
Casi siempre faltan billetes para estirarse en las camas del Dogu Express. Estas son las cifras del tren más icónico de Turquía: unos cuarenta euros al cambio para recorrer los 1365 kilómetros entre Ankara y Kars —en el extremo oriental del país— en veinticuatro horas de viaje. Es más que suficiente para leer Nieve, la novela que Orhan Pamuk ambienta en Kars, pero no es el célebre y más famoso escritor turco la razón de este viaje, sino los armenios y las que fueron sus tierras. También los turcos y los kurdos, porque son ellos los que las habitan hoy.
En el Dogu Express, campesinos y urbanitas comparten un vagón con varias decenas de asientos en filas de tres butacas que se van quedando frías a medida que se atraviesa la profundidad de Anatolia hasta llegar a Kars. Es el final de trayecto, en el mismísimo corazón de la Armenia occidental histórica, pero ya no quedan armenios allí. Solo edificaciones milenarias, muchas de ellas en ruinas, dan fe de la presencia de una comunidad que fue exterminada a principios del siglo XX, un capítulo de la Primera Guerra Mundial que muchos pasan por alto, aunque hay excepciones. «Nadie se acuerda del genocidio de los armenios», llegó a decir Hitler para justificar su plan para los judíos. Volviendo a los turcos, la suya es una posición tan complicada como la de defender lo indefendible: llevan un siglo intentándolo y, de tanto repetirlo, de tanto acallar las voces discordantes, se lo creen, o justifican el pasado o, simplemente, lo han olvidado.
Se trata de un silencio que escuché de forma atronadora durante los cinco años que pasé como corresponsal en el país. Poner la pluma sobre el genocidio armenio le costó al propio Orhan Pamuk su encausamiento con el artículo 301 del Código Penal turco («insultar y debilitar la identidad turca»). «En Turquía mataron a un millón de armenios y a treinta mil kurdos. Nadie habla de ello y a mí me odian por hacerlo», dijo en una entrevista a un periódico suizo. Luego llegaría el exilio, pero siempre puede ser muchísimo peor. Hrant Dink, periodista y fundador del diario armenio Agos, fue acribillado a balazos en 2007. Entre otras cosas, Agos había tenido el valor de publicar una historia en la que una fuente aseguraba que Sabiha Gökçen, la primera mujer aviadora de combate, la misma que bombardeó a miles de personas en la masacre de Dersim de 1938 y cuyo nombre lleva hoy un aeropuerto de Estambul, era una huérfana armenia. Que la heroína de la República Turca (fundada en 1923 por Mustafá Kemal Atatürk) pudiera serlo era absolutamente inimaginable. Imposible. O no: en 2018, el Gobierno turco permitió el acceso en internet al registro genealógico de sus habitantes. El sistema colapsó y el resultado sorprendió a algunos que presumían de raza y resultaron tener más linaje armenio que turco.
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