Ciencias

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El puente del Alamillo, 2014. Fotografía: Mario Fernández (CC).

El que imita lo malo supera siempre al que le sirve de ejemplo; y, por el contrario, el que imita lo bueno, siempre se queda corto.

Francesco Guicciardini (1483-1540). Filósofo, historiador y político italiano.

En las grandes inauguraciones de construcciones singulares o en los artículos de revistas técnicas se utilizan frases en clave que pueden causar perplejidad al no iniciado: las luces «resbalan» sobre las superficies, los muros hacen «gestos» al espectador o los alzados son «audaces». Es fácil también encontrarse con que una edificación «dialoga con el entorno» cuando, si se trata de una obra emblemática, y en especial si el autor es una firma de prestigio, lo que realmente sucede es que esa obra hace un monólogo y el entorno no escucha. Otro asunto diferente es cuando se dice que una construcción «está adaptada al terreno». Esta afirmación, más prosaica que la anterior, suena a perogrullada porque así es como debería ser siempre, en especial si estamos hablando de puentes. Un buen diseño es el que, cumpliendo con el programa del proyecto, se materializa teniendo en cuenta todos los condicionantes de esa ubicación. Así pues, si cada puente está adaptado al terreno en donde se ubica, ¿por qué cuando se construye uno muy cerca de otro son diferentes entre sí? ¿Es que se han «adaptado mejor» de una forma distinta? 

No es el momento ni el lugar

Cuando un diseñador se enfrenta a la temible hoja en blanco sobre la que empezar a pintar opciones, ha de tomar numerosas decisiones si es que no se las han impuesto ya: la ubicación —no es asunto baladí, si te pones a dibujar una pasarela en Bali y al final quieren un viaducto en Beirut—, el número y lugar de apoyos con los que salvar el cruce y, a veces, incluso el material de construcción. Cada tipología tiene unas características determinadas adecuadas para un determinado rango de luces (distancia entre apoyos), o para un tipo de cimentación, a lo que hay que añadir los condicionantes constructivos por un lado y, por otro, las limitaciones presupuestarias —en general, si no es una obra emblemática y/o no eres una firma de prestigio, siempre las hay—. Con todo esto y muchas conversaciones y reuniones, se llega a un diseño, luego a un proyecto y finalmente a una obra terminada. Con muchísima suerte, el promotor, la opinión pública y la crítica especializada sacarán a hombros a los artífices. «Una gran obra para la posteridad, ejecutada en plazo y ajustada al presupuesto», dijo nadie nunca.

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4 comentarios

  1. Una cosa: El puente de Alcántara no está en Mérida. Está en la provincia de Cáceres. Mérida no es tampoco una provincia.

  2. Si no estoy mal informado, sí que hay un diseño de puente que vale para todo, el puente tipo MOPU. Un diseño de puente tipo para cuando no se dispone de mucho presupuesto, aunque siempre se puede tunear convirtiendo algo sencillo en una catetada a modo de llevar cinturón y tirantes al mismo tiempo. Véase el ejemplo del puente parapléjicos en Toledo.

  3. Jorge Aparicio García

    Gracias por el artículo. Siento profundamente que no sea fácil apreciar, sin suficiente conocimiento estructural en tipología de puentes, las diferencias entre el puente de Dallas y el de Reggio Emilia. Por ponerle un parangón no creo que nadie se atreva a hacer comentario análogo del puente de la Barqueta de Arenas y el de Zaragoza. Siento que no se atreva a reconocer a un genio como Calatrava, al que sólo se denigra en España y del que sólo se aprovechan los críticos y cómicos sarcásticos en chistes fáciles. Así seguiremos nadando en el cainismo y la ruindad intelectual. Me remito al comentario que le hice en su artículo sobre Foster. Espero más de usted.
    Se que tardará, pero cambiará de opinión sobre Calatrava. Quizá si leyera lo que Isaac Peral escribió en su manifiesto, el inventor español podría convencerle mejor con palabras dichas hace más de 130 años. De sabios es cambiar de opinión. Saludos cordiales.

  4. Pingback: V de Calatrava - #PUENTEAEREO

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