Ocio y Vicio

El jugador y el casino en los superventas de género

PabellonRojo

«Vivo en el pasado, me la suda el presente y me la suda el futuro». Ni es la frase de un loco, ni la de alguien que ha viajado más allá del fracaso. Es la declaración de intenciones de James Ellroy, al resumir en una entrevista su modo de elegir los temas sobre los que escribe. Permanecer ajeno al aquí y al ahora, huir de una sociedad donde la omnipresencia tecnológica es absoluta, es la primera característica que comparten los autores de su generación y la mayoría de los que se dedican a la novela de género. La segunda es emplear el juego y su ámbito de realización, los casinos, como lugar donde sus personajes se desarrollan. Los héroes, los villanos y ahora cada vez a menudo los híbridos de doble moral que nunca son lo que parecen. Y eso lo mismo en el género negro, en el de terror o en el de novela romántica. En el origen de ambas características hay un motivo literario, muy obvio cuando se trata de explicar que un teléfono móvil o una conexión a internet no estropeen el desarrollo de la trama. Y también bastante evidente si consideramos que la gran construcción de personajes en la novela moderna se consolida en el siglo XIX, coincidiendo con el Siglo de Oro de la literatura rusa, y con unas sociedades en que el juego de apuestas era el escenario habitual del ocio social. Tan solo los bailes de salón eran equiparables, y a menudo incluían espacios reservados para que los caballeros asistentes jugasen una mano de cartas.

Dostoievski llevó el escenario y el personaje a su máximo, con un jugador obsesionado, pero su novela no es el canon, sino un extremo que en realidad trasladaba al papel su experiencia biográfica. En el resto de la producción rusa, europea, estadounidense, y en los territorios que aún eran colonias, el casino formaba parte de muchas tramas no para reflejar la adicción al juego, sino para situar el espacio donde las pasiones humanas se desencadenaban. Siempre como consecuencia de que ese era el espacio de relación real de las clases altas entre sí y con los militares de carrera, aspirantes al ascenso social. Los lugares de ocio asociados al juego y las apuestas no eran un fenómeno nuevo, más bien los casinos se consolidaron como espacio arquitectónico una tradición propia de los salones de la aristocracia relacionada con la vida en la corte y las ciudades. Sin que faltara su equivalente rural, espacio de encuentro de burgueses, aristócratas menores y caciques, el casino de provincias bien conocido en nuestro país y que Antonio Machado resumió de forma magistral en su poema «Del pasado efímero», en Campos de Castilla. Luego, durante la segunda mitad del siglo XX, el casino pasaría de espacio de ocio generalizado a opción de entretenimiento, ya no había casinos en cada pueblo y ciudad pero surgían los complejos y ciudades turísticas con su temática como Las Vegas, y luego tras la implantación de internet su versión virtual, incluidos los casinos online de España. En ese paso de uso social generalizado a específico fue donde la literatura de género lo tomó como referencia y arquetipo de sus tramas, reflejando tanto la realidad histórica como recogiendo la tradición literaria.

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