
Santa Claus nació en los Países Bajos. Fue uno de los muchos emigrantes que, durante los siglos XVII y XVIII, cruzaron el océano Atlántico desde Europa para probar fortuna en ese nuevo mundo de oportunidades que se llamaría Estados Unidos. A eso se reduce, a fin de cuentas, el gran icono navideño estadounidense. A una tradición importada. Como lo es también, por ejemplo, el Día de Acción de Gracias, que comenzó con un banquete español y su correspondiente misa en la recién creada ciudad de San Agustín de Florida en 1565. O Halloween y su famosa calabaza, que en realidad no era más que un nabo irlandés con el que se iluminaba el bueno de Jack-o’-lantern durante su eterno vagar y que terminó convirtiéndose en el protagonista indiscutible de la víspera del Día de Todos los Santos —en inglés, All Hallows’ Eve; o, una vez contraído, Halloween—.
Fue en los Países Bajos donde convirtieron, también por contracción, a san Nicolás —Sint-Nicolaas en neerlandés— en Sinterklaas, un tipo que llegaba a las costas holandesas todas las Navidades desde Alicante en un barco de vapor junto a su sirviente, el deshollinador Pedro el Negro, quien se encargaba de descender por las chimeneas de las casas para dejar regalos a los niños que se hubiesen portado bien. Algo que seguramente hacían todos sin excepción, ya que a los críos de allí se les decía —todavía se les dice hoy— que, en caso de portarse mal, Pedro el Negro se los llevaría con él a España. A ver quién es el guapo que no se acojona.
La transformación, de carácter casi fonético, de Sinterklaas en Santa Claus se produjo mucho más tarde. Aproximadamente un siglo y medio después de que los inmigrantes holandeses, al inicio de la segunda guerra anglo-neerlandesa, entregasen la ciudad de Nueva Ámsterdam a los ingleses, quienes la rebautizaron como Nueva York. Fue allí, en el año 1809, donde el nombre de Santa Claus apareció por primera vez en un documento. Concretamente, en un libro firmado por un tal Diedrich Knickerbocker y titulado Historia de Nueva York desde el principio de los tiempos hasta el fin del dominio neerlandés, cuya publicación resultó ser objeto de la primera campaña de marketing viral de la historia.
A finales de ese mismo año, comenzaron a aparecer anuncios en la prensa de Nueva York indicando que el célebre autor e historiador holandés Diedrich Knickerbocker había desaparecido. Una noche no había regresado al hotel en el que se hospedaba y desde entonces se hallaba en paradero desconocido. En los anuncios se solicitaba la colaboración de todo aquel que dispusiese de información sobre el lugar en que se pudiese hallar el escritor, descrito en el Evening Post del día 26 de octubre como un «caballero menudo y entrado en años, vestido con un viejo abrigo negro y sombrero de tres picos». Se agradecía que la información se facilitase en el Columbian Hotel de la calle Mulberry.
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Ya está de nuevo. Disculpa.
«En la expectación que causaría en Nueva York la desaparición en extrañas circunstancias de un escritor. Especialmente, si en su habitación de hotel se hallaba un manuscrito con cuya publicación y comercialización se pretendían liquidar las deudas que había dejado. El cebo perfecto». Me imagino en la actualidad una campaña similar: imaginemos que una política se olvida de pagar las deudas de un hotel en la que ha estado alojada y que el hotel se las cobra publicando en un libro su cuaderno de notas donde no deja títere con cabeza. ¿Llegará a pasar? Puede.