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Hoteles y libros: el eterno check in

eterno check in
Jack Nicholson y Stanley Kubrick durante el rodaje de The Shining, 1980. Fotografía: Getty. check

Un lobby con el suelo alfombrado y una tenue oscuridad. El conserje enigmático y con la mirada extraviada que oculta, trama, piensa, espera algo. Dos personas entran con maletas y el narrador menciona algún detalle focalizado en su ropa, en su actitud o en sus rostros. Una pregunta inesperada al conserje de uno de los recién llegados, mientras su pareja mira el reloj a cada rato. Hay terceras personas en la escena, ubicadas en diferentes rincones de la sala de ese hotel: inquilinos indolentes, estafadores, dementes solitarios o asesinos.

Se puede cambiar, alterar y combinar cualquiera de las partes de este estándar de comienzo literario. Y en cualquiera de sus variaciones, con todo tipo de nuevos ingredientes, tendremos un punto de partida infalible. Lo que sea: otra decoración, otros personajes, otras épocas, cualquier categoría de alojamiento, desde la más precaria hasta la más lujosa. ¿Qué lector no se muere por saber quiénes son, qué pasará, qué viene a continuación? 

El hotel siempre fue un teatro de operaciones ideal para imaginar todo tipo de guerra librada dentro de la conducta humana. Un lugar fuera del tiempo donde siempre sucede algo. Un escenario ligado a la literatura desde su mismo germen, si pensamos que esta nace con el viaje y que el hotel es parte imprescindible de un viaje. Entendiendo el concepto de «hotel» como el hecho de pagar de la manera que fuere por alojarse bajo cualquier tipo de techo y en cualquier época de la literatura. 

Hotel, viaje y literatura han conformado una trenza inseparable desde que a los seres humanos nos da por contar historias y nos gusta escucharlas o leerlas. Ya se trate de un motel de carretera de novela indie norteamericana o de las posadas con prostitutas manchegas donde don Quijote imaginaba palacios con doncellas, o del lujoso Grand Hotel des Bains en el Lido veneciano, en el cual Thomas Mann se alojó en persona y, años después, decidió situar a su alter ego Gustav von Aschenbach para convertir el hotel en su última estación hacia la muerte. Y para encontrarlo con esa bella y joven criatura llamada Tadzio, por quien el escritor experimentaría su última obsesión. 

El lugar de reposo tras el esfuerzo del desplazamiento representa la parte estática del viaje, aunque no por eso menos dinámica que el propio movimiento. El hotel está muy lejos de ser una meseta o una prescripción de descanso en los acontecimientos. Más bien al contrario. Si el viaje de Mann por la humedad de Venecia inspiró una novela en la que admitió públicamente su homosexualidad, Stephen King hizo algo similar en el hotel Stanley de Colorado, pero no le sirvió para salir de ningún armario, sino para imaginarse cómo se vería él mismo como un escritor frustrado y enloquecido, intentando matar a su propia familia. Cualquier inspiración sirve, y los hoteles, además, transpiran inspiración.

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Un comentario

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