
Todos hemos escuchado hablar de los malditos.
La figura del poeta maldito —o el escritor, que para el caso es lo mismo— nació de un poema. De uno de Charles Baudelaire, el flâneur de París que vagabundeaba por la ciudad, recorría burdeles y se emborrachaba para después volver a casa y escribir. Cuando tenía veinte años su padre intentó alejarlo de la mala vida y encauzarlo, por eso lo cargó en un barco con destino a Calcuta: un año y medio rodeado de militares lo iban a enderezar. Subió de mala gana y en cuanto se vio rodeado nada más que de agua y albatros sintió nostalgia de la vida citadina y aprovechó la primera escala para abandonar el barco y volver a París. Necesita la ciudad y sus calles y sus mujeres y sus excesos para ser poeta. Llegó a este mundo hastiado hace doscientos años y sobre ese momento escribió el poema «Bendición» que arranca así:
Cuando, por un decreto de las potencias supremas,
El Poeta aparece en este mundo hastiado
Su madre espantada y llena de blasfemias
Crispa sus puños hacia Dios, que de ella se apiada
Ser poeta es no poder escapar de un destino signado.
Ser poeta es habitar un mundo insuficiente.
Ser poeta es ser un monstruo y también un elegido.
Unos años más tarde Paul Verlaine, también poeta, vuelve sobre aquellos versos de Baudelaire y transforma la bendición del título en lo que es: una maldición.
Verlaine toma a una serie de escritores contemporáneos (entre los que se incluye) y analiza su obra de una manera que nadie había hecho con la literatura hasta entonces, porque habla de los textos pero también de la vida de los autores. Al libro lo llama Los poetas malditos y se refiere con eso a aquellos escritores para los que su genio es también su perdición. Los elegidos son seis: Stéphane Mallarmé, Tristan Corbière, Arthur Rimbaud, Auguste Villiers de L’Isle-Adam, Marceline Desbordes-Valmore y Pobre Lelian (Pauvre Lelian en el original francés, anagrama del autor). Un agrupamiento de escritores que Paul Verlaine pergeñó en 1884 porque deseaba hablar solo de uno: Arthur Rimbaud.
La historia entre ellos había empezado cuando el joven Rimbaud, de diecisiete años, le mandó algunos de sus poemas al señor Verlaine y lo que recibió como respuesta fue un boleto de tren a París. Quería conocerlo. Él y su esposa Mathilde, también de diecisiete, estarían encantados de recibirlo en casa. No terminó nada bien: convivencia, celos, heridas, hachís, disparos, arresto, divorcio. Todo eso durante trece años. El caso es que cuando Verlaine publicó Los poetas malditos venía de pasar dos años en la cárcel por haberle disparado a Arthur Rimbaud —maldito amante y poeta maldito— que para entonces andaba por África, lejos de Verlaine y también lejos de la literatura. «Hoy muchas cosas nos separan», escribe, «sin que, claro está, haya nunca faltado o disminuido nuestra profunda admiración por su genio y su carácter».
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Comprensible y preciso
Indiscutible. Gracias.
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¨Porque las maldiciones actuales son variopintas y extemporáneas, también prescriptivas ya que indican cómo se debe vivir y escribir para recibir la bendición¨.
Genial