De poetas malditos y escritores maldecidos

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poetas malditos
Verlaine y Rimbaud. Detalle de Le coin de table, de Henri Fantin-Latour. The Granger Collection, New York. (DP)

Todos hemos escuchado hablar de los malditos. 

La figura del poeta maldito —o el escritor, que para el caso es lo mismo— nació de un poema. De uno de Charles Baudelaire, el flâneur de París que vagabundeaba por la ciudad, recorría burdeles y se emborrachaba para después volver a casa y escribir. Cuando tenía veinte años su padre intentó alejarlo de la mala vida y encauzarlo, por eso lo cargó en un barco con destino a Calcuta: un año y medio rodeado de militares lo iban a enderezar. Subió de mala gana y en cuanto se vio rodeado nada más que de agua y albatros sintió nostalgia de la vida citadina y aprovechó la primera escala para abandonar el barco y volver a París. Necesita la ciudad y sus calles y sus mujeres y sus excesos para ser poeta. Llegó a este mundo hastiado hace doscientos años y sobre ese momento escribió el poema «Bendición» que arranca así:

Cuando, por un decreto de las potencias supremas,

El Poeta aparece en este mundo hastiado

Su madre espantada y llena de blasfemias

Crispa sus puños hacia Dios, que de ella se apiada

Ser poeta es no poder escapar de un destino signado. 

Ser poeta es habitar un mundo insuficiente. 

Ser poeta es ser un monstruo y también un elegido. 

Unos años más tarde Paul Verlaine, también poeta, vuelve sobre aquellos versos de Baudelaire y transforma la bendición del título en lo que es: una maldición.

Verlaine toma a una serie de escritores contemporáneos (entre los que se incluye) y analiza su obra de una manera que nadie había hecho con la literatura hasta entonces, porque habla de los textos pero también de la vida de los autores. Al libro lo llama Los poetas malditos y se refiere con eso a aquellos escritores para los que su genio es también su perdición. Los elegidos son seis: Stéphane Mallarmé, Tristan Corbière, Arthur Rimbaud, Auguste Villiers de L’Isle-Adam, Marceline Desbordes-Valmore y Pobre Lelian (Pauvre Lelian en el original francés, anagrama del autor). Un agrupamiento de escritores que Paul Verlaine pergeñó en 1884 porque deseaba hablar solo de uno: Arthur Rimbaud.

La historia entre ellos había empezado cuando el joven Rimbaud, de diecisiete años, le mandó algunos de sus poemas al señor Verlaine y lo que recibió como respuesta fue un boleto de tren a París. Quería conocerlo. Él y su esposa Mathilde, también de diecisiete, estarían encantados de recibirlo en casa. No terminó nada bien: convivencia, celos, heridas, hachís, disparos, arresto, divorcio. Todo eso durante trece años. El caso es que cuando Verlaine publicó Los poetas malditos venía de pasar dos años en la cárcel por haberle disparado a Arthur Rimbaud —maldito amante y poeta maldito— que para entonces andaba por África, lejos de Verlaine y también lejos de la literatura. «Hoy muchas cosas nos separan», escribe, «sin que, claro está, haya nunca faltado o disminuido nuestra profunda admiración por su genio y su carácter».

El melodrama había cesado y lo que queda es el libro. Un ensayo donde el intelectual más reconocido de su época cuenta algunas anécdotas pero, ante todo, analiza estilos y habla de poesía. En sus poemas los malditos muestran que lo son. Porque se maldicen a sí mismos, porque no son comprendidos y algunos porque llevan la maldición dentro: los malditos absolutos. Para Verlaine, Rimbaud es uno de estos; 

Por si estas líneas caen casualmente bajo su mirada, sepa Arthur Rimbaud que nosotros no juzgamos los móviles de los hombres, y tenga por segura nuestra aprobación (y nuestra negra tristeza también) de su abandono de la poesía.

La imagen de Verlaine fue tan potente que se extendió como símbolo de los escritores atormentados: para los malditos el genio y la destrucción van juntos. Son considerados malditos todos aquellos poetas atormentados que expían algo de sí mismos y del desacople con el mundo mediante la escritura; también con sus excesos. Pero el tormento no es suficiente. Durante el siglo XX muchos creyeron que, para ser artista, alcanzaba con ser bohemio, sentirse fuera de lugar y no vender libros. Esos serían algo así como los autopercibidos poetas malditos. Pero, retomando a Verlaine, el malditismo reside en los poetas pero se ve en su escritura. Son malditos el conde de Lautréamont y Sylvia Plath, Dylan Thomas y John Keats, John Kennedy Toole y Bukowski, Alejandra Pizarnik y Lucia Berlin. La lista podría seguir pero se entiende: el alcohol, la marginalidad, el rechazo, la locura, la tragedia o la provocación se convierten en un componente indisociable de su obra poética. No son felices y de ahí les viene el genio que produce el hecho estético: una obra única que sale de la oscuridad.

Lo dijimos, todos conocemos a los poetas malditos, pero también existen los maldecidos y eso es otra cosa. 

«La muerte golpeará con su tridente a aquel que turbe el reposo del faraón», estaba escrito a la entrada de la tumba de Tutankamón. Una maldición está hecha de palabras, también la bendición, su contraparte. Son actos de lenguaje: conceder el mal o el bien a partir de lo que se dice es una potestad de los dioses o poderes superiores. También de los tiranos. Por eso es atávico el temor a recibir una maldición, para nosotros y para nuestra descendencia.

Bendeciré a los que te bendigan, y al que te maldiga, maldeciré. 

Y en ti serán benditas todas las familias de la tierra.

(Génesis 12:3)

La maldición es un veredicto del que no nos podemos sustraer y por eso los escritores que son maldecidos son muy diferentes a los malditos de Verlaine. Los que han recibido una maldición poco pueden hacer más que escapar, ya que la escritura no solo no alcanza sino que puede ser su perdición. Los malditos tienen poesía, los maldecidos tienen una marca, una acusación y una condena.

Para este tipo de escritores el tormento no es interior, viene de afuera. Son los acorralados. Oscar Wilde, Bertold Bretch, Walter Benjamin, Federico García Lorca, Boris Pasternak, Ezra Pound, Reinaldo Arenas, Salman Rushdie; la enumeración podría seguir casi indefinidamente con todos los perseguidos por lo que hacen, por lo que piensan o por lo que escriben. 

El siglo que estamos viviendo —un siglo cargado de palabras— ha inaugurado para los escritores y otros artistas una nueva categoría en la estirpe de los señalados. No los enjuicia un gobierno, no los persigue un dictador, no hay una condena de muerte sobre ellos. Los apunta una masa más o menos indiferenciada de vigilantes y moralistas, bienpensantes y maldicientes que examina vidas privadas, incluso con retroactividad. Ni malditos ni maldecidos, examinados.

Hagamos una lista.

A Lewis Carroll le gustaba andar con niñas.

Edgar Alan Poe se casó con su prima de trece años.

William S. Burroughs mató a su mujer de un disparo en la cabeza.

Ernest Hemingway era un masculino tóxico que andaba en safaris y corridas de toros.

Pablo Neruda violó a su empleada.

Louis-Ferdinand Céline era antisemita.

Philip Larkin era erotómano.

Henry Miller, un sexópata. 

Malditos todos. 

En el listado, que continúa, aparece también el joven con cara de ángel desterrado que atormentó a Verlaine, pero el antiguo malditismo de Rimbaud ha devenido en maldición: los vigilantes nos avisan que en África fue vendedor de armas y tratante de esclavos. Dos veces maldito Rimbaud. 

Se revisan cartas y documentos, se inspeccionan diarios. Las obras no se leen, se escanean. Y entonces se van disparando los juicios en la prensa, en un congreso, en las redes sociales y en las aulas universitarias: Virginia Woolf trataba mal a sus empleadas domésticas, Enid Blyton nunca condenó el nazismo, Gabriel García Márquez hizo apología de la trata de niñas, Jorge Luis Borges no escribía personajes femeninos. Porque las maldiciones actuales son variopintas y extemporáneas, también prescriptivas ya que indican cómo se debe vivir y escribir para recibir la bendición.

Un capítulo especial de este fenómeno es la revisión de vidas a partir de la perspectiva de género: ¿cuál era la relación de los autores con las mujeres? Hesse, Dickens, Tolstoi, Brecht, Koestler, Kafka, Joyce, Canetti, Chandler, Nabokov, Naipaul, no trataron bien a las mujeres que los rodearon y eso pone en cuestión lo que han escrito. 

Dos casos actuales nos pueden servir de ejemplo. Uno es el llamado «escándalo detrás de la biografía de Philip Roth». El biógrafo Blake Bailey escribió un libro que trepó rápidamente en las ventas, sin embargo algunos periódicos comenzaron a alertar sobre sus inconveniencias: Roth trataba mal a sus mujeres («las usaba y las descartaba») y Bailey lo justifica. Pero la crítica no se queda ahí. Se dice que al biógrafo le han aparecido denuncias por violación y «comportamientos impropios con niñas de trece y catorce años», entonces  el libro fue suspendido, Bailey acusado y Philip Roth maldecido. 

El otro caso parte del artículo «Predadores con gusto por las adolescentes» de Joyce Maynard, escritora y antigua pareja de J. D. Salinger. Maynard dice allí que se sintió animada por el movimiento MeToo para contar su experiencia con el autor. Escribe que lo conoció a sus dieciocho y a los cincuenta y tres de él, que fue manipulada y que las cartas que Salinger le escribía la indujeron a pensar que la amaba como nadie la había amado en su vida: «Decía que era perfecta y brillante, era su alma gemela y viviríamos juntos por el resto de nuestros días. Yo dejé la universidad, abandoné una beca de estudios de Yale y la gira de promoción de mi primer libro. Me echó menos de un año después, con palabras de desprecio, dejándome en un estado de profunda vergüenza que duró décadas». Maldito Salinger.

¿Cuándo nos comenzó a interesar la vida de los escritores? ¿Fue todo culpa de Paul Verlaine y su obsesión por un chico de ojos azules? 

Hagamos un paralelo entre Verlaine-Rimbaud y Maynard-Salinger. 

Hay cuatro escritores.

Hay dos historias de amor o, por lo menos, dos historias de amantes. 

Hay dos viejos escritores consagrados y dos jóvenes desconocidos. 

Las historias de amor se terminan. 

Hasta acá las coincidencias. 

Con Rimbaud vivo, Verlaine escribe sobre él y, ya lo vimos, crea una de las grandes figuras de la literatura. 

Con Salinger muerto, Maynard lo acusa de pedófilo, lo culpa por sus fracasos, y apunta contra los lectores por seguir leyendo a Salinger.

Verlaine creó a los malditos, Maynard lanzó una maldición.

Después de El guardián entre el centeno J. D. Salinger era una especie de rockstar literario que escapaba de los fans, se recluía en una casa en la montaña y así fue como vivió hasta su muerte, en 2010. Cuando los periodistas lo buscaban les decía que no tenía nada para ellos, salvo sus cuentos y su novela. Desde la tercera edición de su bestseller pidió que retiraran su foto de la contracubierta y omitieran sus datos personales: «Yo he escrito notas autobiográficas y creo que ni una sola vez he dicho nada sincero en ellas». También decía «a mí qué me importa dónde haya nacido un escritor, si tiene hijos, dónde vive y qué hace con su vida». 

Para Salinger, todo lo que importa está en sus relatos. 

Nada sabemos de la vida doméstica de quienes contaron, por ejemplo, la historia de Hércules que fue forzado a realizar doce trabajos imposibles. Ignoramos con quiénes se acostaban los que forjaron sirenas, ninfas y cíclopes para distraer a Ulises. No conocemos el modo de relacionarse con sus parejas de quienes imaginaron a Simbad y a sus siete viajes por los mares del mundo. Tampoco de los que crearon un interminable diluvio que pondría en peligro la continuidad de todas las especies existentes. Durante siglos la literatura fue anónima hasta que no lo fue más y con la modernidad apareció el autor como personaje. ¿Qué importa quién habla?, dijo Beckett y la frase la tomó Michel Foucault para mostrar que en la escritura el sujeto que escribe no hace más que desaparecer.

¿Es posible ahora aspirar a una literatura sin autor? Si el siglo XX estuvo marcado por la obsesión sobre los alineamientos políticos de los escritores, el actual nos encuentra centrados en una manía identitaria. No parece probable, entonces, que podamos quitar la vista de ahí, por lo menos no en el corto plazo.

Me gusta pensar, sin embargo, que con el tiempo el ruido se va a acallar y sobrevivirá como siempre la literatura. Que a los lectores del futuro les llegarán los libros y las historias como a nosotros nos llegaron ilíadas, odiseas, dantes, julietas, shakespeares y quijotes. Anónimos e impersonales, nombres y personajes entremezclados en formas más literarias que físicas. Porque un autor es una idea mucho más completa y compleja que una persona de carne y hueso que toma lápiz, papel u ordenador para hacer cosas con palabras.

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