Cine y TV

James Gandolfini, el santo patrón

James Gandolfini
James Gandolfini. Fotografía de Xavier Torres-Bacchetta.

Tony Soprano se desmayó de angustia el día en que una bandada de patos abandonaba su piscina para siempre. Y, ¿saben qué? En la redacción de la revista, James Gandolfini era nuestra bandada de patos. Cuando un relativamente breve puñado de insensatos e insensatas pusimos en marcha Jot Down hace diez años, no había demasiados puntos de vista que tuviésemos en común: ni en cine, ni en música, ni en literatura… mucho menos en política, religión o a la hora de discutir asuntos de sociedad. En aquella jaula de grillos lo más parecido a un factor de entendimiento era la adoración casi unánime hacia determinadas series de televisión como The Wire, asunto que llegamos a convertir casi en un chiste privado… que dejó de ser privado cuando durante los primeros meses no podíamos evitar nombrar la serie policíaca en (dato aproximado; quizá exagero, quizá no) nueve de cada diez entrevistas. Pero todavía más intenso era nuestro amor hacia The Sopranos, como lo será, supongo, el de cualquiera que se haya interesado en la revolución de los productos de ficción televisiva que se ha producido durante los últimos quince años.

The Sopranos, ante todo, fue la serie que lo cambió todo: al igual que los Beatles rescataron el rock & roll del marasmo a principios de los sesenta, la creación de David Chase y la cadena estadounidense HBO terminó de convencer a cualquier escéptico de algo que, no mucho tiempo atrás, hubiese parecido motivo justificado de anatema entre la comunicad crítica. Esto es, el afirmar con la cabeza alta y el pulso firme que en la televisión se estaba haciendo un «cine» tan bueno o incluso mejor que el estrenado en las grandes pantallas. Siempre ha habido grandes series de televisión, claro está, y en todas las épocas. Pero en el subconsciente colectivo primaba la idea de que existía una superioridad intrínseca de la cinematografía tradicional, a la que se dedica más tiempo y más esfuerzo, que requiere más medios y que tiene muchos más mimbres para producir obras de arte. Durante décadas, efectivamente, el cine atrajo a las personas más talentosas de la industria audiovisual, mientras que la televisión era un criadero de nuevos talentos o un aparcadero para viejas glorias, o sencillamente un ecosistema distinto donde sobrevivían profesionales especializados a quienes desde el séptimo arte se miraría siempre por encima del hombro. 

Esta idea estaba, cómo no, respaldada por décadas y décadas de certeza indiscutible, pues rara era la ficción televisiva que podía mirar de tú a tú a los mejores productos cinematográficos de su mismo momento, si es que había alguna. Y cuando la había, de haberla, era siempre considerada una anómala excepción. Pero The Sopranos fue como la caída de caballo de san Pablo: un momento de iluminación en que comprendimos que la antaño «caja tonta» estaba tomando la delantera artística a las salas repletas de butacas. The Sopranos fue la primera serie de televisión estudiada, exhibida y admirada como obra de arte por el responsable cinematográfico del MoMA, el evangélico Museo de Arte Moderno de Nueva York. Gracias a The Sopranos, la ficción en televisión se hizo mayor de edad.

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5 comentarios

  1. Creo recordar que todo el casting de los Soprano fue reclutado debido a que eran actores secundarios en busca de una oportunidad y con una ficha desmedidamente baja. La carrera de la mayoría de ellos no es que estuviera de bajón, sino que nunca había despegado realmente. Fue un cálculo contable el que los puso a todos juntos ahí.

  2. Maestro Ciruela

    Recuerdo la primera vez que fui consciente de su existencia; fue en la estupenda «La noche cae sobre Manhattan» de Sidney Lumet y en particular, en esa escena cargada de tensión en la que Andy García echa en cara a su padre, Ian Holm y en presencia del antiguo compañero del mismo, Joey Allegretto (Gandolfini), la falta de ética de ambos y el consiguiente deslizamiento hacia la corrupción. La presencia escénica de James, un completo desconocido para mí en ese momento, se me quedó grabada fuertemente. En lo tocante a Los Soprano, recuerdo entre muchas, muchas escenas memorables, aquella de la quinta temporada creo, en la que en lo que parece una agradable comida y sobremesa familiar en casa de su hermana Janice ,alias “Parvati”, Tony no puede evitar sacar su mala leche y arruinar el buen humor de ella sacando a relucir un elemento de discordia, hasta el punto de levantarse de la mesa cuando ya se ha asegurado de haber destruido el “gran ambiente” previo y abandonar la casa al compás de la estupenda “I’m not like everybody else” de The Kinks. La cara de Gandolfini en esa secuencia es la del mismo diablo. Genio y figura.

  3. Algunos de los mejores momentos de Gandolfini en los Soprano son de la terapia. Era muy grande la cantidad de matices que podía desarrollar allí.

  4. Este es el jotdown que recordaba, últimamente dais muchos tumbos mamones.

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