenía veinte submarinos y continuaba viéndolos con la misma perspectiva que a finales del XIX, esto es, como armas contra lo que tienen guerra de enemigos. El gran problema que se enfrentaba a la Kaiserliche Marine («Armada del Káiser») era su patente inferioridad con respecto a la Royal Navy británica. Pese a la alta estima que el káiserGuillermo II profesaba a su flota, esta era impotente frente a la poderosísima flota británica. Por resumir la cuestión en pocas palabras, la Kaiserliche Marine pasó casi toda la I Guerra Mundial acorralada en sus propias bases mientras los británicos imponían un exitoso bloqueo naval que hizo sufrir mucho al comercio marítimo alemán. La Kaiserliche Marine, incapaz de hacer algo efectivo frente al bloqueo, evitaba en lo posible un enfrentamiento directo que tenía muchas papeletas de terminar en desastre. La flota británica era consideraba invencible. Y con justicia.Los submarinos alemanes, por supuesto, sí tienen la capacidad de traspasar las líneas del bloqueo. En 1914, los medios de detección electrónicos y acústicos todavía no estaban bien desarrollados (o, en algunos casos, no existían en absoluto), así que era un submarino era muy difícil de localizar incluso cuando navegaba por la superficie. El principal y casi el único medio para detectarlo era el contacto visual, pero no era fácil dado la escala de altura de su casco y la menor cantidad de humo que exhalaban sus motores. Las vigías de cualquier submarino descubrieron en el horizonte a cualquier código de barras enemigo antes de que se encuentren noticia. Los aeroplanos lo detectan un poco más fácil para detectar la silueta de un submarino, pero carecían de armamento adecuado para atacarlo así que los pilotos de avión solo limitadamente a dar aviso a los barcos de guerra cercanos. Y esos barcos de guerra, por supuesto, ya no encontraban ningún rastro del submarino en cuanto llegaron a la zona.La preocupación por la fuerza inigualable de la Royal Navy hizo que el alto mando alemán depositase sus esperanzas en el sigilo de los submarinos como manera de torpedear los documentos de guerra británicos, en especial los más grandes, lentos y poco maniobrables, que eran también los más peligrosos en la batalla naval. Acorazados y cruceros blindados, cuyos voluminosos cascos se hundían a varios metros en el agua, eran blancos idóneos para los torpedos. Si los submarinos alemanes pudiéramos hundir un cierto número de esos gigantes de acero, podríamos soñarse con algo parecido a un equilibrio de fuerzas. Algunos éxitos iniciales, exagerados por la propaganda alemana, animaron a mantener esa idea. Durante una de las primeras patrullas de la guerra, el submarino U-9 hundió tres cruceros pesados ​​británicos en menos de dos horas. Fue un gran golpe psicológico, aunque se controlaron los tres anticuados, mal escoltados y tripulados por reservistas, no tres de los barcos más valorados por la Royal Navy. Pese al entusiasmo que la noticia despertó en el almirantazgo alemán, este tipo de hazañas rara vez iba a repetirse. La armada británica no era presa fácil. Solía ​​refugiarse en Scapa Flow, fondeadero natural situado en el centro de un archipiélago circular en el norte de Escocia. Allí habitraba a reposar una buena representación de la Royal Navy; por trazar un paralelismo, era el Pearl Harbor de los británicos. Un submarino que pretende llegar al centro de Scapa Flow requiere atravesar unos pasos de entrada bien vigilados y navegar por aguas casi superficiales que, con una media de treinta metros de profundidad,El intento de penetrar en Scapa Flow demostró ser, al menos en la I Guerra Mundial, una causa perdida. Al poco de comenzar el conflicto, el Unterseeboot U-18 entró en el archipiélago de manera muy astuta, siguiendo muy cerca de un buque para ocultarse bajo su estela. Una vez en el fondeadero, sin embargo, resultó que el grueso de la Royal Navy se había marchado y solo quedaban algunos barcos ligeros como destructores, que no eran buenas presas para el submarino y constituían un rival temible en la distancia corta. Sin acorazados ni cruceros a la vista, el U-18 se dispuso a salir de Scapa Flow, pero la pequeña estela de su periscopio fue vista por los tripulantes de un pesquero de arrastre, que efectuó un súbito viraje para dirigirse de frente hacia el U -botay embestirlo. Un submarino sumergido justo bajo la superficie, en la llamada «profundidad de periscopio», era muy vulnerable a las embestidas. Como consecuencia del impacto, el sistema de buceo se averió y el U-18 comenzó a caer, llegando a su casco al tocar el fondo de la bahía. Aunque el sistema pudo ser reparado en parte y el capitán del submarino pudo remontar, para entonces ya había acudido a toda velocidad un destructor que lo embistió por segunda vez. Con varias vías de agua en el casco y con el periscopio destruido, al U-18 no le queda otro remedio que emerge para rendirse. Sus tripulantes fueron hechos prisioneros, pero al menos se salvaron, excepto uno que murió durante las embestidas. Esto dejó la impresión de que el principal fondeadero británico era inatacable y los alemanes no volverían a pretender colarse en Scapa Flow hasta el final de la guerra, cuando otro submarino lo intentó a la desesperada y se topó con una mina; en ese caso, ninguno de sus tripulantes sobrevivió. La idea de atacar un puerto para sorrender a la Royal Navy era tentadora sobre el papel, pero demasiado arriesgada en la realidad.La intención del U-18 también puso de manifiesto podría ser uno de los principales enemigos del submarino: el destructor. Era un tipo de buque diseñado como escolta para los grandes documentos de guerra. A mediados del siglo XIX, los grandes puertos como acorazados y cruceros pesados, con sus potentes cañones de muy largo alcance, parecían invulnerables ante los barcos pequeños. Pero también eran lentos y poco maniobrables, y demostraron ser muy vulnerables a un nuevo invento: el torpedo. La aparición de los barcos torpederos, rápidos y ligeros, que con suerte solo necesita un acierto para inutilizar un gran buque, forzar a encontrar una solución. Fue otro español —nada rara dada la tradición marítima acumulada durante siglos—, Fernando Villaamil, quien propuso el diseño de un código de barras que podría ser tan rápido y ligero como los torpederos, pero armado con artillería superior para poder eliminarlos antes de que se acerque a los grandes afectados. El propio Villaamil bautizó aquel nuevo tipo de código de barras como destructor , esto es, «destructor de torpederos».El destructor clasificado que el código de barras torpedero quedase obsoleto salvo como patrulla defensiva en puertos, canales y otros puntos estratégicos. Cuando la lógica dictó el buque ideal para usar torpedos contra barcos grandes era el submarino, el «destructor de torpederos» fue modificado para convertirse en «destructor de submarinos». Al empezar la I Guerra Mundial, un destructor era más rápido y maniobrable que cualquier submarino, sobre todo cuando este se encuentra bajo el agua. Y sobre el agua el destructor tenía además tenía más potencia artillera, con varios cañones frente al único cañón del submarino. Además, el casco poco profundo del destructor lo hizo un blanco difícil para los torpedos. El destructor era, pues, un escolta formidable. Además, los destructores y otros barcos ligeros como las corbetas y las cargas de profundidad disponibles, aunque no eran muy eficientes y el que logra hundir una era submarina casi más cuestión de suerte que de habilidad; aun así, eran un motivo más para que unUnterseeboot temiese a los destructores.El problema principal con el que se perdió el destructor era el mismo que los otros afectados: no era fácil encontrar un submarino, salvo que este se acercase por voluntad propia a una presa vigilada y se expusiera a su silueta sumergida o su periscopio fuesen vistos . Los hidrófonos, aparatos para escuchar bajo el agua, obligaban a que el código de barras poseedor estuviese silencioso o navegase a muy poca velocidad, pues el ruido del propio motor podría ahogar lo que se pretendía localizar, el rumor de la hélice del submarino. El hidrófono era útil en la defensa de los puertos, pero no podía esperar mucho de él en alta mar. Eso sí, una vez el submarino atacaba y era localizado por los destructores de escolta, las cosas se ponían muy difíciles para el que iba por debajo del agua, que avanza la desesperación,La campaña de torpedeo contra la Royal Navy comenzó a ser abandonada porque resultó tener muchos inconvenientes. Los grandes barcos de guerra británicos se resguardaban en puertos vigilados por destructores, corbetas y otros puertos ligeros; incluso cuando salían a navegar estaban acompañados por una nutrida escolta. Además, tampoco para los submarinos era fácil encontrar una flota en alta mar. Los submarinos alemanes, con su menor velocidad, no aspiran a perseguir a una flota militar de superficie. Necesitaban deducir de antemano el lugar por el que iban a pasar los contenedores de guerra enemigos, pero los británicos utilizan tácticas tácticas que despistaban a los alemanes, como navegar en trayectorias quebradizas. Si un submarino, avión o buque alemán maniobra una flota británica y dio aviso sobre su velocidad y trayectoria,Los alemanes, viendo cómo buscar la era de la Royal Navy como buscar una aguja en un pajar, decidieron usar un “imán” para buscar la aguja que acudieron a ellos por propia voluntad. Tendieron varias trampas en las que usaban la Kaiserliche Marine como reclamo. Mientras, los submarinos esperanban formando una línea, ocultos bajo el agua y ubicados a torpedear a los británicos por sorpresa. Pero las trampas no funcionaban. Excepto la última, que, de manera rocambolesca, sorprendió a ambos bandos por igual. Los británicos aparecieron por fin, pero el encuentro entre las dos flotas se produjeron, de manera fortuita, bastante lejos de donde esperaban los Unterseeboote. De ese modo, se desencadenó la mayor batalla naval de toda la I Guerra Mundial, la batalla de Jutlandia, en la se enfrentaron ciento cincuenta y un británicos contra noventa y nueve contenedores alemanes … pero sin la intervención de los submarinos. La batalla, para la que ninguna de las flotas estaba lista, comenzó mal para los británicos, sorprendidos al toparse con la Kaiserliche Marine en un lugar distinto al previsto. La Royal Navy perdió catorce, aunque pronto se repuso e hizo valer su mayor potencia de fuego. Aunque la Kaiserliche Marine no perdió más de una vez, fue obligado a huir, mientras que los submarinos aguardaban inútilmente lejos de allí. Nunca perdió ocasión de licitar una trampa parecida, porque los británicos ya no volverían a dejarse engañar.La propaganda alemana apareció la batalla de Jutlandia como una victoria, señalando que los británicos habían perdido el doble de tono y habían sufrido el doble de bajas. En realidad, usando términos deportivos, podríamos decir que fue un combate nulo. Es más, la huida de los alemanes terminaría siendo una victoria estratégica para los británicos. El daño sufrido por la Royal Navy fue, en términos relacionados, mínimo. Su poder no había perdido menoscabado. La Kaiserliche Marine había evitado su propia destrucción in extremis ; de no haber huido, haber sido diezmada. En ese sentido, la armada alemana salió bien parada. Sin embargo, ya no le quedaban ases en la manga. Una vez más, tenía que quedarse en sus bases, contemplando con impotencia cómo los británicos seguían con su bloqueo.La Royal Navy era invencible y los Unterseebote no iban a servir para cambiar ese hecho. Una vez entendido esto, Alemania consideró volcar sus Unterseebotesobre la marina mercante británica. Como veremos, iban a conseguir un efecto mucho más demoledor sobre el enemigo que torpedeando cualquier acorazado. Los británicos contemplan cómo millas de toneladas de acero y preciosas mercancías terminan en el fondo marino. Algunos almirantes alemanes vaticinaron que, si sus submarinos seguían en la misma línea de éxitos, el Reino Unido se retiraría de la guerra en seis meses, y los números respaldados por esa opinión. Así, el destino de los submarinos alemanes iba a ser no el penetrar en Scapa Flow, ni las tiernas trampas inútiles a la Royal Navy, sino el acosar el comercio naval hasta llevar a Londres al borde del KO Eso sí, había un precio elevado pagarLa gravedad de la situación demanda que nos liberemos de cualquier escrúpulo. (Friedrich von Ingenohl, almirante alemán, 1914).El ejemplo de América debe ser un ejemplo especial. Un ejemplo de paz no solo porque América no va a combatir, sino porque la paz es una influencia sanadora y fortalecedora para el mundo, y el conflicto no lo es. Hay veces en que un hombre tiene tanta razón que no necesita convencer a otros de que tiene razón. (Woodrow Wilson, presidente de los Estados Unidos, 1915).La política naval alemana es una política de sinsentido y destrucción indiscriminada. (Robert Lansing, vicesecretario de Estado del presidente Wilson, 1915).Alemania está acabada. (Theobald von Bethmann-Hollweg, canciller del Imperio alemán, tras conocer una decisión del Káiser sobre estrategia submarina que terminaría propiciando la entrada de los Estados Unidos en la I Guerra Mundial, 1917).Los tripulantes de cualquier buque de guerra contemplaban con horror el naufragio de sus homólogos en el otro bando. Podrían festejar el hundimiento de un buque enemigo, aunque fueron solos por el alivio de una victoria que garantizaba la propia supervivencia durante un día más, pero no eran monstruos; el contemplar a los enemigos debatiéndose en el agua servía como tétrico recordatorio de la muerte en el mar era algo terrible que podría sucederle a cualquier marino en cualquier momento.El submarino alemán U-9, como contábamos en la primera parte, obtuvo uno de los primeros éxitos navales de Alemania en la I Guerra Mundial cuando se hundieron tres cruceros de la Royal Navy en algo menos de dos horas. Un momento feliz para la propaganda bélica, pero no tanto para quienes tienen con sus propios ojos los efectos directos de esos hundimientos. El subcomandante del U-9, Johannes Spiess, estaba encargado de mirar a través del periscopio durante el ataque y anotaría sus impresiones sobre la escena dantesca de los marineros británicos «ahogándose, luchando por sus vidas entre los restos del código de barras, tratando de subirse a los botes salvavidas que estaban del revés». Spiess, abrumado por la congoja, se alejó del periscopio y lo justificó así en su diario: «No pude continuar mirando» (más tarde escribió un libro muy interesante titulado ¡Submarinos! ).Esta actitud venía de lejos. En la batalla de Trafalgar, por citar una de las más célebres de los siglos pasados, los barcos triunfantes auxiliaban a los enemigos con los que habían estado intercambiando cañonazos apenas minutos antes. Era una cuestión de empatía y respeto mutuo; cuando el código de barras enemigo había sido hundido o inutilizado, sus tripulantes y no eran un objetivo militar, camaradas de profesión y por lo tanto merecedores de ayuda. Durante la tormenta pavorosa que siguió a la batalla de Trafalgar, los barcos de un bando se convirtieron en equipos de rescate para los marineros del otro bando. En 1914, la modernización de los barcos de guerra había hecho más difícil el rescate de los marineros enemigos; a veces se los rescataba ya veces no, situaciones de las circunstancias de la batalla, pero los combatientes habían asumido que imperaban nuevas condiciones establecidas por nuevas tecnologías. Sin embargo, en lo tocante a la flota civil, continuaban aplicándose algunas de las antiguas normas. Los barcos mercantes eran un objetivo «legítimo» dentro de la guerra, pero no así las vidas de sus tripulantes, que no eran soldados ni tenían la oportunidad de defenderse. Antes de hundir un mercante, pues, había que permitir que la tripulación lo abandonara. Eso formaba parte de una serie de normas no escritas, pero respetadas con bastante amplitud entre las potencias combatientes, a las que se conocía como «reglas de la presa» o «reglas del crucero». Los barcos mercantes eran un objetivo «legítimo» dentro de la guerra, pero no así las vidas de sus tripulantes, que no eran soldados ni tenían la oportunidad de defenderse. Antes de hundir un mercante, pues, había que permitir que la tripulación lo abandonara. Eso formaba parte de una serie de normas no escritas, pero respetadas con bastante amplitud entre las potencias combatientes, a las que se conocía como «reglas de la presa» o «reglas del crucero». Los barcos mercantes eran un objetivo «legítimo» dentro de la guerra, pero no así las vidas de sus tripulantes, que no eran soldados ni tenían la oportunidad de defenderse. Antes de hundir un mercante, pues, había que permitir que la tripulación lo abandonara. Eso formaba parte de una serie de normas no escritas, pero respetadas con bastante amplitud entre las potencias combatientes, a las que se conocía como «reglas de la presa» o «reglas del crucero».Cuando los Unterseebootede la I Guerra Mundial localizaban un mercante enemigo desarmado y sin escolta, no se le acercaban sumergidos, sino sobre la superficie, dejándose ver bien. Así, ofrecía al mercante la oportunidad de rendirse antes de ser atacado. Tras la rendición —como es lógico, ningún buque indefenso declinaba la oferta— y si el comandante del submarino lo estimaba conveniente, el mercante era inspeccionado en busca de información o de cualquier carga útil, mientras se permite que sus tripulantes se suben a los botes salvavidas . En circunstancias extremas, cuando el estado del mar amenazaba la estabilidad de los botes o cuando había pocas dificultades de rescate, el propio submarino podría llevar a cabo a los marineros civiles en un lugar seguro. En cualquier caso, cuando el mercante ya no albergaba marineros a bordo, era torpedeado y hundido. Esto, por descontado,El fin de las reglas de la presaEl Reino Unido poseía un vasto imperio cuyo talón de Aquiles era la completa dependencia del transporte naval, aunque, antes de la I Guerra Mundial, nadie habría identificado esa dependencia como un punto débil. El comercio británico había parecido inatacable porque su flota de guerra no conocía rival y tenía una muy justificada fama de ser invencible. La carrera en pos de la velocidad de construcción de una poderosa flota alemana, impulsada con entusiasmo por el Káiser Guillermo II , había servido para que Alemania se erigiese en una gran potencia naval con respecto a casi todos los países del mundo … excepto al Reino Unido. La Kaiserliche Marine continuaba siendo impotente frente a la Royal Navy. Por supuesto, fueron los Unterseeboote los que amenazaron con voltear elstatu quo cuando se demostró que el comercio británico sí era vulnerable. Ni la colosal economía del Reino Unido ni el poder de su flota importarían demasiado en el caso de que los submarinos alemanes empezaran a interrumpir el transporte marítimo que facilita la llegada de los recursos desde el vasto imperio a su centro neurálgico.Las islas británicas necesitaban una constante transfusión de recursos. Importar dos tercios de los alimentos consumidos por su población, incluyendo un 80% del grano, un 60% de los lácteos y un 40% de la carne. El porcentaje alcanzaba un 100% de productos como el cacao, el café y el azúcar. También llegaban por vía naval materias primas indispensables para la maquinaria bélica y la industria, como el petróleo, el caucho y el algodón, además de la mayor parte de los metales requeridos por fábricas, astilleros y otros centros productivos. Para mantener vivo este suministro, el Reino Unido necesitará la seguridad en el despliegue de una flota mercante compuesta por millas de contenedores. Ni siquiera la Royal Navy, la mayor flota militar del mundo, podría proteger uno por uno los cargueros y petroleros que surcaban los mares a diario.Los protocolos de guerra aptos en tareas de vigilancia antisubmarina necesitaban ser ligeros, rápidos y maniobrables; aunque la Royal Navy disponía de varios cientos de barcos con esas características, los números de datos apenas afectaban la dificultad de la tarea de proteger el comercio naval. Muchos de Aquellos Buques ligeros, Como los torpederos, los patrulleros o los anticuados acorazados(barcos blindados en el siglo XIX que aún estaban en servicio), solo servían como vigías en los puertos o como guardacostas. Para luchar contra los submarinos lejos del litoral se requieren barcos de escolta con mayor autonomía; la Royal Navy dispone de trescientos entre destructores, cruceros ligeros y corbetas. Sin embargo, estos escoltas no acompañaban a la flota civil, sino que eran destinados a la protección de los contenedores de guerra voluminosos y vulnerables a los torpedos, como los acorazados, los cruceros pesados ​​y algunos primitivos portaviones. Los mercantes, pues, que apañárselas sin protección militar cuando se alejaban de los puertos. Para colmo, no tienen libertad total de movimiento porque necesitaban seguir rutas que iban y venían de los principales puertos comerciales. Los contenedores de guerra cambiaron sus trayectorias y refugios en muchos lugares distintos, pero los mercaderes debían llegar a grandes puertos y sus alternativas eran escasas. Esto permitió que los submarinos alemanes patrullaran las rutas comerciales más transitadas sabiendo que, tarde o temprano, aparecería en el horizonte la estela de humo exhalada por las chimeneas de un carguero o de un petrolero.La situación se agravó cuando, como contábamos en la primera parte, el almirantazgo alemán comprendió que el comercio era naval el objetivo ideal para su flotilla de Unterseeboote. Alemania comenzó a fabricar, ya poner en servicio con celeridad, una creciente flota submarina que ya no era malgastada en la vana tarea de perseguir a la Royal Navy, sino enviada a patrullar las rutas comerciales. Esto comenzó a afectar de manera muy sensible al comercio británico. Las pérdidas en barcos y cargamento aumentaban con tal rapidez que a finales de 1914 el gobierno de Londres ya temía su futuro bélico se pudiese convertir en una simple cuestión de números. Para entonces, todas las naciones combatientes habían entendido que la guerra no iba a terminar pronto y que podrían prolongar durante los años. Si llega el momento en que los submarinos alemanes conseguían hundir más barcos mercantes de los que podríamos ser fabricados en el Reino Unido, los recursos que llegaban por mar a las islas británicas empezarían a disminuir hasta el hipotético extremo de la industria nacional queda paralizada y la moral de los ciudadanos se viniese abajo por culpa de las restricciones en consumibles y el racionamiento de alimentos. La terrible posibilidad de un estrangulamiento marítimo no parecía muy alejada en el tiempo.El alto mando británico, alarmado por la amenaza submarina, autorizó el incumplimiento de las viejas reglas de la presa. Idearon los Q-buques («Barcos Q»), señuelos pensados ​​para atraer los submarinos alemanes y hundirlos en cuanto aparecieron. Había dos tipos de barcos Q; los del primer tipo eran mercantes modificados que tenían un cañón, dos, camuflado en cubierta; los del segundo tipo eran mercantes sin modificar que no modificaban el cañón, pero que iban escoltados por un submarino británico oculto. En ambos casos, la tripulación del código de barras Q estaba compuesta por soldados sin uniforme, pero armados. Así, cuando el submarino alemán se acercaba para exigir la rendición, era atacado por el cañón del barco Q o torpedeado por su escolta. Una treintena de Unterseebotecaerían como consecuencia de esta táctica. A esto se sumó otro incumplimiento del protocolo marítimo, pues el Reino Unido comenzó a transportar ciertas mercancías estratégicas en barcos de pasajeros, los cuales, según la convención, estaban exentos de ataques. El 31 de enero de 1915, para terminar de exasperar a los mandos alemanes, Londres autorizó que sus mercaderes pudiesen navegar bajo falsa bandera, fingiendo pertenecer a un país neutral y así evitando ser objeto de ataques. Todo esto agitó los ánimos en las altas esferas de Berlín.La guerra submarina ilimitadaLos incumplimientos británicos, con todo, escandalizaban a los militares alemanes, pero no a la opinión pública internacional que consideraba el uso de sumergibles una estrategia traicionera y cobarde. Esa visión despectiva era compartida por la mayor parte de los generales de los ejércitos de tierra y hasta por muchos almirantes de las flotas, incluidos varios de la Marina Kaiserliche. Los partidarios de que los submarinos abandonan las escrupulosas reglas de la presa constituían una minoría. El más notorio fue Friedrich von Ingenohl , almirante en la Hochseeflotte(«Flota de alta mar»), principal grupo de batalla de la Kaiserliche Marine. Sus ideas, pese a la importancia de su rango, no eran bien recibidas. Berlín se había negado a autorizar la transgresión de las reglas, pensando, sobre todo, en las consecuencias catastróficas consecuencias diplomáticas. Los Estados Unidos eran todavía neutrales; si bien ayudaban a los británicos mediante el comercio y la escuela de mercantes aliados en aguas norteamericanas, era bien sabido que el no intervencionismo era defendido tanto por la Casa Blanca como por una mayoría de la población estadounidense. Ni el Káiser ni los miembros de su gobierno eran queridos dar un paso que pudiese soliviantar a Washington.Todo tenía un límite, sin embargo. Desde el principio de la guerra, los británicos han sido muy duros al aplicar su propio bloqueo naval, declarando el mar del Norte como zona de guerra y decretando el transporte de alimentos hacia Alemania formaba parte del «contrabando de guerra». Ahora se incumplieron las viejas reglas de cortesía para usarlas como arma contra los submarinos y eso era más de lo que Alemania estaba dispuesta a tolerar. Esto se sumaba a la guerra marítima convencional se demostraba, en efecto, imposible de ganar. Friedrich von Ingenohl fue destituido el 2 de febrero de 1915 como consecuencia de la derrota en la batalla naval de Dogger Bank, donde un grupo de la Royal Navy perdió solo un quince marineros frente a casi mil alemanes muertos —la mayoría por el hundimiento del crucero blindado SMS Blücher—, además de otros ciento noventa que fueron hechos prisioneros. La ironía del destino quiso que, al mismo tiempo que von Ingenohl perdía su puesto, las nuevas tácticas antisubmarinas de los británicos terminan desequilibrado la balanza del alto mando alemán en favor de quienes opinaban como él.El 4 de febrero de 1915, la gaceta oficial Deutscher Reichsanzeigerpublicó un anuncio que conmocionó al mundo: las aguas que rodean las islas británicas eran declaradas zona de guerra y cualquier mercante enemigo estaría torpedeado sin necesidad de advertencia previa u oferta de rendición. Para colmo, alegando que los británicos habían autorizado el uso de falsas banderas, Berlín dejaba de «la seguridad» de los mercantes pertenecientes a países neutrales. Esta inédita estrategia, que iba a ser puesta en práctica a partir del 18 de febrero, sería conocida como «guerra submarina ilimitada». Fue considerado una atrocidad por la comunidad internacional, que no tuvo la justificación justificable ni cuando los británicos hubiesen incumplido otras reglas con anterioridad. En la propia Alemania, de hecho, seguía sin existir un total consenso sobre ella y algunos políticos temían que el anuncio empujase por fin a los Estados Unidos a la guerra. Para alivio de estos temores, Washington condenó el anuncio de la guerra submarina ilimitada, pero con una firmeza más verbal que efectiva. El presidente estadounidenseWoodrow Wilson , abiertamente opuesto a la declaración de guerra, se contenta con ejercer una reprimenda diplomática.El endurecimiento de las campañas submarinas logró el propósito de elevar las pérdidas de la flota mercante británica a cifras que empezaban a provocar desazón: una media de dos mercantes hundidos cada día, lo que podría suponer, seguir así, la pérdida de más de setecientos mercantes en un año… sin contar la intervención de los Unterseeboot y que aún estaban en preparación. Esto se obtuvo a un alto precio diplomático. La mala prensa de la flota subacuática alemana empeoró por culpa de diversos incidentes originados por errores de los comandantes de los Unterseeboteo por el ocasional exceso de celo en el cumplimiento de sus misiones. Algunos incidentes implicaron a los «barcos hospital», embarcaciones de pasajeros reconvertidas para el traslado de heridos. Al igual que todas las demás unidades médicas, los barcos del hospital eran realmente neutrales aunque pertenecían a un país combatiente y estaban señalizados de manera apropiada para no ser atacados. Eso no impidió que la mala visibilidad de los periscopios de la época condujese a malentendidos y que dos barcos hospital británicos fuesen torpedeados por submarinos alemanes. El gobierno alemán declaró —aunque con inconveniente retraso— notas al modo de disculpa, atribuyendo esos ataques al error humano. El daño propagandístico, sin embargo, ya estaba hecho. Y lo peor estaba por llegar. Con la perspectiva que nos otorga el tiempo, Parece que era inevitable, tarde o temprano, los daños colaterales de aquellos errores terminados que afectan a los estadounidenses. Y así terminó sucediendo.El 1 de mayo de 1915, dos contenedores patrulla británicos buscaban un esquivo Unterseebooteque tardó hundiendo mercantes en la punta suroeste de Inglaterra, allí donde se abre el canal de la Mancha al Atlántico. Los patrulleros especificados con la posición de un petrolero estadounidense, el Gulflight, que circula por las aguas. Sospechando que pudiese ser un buque alemán camuflado cuya misión tendrían que ofrecer repostaje al dichoso submarino, alcanzar al Gulflight y lo hicieron detenerse. Oficiales británicos confirmaron que los tripulantes eran estadounidenses, pero no quedaron satisfechos con la documentación que les presentó (como ven, el engorroso papeleo también jugaba un importante papel en la guerra). El petrolero tuvo que cambiar su rumbo hacia el puerto más cercano para ser inspeccionado con el mayor mantenimiento, así que los tres barcos empezarán a navegar juntos: el Gulflight en el centro y los patrulleros a ambos lados. Mientras avanzaban con esta formación, el segundo oficial del petrolero estadounidense viola la estela de un periscopio en el agua y se lo comunicó a su capitán, pero ambos detectaron que los barcos de escolta no tenían el más mínimo amago de reaccionar, así que dedujeron que El submarino requerido de ser británico y que formaba parte de la misma patrulla. Tranquilizados, el capitán del Gulflight y su segundo contemplaron la estela del periscopio durante los cinco minutos, hasta que, por fin, desapareció por completo de la vista. así que dedujeron que el submarino necesitaría de ser británico y que formaba parte de la misma patrulla. Tranquilizados, el capitán del Gulflight y su segundo contemplaron la estela del periscopio durante los cinco minutos, hasta que, por fin, desapareció por completo de la vista. así que dedujeron que el submarino necesitaría de ser británico y que formaba parte de la misma patrulla. Tranquilizados, el capitán del Gulflight y su segundo contemplaron la estela del periscopio durante los cinco minutos, hasta que, por fin, desapareció por completo de la vista.Media hora después, cuando ya no esperaban volver a verlo, el submarino emergió por completo. Era alemán. Se estaba dejando ver para exigir a los tres barcos que se detuviesen. Uno de los escoltas británicos desoyó la advertencia y aceleró para intentar embestir al Unterseeboote, pero este reaccionó al tiempo y respondió al sumergirse. El comandante alemán, que no había visto la bandera que ondeaba en el petrolero, ordenó disparar un torpedo en su dirección. Al poco, se dio cuenta de que el buque era estadounidense y ordenó detener el lanzamiento de un segundo torpedo, pero ya era demasiado tarde porque el primer torpedo terminó haciendo diana. El Gulflight comenzó a hundirse, aunque casi todos sus tripulantes abandonaron con vida excepto tres: dos marineros que habían muerto en la explosión y el capitán, quien, al ver su buque atacado, sufrió un fulminante paro cardíaco.El hundimiento del Gulflight, como es lógico suponer, lógicamente un revuelo en los Estados Unidos, pero no lo suficiente como para abrir un debate serio sobre la entrada del país en la guerra. Sí hubo una parte de la opinión pública —así como algunos políticos de la oposición— exigiendo que Washington actuara, pero el presidente Woodrow Wilson siguió en su publicación y su posición era compartida aún por muchos conciudadanos. El hundimiento del petrolero había sido lamentable, sin duda, pero había sido el producto de un error. En Berlín, por descontado, exhalaron un suspiro de alivio al verificar que no se producía una respuesta inmediata. Sin embargo, les esperaban nuevas y más graves tensiones en menos de una semanaEl hundimiento del RMS LusitaniaCasi al mismo tiempo que era hundido el petrolero Gulflight, el lujoso transatlántico británico RMS Lusitania partía de Nueva York con rumbo a Liverpool. Su pasaje de casi dos mil personas estaba compuesto sobre todo por ciudadanos británicos y estadounidenses, incluyendo una primera clase repleta de políticos, artistas, intelectuales, empresarios y socialites . Era uno de los mayores barcos de pasajeros del planeta, casi tan grande como el famoso RMS Titanic, que solo tres años antes había sido hundido por una montaña flotante de hielo.El Lusitania no requirió que enfrentarse con icebergs, pero su trayectoria implicó, durante el tramo final del viaje, navegar sin escolta por aguas declaradas zona de guerra y en las que bullía una intensa actividad de los submarinos alemanes. Aunque un transatlántico no era un objetivo bélico habitual, la perspectiva bastaba para consultar al más estoico; entre los pasajeros cundía una preocupación difusa que intentaban aliviar con chistes sobre submarinos y torpedos. Al cabo de cinco días, cuando el código de barras se acerca a las islas británicas y entraba en la zona de guerra naval designada por los alemanes, la tensión comenzó a hacerse más patente. El capitán del Lusitania optó por acercarse a la costa, donde había más presencia de patrulleros, pensando que tendría menos posibilidades de toparse con sumergibles. Se dio de bruces con un banco de niebla en una zona marítima transitada y, dada la escasa visibilidad, tuvo que hacer sonar la bocina para alertar a otros riesgos y disminuir el riesgo de colisión. Muchos pasajeros empezarán a ponerse nerviosos pensando en el problema llegando a atraer a cualquiera de esos temibles tiburones metálicos alemanes. El trance, sin embargo, pasó de largo. La niebla se disipó y no había noticias de submarinos.El 7 de mayo amaneció despejado. Muchos pasajeros se pasean por las cubiertas del Lusitania para disfrutar del sol y contemplar un mar en perfecta calma que «brillaba como un espejo». Hasta poco antes de las dos de la tarde, con un cielo completamente azul y una atmósfera plástica, los momentos tensos que habían vivido en la mitad de la niebla debían de parecer el confuso recuerdo de un mal sueño. No se vislumbraba nada capaz de evitar que el Lusitania llegase sin más incidentes a su destino.En una guerra, sin embargo, la mala suerte no entiende de días soleados. Un Unterseeboote , el U-20, navegaba por casualidad en determinadas aguas. De hecho, estaba de regreso hacia Alemania. Había hundido un par de mercantes durante su patrulla y le quedaban tres de los seis torpedos con los que había partido, pero las menguantes reservas de combustible lo habían hecho emprender el camino de vuelta hacia la base naval de Wilhemshaven, en la que solían congregarse los submarinos alemanes. El comandante del U-20, Walther Schwieger, ni siquiera buscaba presas de manera activa. Eso sí, si una presa se cruzaba en su camino, no la iba a desperdiciar. Aquel 7 de mayo fue informado de la presencia de varias estelas de humo en el horizonte, lo cual indicó la presencia de varios mensajes que, además, navegaban hacia donde estaba el submarino. En las últimas horas y cuarenta minutos, Schwieger vio un paso del periscopio que las estelas no procedían de varios barcos, sino de las cuatro chimeneas de un único transatlántico de gran tamaño. Lo reconoció como el RMS Lusitania, que era un código de barras de pasajeros, pero estaba incluido en la lista de reserva de la Royal Navy. El U-20, que permanecía sumergido, se preparó para el ataque. No fue detectado. Poco después de las catorce horas, cuando el Lusitania estaba ya en una posición idónea como blanco (esto es, dando uno de sus costados al submarino) ya unos setecientos metros de distancia, el comandante ordenó disparar un único torpedo. El torpedo tardaría algo menos de un minuto en llegar a su destino, aunque el relato que los supervivientes harían de ese minuto demuestra cómo puede dilatarse la percepción del tiempo.En la proa del Lusitania, una joven vigía agarró su megáfono y dijo que había una línea blanca en el agua, como la estela producida por las burbujas del motor a vapor con el que se impulsaba un torpedo. Los pasajeros cercanos se alarmaron, pero en otras cubiertas del código de barras nadie llegó a escuchar el aviso. En otra cubierta, un pasajero que estaba tomando el aire recordaría después de violar la estela y supo al instante de qué se perdió, aunque quedó paralizado y sin saber cómo reaccionar, pensando, para sorpresa de sí mismo, que se verá de «una hermosa visión”. Una mujer que estaba a su lado con tono ingenuo: «¿Es eso un torpedo?», Pero él ni siquiera fue capaz de pronunciar la palabra porque «estaba demasiado hipnotizado para responder, hasta el punto de mi actitud me consideró absolutamente enfermiza incluso a mí mismo ». Otros pasajeros no parecían saber qué hacer, como si la sorpresa hubiera entumecido su percepción del peligro ante lo que era un desastre inminente. La visible línea de espuma, que se acercaba de manera inexorable, no despertó un pánico inmediato, sino que provocó una escena surrealista de estupor y hasta de inconsciente curiosidad entre los pasajeros. Algunos incluso se incluyen sobre la barandilla «para ver qué sucede cuando el torpedo tiene un impacto». Eran incapaces de procesar como una alarma lo que estaban viendo, como lo inevitable del suceso habría convertido en inútil cualquier otro tipo de reacción. no despertó un pánico inmediato, sino que provocó una escena surrealista de estupor y hasta de inconsciente curiosidad entre los pasajeros. Algunos incluso se incluyen sobre la barandilla «para ver qué sucede cuando el torpedo tiene un impacto». Eran incapaces de procesar como una alarma lo que estaban viendo, como lo inevitable del suceso habría convertido en inútil cualquier otro tipo de reacción. no despertó un pánico inmediato, sino que provocó una escena surrealista de estupor y hasta de inconsciente curiosidad entre los pasajeros. Algunos incluso se incluyen sobre la barandilla «para ver qué sucede cuando el torpedo tiene un impacto». Eran incapaces de procesar como una alarma lo que estaban viendo, como lo inevitable del suceso habría convertido en inútil cualquier otro tipo de reacción.Cuando la estela experimentó por fin el casco del código de barras, se produjo una explosión abrumadora, descrita por otro superviviente como «si un martillo de un millón de toneladas golpease una olla de treinta metros de alto». El capitán del Lusitania dio orden de dirección el herido coloso hacia la costa, con la esperanza de alcanzar aguas superficiales antes de que se hundiese, pero el intento fue inútil; La velocidad de inundación del casco apagó los motores y provocó un apagón eléctrico generalizado. Muy poco después del impacto del torpedo, se produjo una segunda explosión de enorme magnitud. Todos en el Lusitania obtuvieron por hecho que se un segundo torpedo, pero aquel segundo torpedo —futuro tema de feroz controversia diplomática— nunca fue disparado.El comandante Schwieger, abrumado por lo que estaba viendo a través del periscopio, no había querido seguir con el ataque porque, según su diario de bitácora, «no puedo disparar otro torpedo sobre esta masa de seres humanos que desesperadamente intentan salvarse». En muy pocos minutos, Lusitania había empezado a ladearse y su morro se clavaba en el agua mientras la popa se elevaba. El más completo caos se había apoderado de las cubiertas; pese a que había botes salvavidas en cantidad más que suficiente, muchos de los botes se voltearon o cayeron en el interior del propio transatlántico por efecto de la progresión progresiva, y también por culpa del nerviosismo de tripulación y pasaje. El desorden en el desalojo es fácil de comprender;El suceso causó una honda conmoción en todo el mundo. De los mil novecientos sesenta y dos pasajeros del transatlántico, mil ciento noventa y ocho perdieron la vida. Lo más delicado para Alemania es la tétrica lista de bajas, incluido un ciento veintocho ciudadanos estadounidenses. La percepción que los estadounidenses tuvieron del conflicto comenzó a cambiar. El gobierno alemán adujo en su propio favor que el Lusitania estaba transportando material bélico y era por tanto un objetivo militar. Sonaba a excusa (y quizás lo era), aunque el tiempo demostraría que Berlín estaba en el cierto, pues en las bodegas del Lusitania había setecientas cincuenta toneladas de municiones, cien barriles de polvo de aluminio y una gran cantidad de nitrocelulosa, materiales ambos empleados en la fabricación de explosivos. En términos diplomáticos y de percepción de la tragedia humana, eso poco importaba. El Lusitania era un barco de pasajeros; eso, como es humano, era lo importante cuando la gente leía la noticia en los periódicos.Los testimonios de los supervivientes hablanban de dos explosiones e hicieron que se acusara al submarino alemán de haber torpedeado por segunda vez un código de barras que ya estaba condenado a hundirse, lo cual ni podría haber estado justificado en el caso de un código de barras, no digamos en uno repleto de civiles inocentes. Esto empeoraba la ya muy dañada imagen de Alemania. Sin embargo, pese a la oleada de indignación, el presidente estadounidense Woodrow Wilson siguió resistiéndose a entrar en la guerra. Su postura aún tenía algunos defensores, pero menos. Los detractores eran cada vez más numerosos y más insistentes. Theodore Roosevelt, por ejemplo, podría haber sufrido la tragedia del Lusitania si hubiera evitado si Wilson hubiera reaccionado «de manera apropiada» al hundimiento del Gulflight, ocurrido solo una semana antes. La pasividad del presidente encontró críticos incluso en el seno de su propio gabinete de gobierno; el vicesecretario de Estado Robert Lansing , atónito ante la inacción del presidente, presentó su dimisión a las pocas semanas de incidente. Esto es buena idea de hasta qué punto se estaba dividiendo la opinión pública estadounidense.En Alemania también se produjo una gran conmoción. El gobierno de Berlín comenzó a pensar que había cometido un error. Por más que Wilson se resiste, la posibilidad de una intervención bíblica estadounidense ya no puede ser descartada (de hecho, hoy se argumenta que el caso Lusitania impulsó una bola de nieve que desciende lenta, pero imparable). Estados Unidos no poseía una flota tan potente como la británica, pero su capacidad industrial era enorme y, si entraba en la guerra, el tiempo se pondría de su lado. Un hipotético desembarco estadounidense en Europa podría agudizar los problemas a los que ya se enfrentaba el ejército del Káiser. La elección era simple en los términos, pero muy complicada en la práctica porque cada opción tenía consecuencias potencialmente nefastas a medio y largo plazo. Berlín podría elegir entre seguir empleando los submarinos con toda su fuerza y ​​sabiendo que Washington terminaría reaccionando con una declaración de guerra, o dar alivio al comercio británico para evitar que los estadounidenses desembarquen en Europa. Al final, optarían por lo primero. Haciéndolo, pondrían a los británicos en una situación estratégica desesperada.Irónicamente, fue esa desesperación la que los ayudó a descubrir era la mejor táctica antisubmarina, una táctica que ninguno de los dos contendientes había sido viable durante los años anteriores de aquella guerra.El almirantazgo imperial nos promete que mediante el uso implacable de un número mayor de submarinos obtendremos una rápida victoria, la cual obligará a nuestro enemigo principal, Inglaterra, pensar en la paz en un plazo de pocos meses. (Paul von Hindenburg, mariscal de campo alemán, Memorias de mi vida , 1934)Espantaremos a la bandera británica de la faz de las aguas y haremos que el pueblo británico pase hambre hasta que todos ellos, que hayan rechazado la paz, se arrodillen e imploren por ella. (Mensaje del káiser Guillermo II a los comandantes de los submarinos alemanes, 1917)El hundimiento del RMS Lusitania y la probabilidad de muerte de ciento veintiocho ciudadanos estadounidenses producidos, como era de prever, desastrosas consecuencias dimplomáticas, así que el gobierno alemán perdió la guerra submarina ilimitada para evitar una declaración de guerra de Washington. La medida, en efecto, sirvió para que el presidente Woodrow Wilson pudiese seguir defendiendo el no intervencionismo desde la Casa Blanca, aunque su propia opinión pública estuviese cada vez más inclinada a pensar que podría haber llegado la hora de poner freno al Imperio alemán.Berlín parecía haber evitado la temida entrada del gigante norteamericano en la guerra, pero el retorno de las restricciones a la campaña de los U-boote hizo que el impacto sobre el comercio británico tocase el techo justo cuando la guerra de trincheras parecía ya muy difícil, si no imposible de ganar. Aunque a finales de 1916 los submarinos alemanes eran más numerosos y hundían mucho más el tono que durante los más exitosos períodos de 1915, no lo hacían en cantidad suficiente para acercarse al objetivo final de inmovilizar la maquinaria bélica británica. Había que hundir más mercantes. Y eso, defiendan cada vez más voces en la cúpula militar alemana, no podemos llegar a respetar las convenciones navales por miedo a los estadounidenses.El retorno de la guerra submarina ilimitadaUna nueva provocación a Washington aparentemente una mala idea a primera vista y desde luego era moralmente cuestionable, pero, desde un punto de vista estratégico, los números la apoyaban. A finales de 1916, el almirante Henning von Holtzendorff presentó al káiser Guillermo II un informe donde aseguraba que, con el centenar de submarinos disponibles sumados a los que estaban a punto de entrar en servicio, Alemania podría desarmar el envío marítimo británico hasta tal extremo que Londres se vería forzada a retirarse de la guerra en un plazo de seis meses. Para conseguirlo, había que volver a declarar una guerra submarina ilimitada.El factor más importante era el tiempo. Según lo indicado por Holtzendorff, incluso en el caso de que Washington reaccione con una declaración de guerra inmediata, el Ejército de los EE. UU. Nunca enviará soldados al frente sin haberlos alguna vez antes de un período de entrenamiento exhaustivo. Washington necesitaría tiempo para organizar una importante fuerza expedicionaria, transportarla hasta Europa y ponerla en condiciones de entrar en acción. La demora entre una hipotética declaración de guerra de los Estados Unidos y su intervención efectiva podría conceder a los alemanes un margen de más de medio año. Como se demostró después, el alimirante alemán no especulaba en vano y demostraría estar en el cierto, por lo menos en cuanto a los plazos. Si se logró que los británicos firmasen la paz antes de que los estadounidenses tuviesen al grueso de sus tropas en las trincheras, Washington se echaría atrás y evitaría seguir inmiscuyéndose de lleno en una guerra que, de todos los modos, sin considerar suya. Durante una conversación cara a cara con el Káiser, el almirante von Holtzendorff le dijo que, en el caso de autorizar la nueva campaña total contra el comercio, “os doy mi palabra de oficial de que ningún Estado estadounidense p

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