La sombra del nazismo es alargada

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Múnich, 1943. Fotografía: Hanns Hubmann / Cordon.

La mitomanía que todo seguidor de arte profesa —del arte que sea, pero yo les hablaré de escritura como acostumbro— provoca que cuando nos encontremos delante de una obra de gran perfección nuestra mente transporte dicha sensación de exquisitez al autor de la pieza, como artífice de esa maravilla. Hasta hace relativamente poco, y para que la sensación de la lectura fuera más intensa, la dimensión tradicional de la historia de la literatura no solamente no frenaba ese impulso involuntario del lector sino que alimentaba el culto a la personalidad del literato, que en algunos casos prácticamente rozaba la hagiografía. De esta forma, los grandes escritores de todos los tiempos (Dante, Cervantes, Shakespeare) componían una especie de santoral para lectores, con unas figuras idolatradas y engrandecidas hasta el gigantismo. Los clásicos eran considerados una especie de caballeros templarios preñados de virtudes, y unos ciudadanos ejemplares que (además) habían ofrecido al mundo creaciones artísticas inolvidables.

Pero llegó el siglo XX y, como para casi todo, la cuestión se tuerce. La fábrica de santos mártires literarios se detiene, y en universidad y periodismo comienza a fomentarse exactamente lo contrario: la nueva moda no es pensar que Cervantes fue un prohombre, capaz a un tiempo de batallar, escribir como un dios y servir a una nación, sino que la crítica pone todo su empeño en derribar el mito, hurgar en la biografía buscando miserias, encontrando debilidades, revelando lados oscuros y aireando bajezas. Así, no hay temporada en la que no contemos con un estudio que, lejos de engrandecer la figura de un gran escritor, intente desmitificar y rebajar su biografía. Cervantes ya ha pasado por esa máquina trituradora de mitos, como también lo ha hecho Shakespeare, en un proceso imparable que solamente se detiene cuando se alcanza la dimensión cero de la literatura, que es cuando llegamos a la conclusión (también una moda editorial, no crean) de que Cervantes no fue Cervantes ni Shakespeare fue Shakespeare.

Aunque algunos defiendan la tendencia desmitificadora como una especie de justicia histórica, la cuestión en realidad responde a una moda que afecta de manera general a nuestra relación con los mitos. Freud llevaba razón cuando afirmaba que el deseo es el único y verdadero motor del ser humano. El ciudadano contemporáneo, que aspira a ser un ídolo él mismo (especialmente desde que las redes sociales le aúpan y animan en su loca carrera de seguidores), necesita que los grandes mitos se encuentren a ras de suelo, cuando no por debajo del pueblo. Algo así como si un señor bajito, deseoso de ser más alto, solamente tuviera que encontrar un barrio en el que todos fueran más bajos que él y mudarse inmediatamente al lugar. El consumidor de cultura contemporáneo necesita que los ídolos sean pedestres, débiles, que tengan sus bajezas, problemas y tentaciones, porque de este modo se encuentran más cerca de él mismo.  

Pero en este juego alambicado de comunicación entre las obras de arte y la biografía de quienes las realizan hay una pregunta de fondo que me interesa especialmente. Me refiero a la conexión entre biografía y obra, y nuestra forma de percibir la segunda desde la primera. La cuestión que yo me planteo —que les planteo— es la siguiente: ¿Las incoherencias, debilidades o errores personales de un autor deben afectar a la forma en que contemplamos su obra? ¿Qué ocurre cuando una mala persona realiza una buena obra? ¿Debemos dejar de trabajar su legado? ¿Tenemos que ignorarle? ¿Hay límites biográficos que, si se demuestra que han sido sobrepasados, pueden/deben arrastrar consigo la obra, aunque esta posea un valor innegable?

En 2014, casi cuarenta años después de la muerte de Martin Heidegger, sus célebres cuadernos negros eran publicados. La edición en realidad cumplía el propio deseo del filósofo alemán, que dejó prediseñado una especie de plan de publicación de su obra, en el que se recogía que estos cuadernos fuesen los últimos en ver la luz. El escándalo no se hizo esperar, pues el contenido de dichos diarios mostraba un antisemitismo franco, virulento, y lo que es peor, plenamente integrado en la filosofía de Heidegger. Si antes se conocía de sobra la filiación del alemán con el nazismo, y se contaba con un rosario de escritos de carácter francamente racista y antisemita, la aparición de los cuadernos negros no hizo sino ampliar el canon del horror. Con esto quiero decir que el planteamiento antisemita —incuestionable, clarísimo— de los cuadernos negros no reduce o matiza lo que ya conocíamos, sino que de alguna forma intenta sostenerse desde el propio sistema heideggeriano del ser como existencia, su mayor hallazgo filosófico. Alguien dijo que la filosofía se parece a las matemáticas en que, cuando una operación falla, el resto del sistema también cae. Y ese es el mayor crimen de los cuadernos negros: tratar de integrar el mayor error de la vida de Heidegger, el filonazismo, en su sistema filosófico. Hiela la sangre recordar aquella frase de las conferencias de Bremen en la que afirma aquello de: «La agricultura es ahora una industria alimentaria mecanizada, en esencia lo mismo que la producción de cadáveres en las cámaras de gas y los campos de exterminio. Igual que el bloqueo y la hambruna intencionada a los países, igual que la producción de bombas de hidrógeno». ¡Qué comparación!

¿Qué hacemos por tanto si uno de los mayores filósofos del siglo XX, en su etapa como rector de la Universidad de Friburgo, acababa sus discursos con un sonoro «Heil Hitler!»? ¿Olvidamos su Ser y tiempo  —inmenso, imprescindible— si vemos esas fotos en las que luce un bigote inconfundiblemente hitleriano? Desde la publicación en Alemania de los cuadernos negros —qué involuntaria simbología contiene el color elegido para su cubierta—, los comentaristas de Heidegger dividieron su reacción entre los que practicaban una condescendiente disculpa basándose en la perspectiva histórica de los hechos y los que afilaban su lápiz para hacer leña del árbol caído. Por más que uno repase su producción, no pueden encontrarse visos de arrepentimiento al respecto de lo escrito, entre otras cosas porque los cuadernos negros corresponden a sus anotaciones de los años treinta y cuarenta, que Heidegger podía perfectamente haber destruido, en lugar de programar la publicación como término de sus trabajos.  

Una de las reacciones más interesantes al problema Heidegger es la de Peter Trawny, editor de los schwarzen Hefte y director del Instituto Heidegger. Trawny, en los meses posteriores a la edición de los diarios, parecía personalizar el dilema al que me refiero con esas preguntas abiertas sobre si la biografía de un autor —o los escritos menos afortunados— pueden o deben llevarnos a esconder o ignorar el resto de la obra. A raíz de la publicación de los manuscritos, el editor escenificó en más de una conferencia su dolor al descubrir qué había dentro de ellos: Trawny hablaba del estupor sentido al encontrar «un primer pasaje sobre los judíos, y después un segundo, y después un tercero, un cuarto, y no digamos cuando llegas al sexto…». Confesó que el antisemitismo tan profundo y nunca eludido del autor le había hecho replantearse su puesto al frente de la dirección del instituto Heidegger, y en su momento ofreció una buena frase, casi un eslogan sobre el problema de la interpretación de los textos de los grandes autores con ideas equivocadas: «Quiero ser el director del Instituto Heidegger, pero no del Instituto Adolf Hitler».

Casi todas estas traiciones del escritor a su obra principal, aquella que realmente les transporta al Olimpo cultural (en este caso Ser y tiempo, aunque hay otras obras de mucho mérito en su haber) tienen su origen en el auténtico pecado original del intelectual: caer en la tentación de la serpiente del poder y la política. Una de las mayores verdades del mundo de la creación es que los intelectuales puros, los de verdad, siempre han salido perjudicados de una manera u otra cuando se han acercado al traicionero calor del poder. Los mediocres, sin embargo, precisamente porque tienen muy poco que perder artísticamente hablando, sí pueden salir favorecidos por el cruce con la política, ya que puede regalarles la relevancia que sus obras no pueden ganar por ellos.  

En el siglo XX, ya lo he dicho antes con otras palabras, los grandes pensadores y artistas hicieron cola para ser fraccionados, cuestionados, anulados, revertidos, repensados. Me he referido a Heidegger como podía haber hablado de Günter Grass, y medir para ustedes la distancia recorrida entre El tambor de hojalata y Pelando la cebolla, o cómo pasar de ser el azote de la conciencia alemana tras el nazismo a reconocer en público y por escrito que se perteneció a la Waffen-SS. El de Grass tampoco es mal ejemplo, pero en realidad hay tantos que la cuestión da más para un libro que para un artículo, pues hemos asistido a polvaredas más o menos justificadas según qué caso dirigidas hacia Bertolt Brecht, Simone de Beauvoir, Jean-Paul Sartre, Ernst Jünger o Sigmund Freud. Hasta nuestro Ortega y Gasset, tan poco leído en nuestros días de vino y rosas, se ha sentado en ese banquillo en el que el fiscal acusador somos todos nosotros.  

André Gide, un tipo con una psique tan oscura y cavernosa que sería un auténtico regalo para el análisis freudiano, ofrecía en su obra maestra El inmoralista una frase que ilustra perfectamente esa tensión entre hechos y pensamiento: «No podemos ser sinceros y a la vez parecerlo». Si atendemos a la profunda inmoralidad de la conducta de Gide —estoy refiriéndome obviamente a la relación con menores, con esa preferencia por los jóvenes entre diez y dieciocho años que profesaba—, deberíamos dejar de leerle hoy mismo, y resulta evidente que perderíamos mucho. Adiós a Los sótanos del Vaticano. Olvidemos Los monederos falsos. Si echáramos un vistazo cercano al noruego Knut Hamsun, nazi confeso, tendríamos que obviar Hambre, esa novela profundamente contemporánea aunque escrita en 1890 (no lo parece leyéndola, es de una modernidad absoluta), y también Pan, la segunda joya que entregaría cuatro años después. Podríamos seguir ofreciendo tantos nombres como quisiéramos.

En Francia, un país del que siempre sentiré envidia porque toma su cultura realmente en serio —algo impensable en este entorno nuestro de políticos que no leen nada, nunca—, el 21 de enero de 2011 el ministro de cultura Frédéric Miterrand compareció en público para anunciar que retiraba el nombre de Louis-Ferdinand Céline de las celebraciones nacionales. El odio a los judíos de panfletos vergonzantes como Bagatelas para una masacre sepultaba el valor incalculable del Viaje al fin de la noche, y le dejaba fuera de cualquier mención del Estado en el cincuenta aniversario de su muerte.

La cuestión que permanece en el fondo de todos estos cánones revisados es si deberíamos, de una vez por todas, mantener en compartimentos distintos la obra y biografía de los autores, o si las obras desafortunadas pueden/deben derribar las verdaderamente valiosas. Porque también podemos pensar que cuando una obra de arte ingresa en la historia ya no pertenece al autor, sino a sus lectores o espectadores, y que por tanto puede disfrutarse sin ligarla más a la persona que la creó. Bien planteada, la cuestión tiene su sentido. No olvidemos que si revisáramos con lupa las vidas de nuestros ídolos, y entrásemos no solamente en lo político sino en lo personal (Juan Ramón Jiménez manipulando o maltratando a Zenobia Camprubí, los abismos oscuros de Pablo Neruda, Arthur Miller, tan moderno y comprometido, ocultando que tenía un hijo con síndrome de Down), nuestro canon quedaría reducido a una tercera parte de lo que es. Además estaríamos haciendo algo más que crítica artística, inaugurando una nueva profesión que mucha gente lleva ya tiempo ejerciendo y que así, a vuelapluma, se me ocurre llamar juez de la historia. Recuerden aquello de tirar la primera piedra, y quién cree tener derecho y conocimiento suficiente para decidir qué intelectuales pasamos por la picota y cuáles no, teniendo en cuenta además cuánto buen arte o pensamiento se estaría perdiendo por el camino. Lo malo de cazar brujas, si uno lo piensa bien, es que es posible que al final existan en el mundo más brujas que cazadores.

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15 comentarios

  1. Sobre este tema más en extenso, puede interesar:

    http://despuesnohaynada.blogspot.lt/2017/02/crimen-y-castigo.html

    porque no solo está el tema de la atracción por el nazismo de grandes pensadores, es que está la atracción por el nazismo de grandes científicos, y luego la atracción por el fascismo italiano, o por el antisemitismo en líneas generales de muchos artistas y pensadores importantes.

  2. Daniel Hernández Prieto

    «El odio a los judíos de panfletos vergonzantes como Bagatelas para una masacre…»

    Supongo que ha querido decir ‘vergonzosos’, esto es; que los panfletos producen vergüenza. Si son ‘vergonzantes’, significa que se avergüenzan ellos (los panfletos).

  3. Máximo

    Lo de ser nazi viene muy bien para los que se creen lo mejorcito de la huerta. No es difícil caer en el supremacismo si eres un genio del pensamiento, de la ciencia o del arte, teniendo en cuenta la falta de humildad que nos caracteriza.

    Cualquier bruto se piensa mejor que los demás sin más bagaje que el mero hecho de ser alemán, británico, inglés, hutu, español, catalán, japonés o católico, evangélico, sunní o budista zen; así que si eres un portento en algo, la tentación es grande.

    Quizá nuestra mejor condición sea la de rústicos ilustrados.

  4. En el caso de Heidegger, no era un racista biologico nazi , ni social darwinista , era mas bien cultural , como la propia metafisica cristiana incluido Kant y Hegel

  5. la metafisica occidental era cristiana y lo judio y el judaismo estaba excluido de pertenecer a ella….recordemas además los feroces panfletos antisemitas de lutero

  6. Desde luego el talento no tiene nada q ver con la bondad de una persona. Recientemente leí un libro d baltasar garzón (a quien admiro) y otro d Mario conde (quien da vergüenza) y puedo asegurar q el banquero es muy superior escribiendo que el juez.
    El tema es interesante, me temo que casi ningún personaje relevante resistiría un repaso exigente de su vida. En realidad todo depende del dolor con el q uno mire. A botepronto se me ocurren casos de personajes históricos q admiro por su obra y que tenían enormes defectos, cuando no conductas delictivas y repugnantes. Desde ideas políticas controvertidas como los cineastas John Ford, Clint Eastwood, Reinchsfiestal, el pintor Dali, actos sobre menores de edad vomitivos como Polansky, Gandhi, woody Allen, Chaplin, Michael Jackson, acosadores como Hitchcock, mal padre como Einstein (no cuidó a su hija con discapacidad) , delatores como Elia Kazan… la lista de genios con biografía incomprensible es infinita. Lo ideal es quedarse únicamente con la obra, sin embargo ¿no es importante también conocer si sus ideas, pensamientos y obras para saber si fueron coherentes a las mismas y no unos hipócritas?.

  7. Esos artistas sólo me dan lástima. Exactamente como Kevin Spacey, y, por lo visto ultimamente Woody Allen, pero no por esto dejaré de leer o ver sus trabajos. Han tenido el castigo merecido, en vida o póstumo. Cuando me enteré de la revelación de Gunter Grass, volví a leer El tambor de lata, y continuaba ahí, a regalarme las mismas emociones. Habría que leer todas sus obras. y especialmente aquellas que tienen que ver con el antisemitismo, porque, si es lícito decir que algo de bueno han hecho esas doctrinas infames, es que nos han mostrado como el mal absoluto puede contagiar a espiritus privilegiados. En el fondo, contra sus convicciones, nos han hecho un favor. Como siempre muy buen artículo.

  8. Pere C

    Respecto al antisemitismo: no es lo mismo serlo antes del Holocausto, que después. Antes era una ideología más o menos aceptable, después no. Del mismo modo que si el anticatalanismo que se da actualmente en España acaba con un genocidio de catalanes será visto como una cosa diabólica y si no, como una cosa desagradable para los catalanes y poco más. Pero es que además Heidegger no era antisemita. En una entrevista a Der Spiegel reconoce que apoyó el nazismo brevemente porque no veía otra solución para Alemania, pero niega tajantamente, y lo demuestra con datos, que fuera antisemita (al menos en su comportamiento público). No tengo por qué no creerle.

    En el caso de Céline, si uno lee Viaje al fin de la noche, se dará cuenta de que no hay ni rastro de nacionalismo, ni belicismo, ni racismo, ni antisemitismo, sino más bien todo lo contrario. Céline era pacifista y cuando se enteró del Holocausto quedó horrorizado.

    El tema daría mucho de sí, pero yo en esto soy socrático: no creo que nadie haga el mal a sabiendas. El mal procede de la ignorancia o de la estupidez.

    • Máximo

      Tiene razón con el comentario socrático. Sólo desde la ignorancia se puede hacer el comentario del anticatalanismo español. Que no…, que ya sé que no es ignorante, lo que es es un supremacista catalán, a quien le gusta blanquear el supremacismo a un Heidegger o a un Céline, dos genios, pero dos cabrones también. No me extraña nada, sabiendo que no le gusta Clint Eastwood.

      En primer lugar, si hay españoles anti-catalanes (que los hay), que se lo hagan mirar, pues estarán practicando una variante de auto-odio hispanofóbico: si odias tu mano u odias tu corazón, te estás, en definitiva, odiando a ti mismo.

      Dicho esto, si en España hay algo llamativo a 29 de enero de 2018 es la situación de nacionalismo volkisch que existe en Cataluña, donde una patulea de defensores de corruptos pujolianos, de oligarcas barceloneses, de anarco-neocarlistas rurales y de progres pseudo-cosmopolitas, con su afán de superioridad étnica (los catalanes olemos mejor), están haciendo el ridículo y destrozándose social y económicamente, actuando como si fueran una colonia africana o asíática de los sesenta del pasado siglo.

    • alvaro

      Ojo, que el antisemitismo posterior a la II GM tampoco es que haya estado tan mal visto. Desde luego si en los paises occidentales, por lo.menos el antisemitismo mas “grosero”, pero no en los paises del este, ni mucho menos en lis musulmanes.

  9. Pablo gabriel perez

    el reptil asesino en carno en abraham lincoln y luego en adolf hitler luego este mis mo se guardo en sudamerica y nunca mas volvio para alla al norte pero la caca quedo hasta hoy en norteamerica odio racial por la guerra de secesion y en europa por el terrible nazismo.

  10. Pedrito

    Quizás el problema sea emitir juicios morales sin ahondar en las causas humanas del origen de lo ‘malvado’. Lo ‘malvado’ como tal no existe, existe el temor a ver reflejado aquello que pensamos que está mal en nosotros mismos en otras personas. Por eso deberíamos disfrutar de las obras de estos grandes talentos independientemente de sus biografías, y disfrutar de sus biografías para ver sus obras desde una perspectiva de necesidad expresiva vital. Sin dejar de lado las obras filosóficas, que en vez de ser vistas como obras adoctrinadoras e intelectualizantes deberían ser vistas como juegos y goces del pensamiento.

  11. No dejaré de probar el rico pastel de la abuela porque azotaba con una vara a los cachorros. El hambre es el hambre. La literatura de Kafka ha sido, por ejemplo, permanentemente contaminada por la vida de Kafka, por su conducta fuera de la escritura, cuando era precisamente ahí donde Kafka surfeaba comi un dios. Un àpice de criterio y lecturas nos permitirá leer despejando bien lo que haya que despejar.

  12. Pere C

    La verdad es que su comentario no hay por donde cogerlo, pero bueno, aclaro por si alguien ha interpretado mal mi escrito. He dicho que el anticatalanismo español podría llevar genocidio, pero podría haber dicho lo mismo del antiespañolismo catalán. Lo que pasa es que es algo mucho más improbable, por una simple cuestión numérica, no porque los catalanes sean mejores.

    • Máximo

      Pues anda que lo suyo…

      Por la regla de tres que usa, ETA no hubiera existido, cuestión numérica.

      El ejemplito de genocidio a partir del anticatalanismo español es una tontería o es desafortunado o ambas cosas a la vez.

      Y le recuerdo, sí, Heidegger era un nazi cabron y Céline, otro. Eso sí, para leer con provecho me quedo con el francés.

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