
Corre la década de los treinta, en un siglo, el XVII, que no es cualquier siglo. El imperio ha empezado a derrumbarse, la otrora intocable monarquía hispánica ve cómo se acerca el ocaso. El arte ha captado este derrumbe. Sin ir más lejos, si se observa esa novelita que se traduce a los grandes idiomas, esa a la que todos llaman El Quijote, es fácil comprobar que, si bien en su primera parte se mostraba idealista, en la segunda rezuma pesimismo. También hay ecos del naufragio imperialista español en ese tal Quevedo, mitad político mitad poeta, quien unos años antes había hecho correr por las tabernas de la capital un soneto, digamos, crítico con el poder que gestionó la gloria: «Miré los muros de la patria mía, si un tiempo fuertes ya desmoronados». El público también mira los muros de su patria y solo ve escombros. Las viejas comedias de Lope, esas que revolucionaron la escena dramática universal, se desprecian por todos los rincones de la piel de toro, desde el corral de la Cruz hasta el del Príncipe. Nada queda ya del optimismo con el que el espectador asistía a las gestas de los tercios, a las historias de grandeza y amor y vida. Hoy el mundo es más oscuro, y la cultura se deja oscurecer en su barroquismo pesimista.
Por los pasillos de palacio y por la vida de los corrales se pasea un joven dramaturgo, que piensa en todo esto. Se trata, sí, de uno de esos hidalgos que ven en la familia, en el blasón y en el escudo un reflejo de grandeza. Y ese reflejo se pronuncia con un apellido largo: Calderón de la Barca. El dramaturgo, entonces, observa con resignación cómo el mundo en el que un día no se ponía el sol hoy se viene abajo. Pese a su juventud, él también forma parte de ese arte pasado, más renacentista que barroco, donde la gesta clásica tenía hueco. No en vano entre su repertorio pueden encontrarse comedias para glosar aquella gloria cesante, véanse El sitio de Breda o La cisma de Inglaterra. Pero esta falsa loa del imperio ya no sirve. Hay que mirar al país, a su gente, observarla, entender qué ocurre. ¿Cuál es la verdadera identidad del imperio? ¿Acaso vive España sumida en una personalidad que no le corresponde?
Este artículo de nuestro archivo está completo para lectores registrados. Registrarse es gratis y solo lleva un minuto.






En esa obra, el protagonista dice que, ya que no sabe si vive en la realidad o en lo irreal, se va a comportar con ética, que es lo único válido para los dos mundos.
Una lectura de “Verdad y Método” de Gadamer vendría aquí muy bien.
El que se acerca a un texto lo hace desde su pre-juicio. Este pre-juicio va variando según se profundiza (si se hace) en el texto. Se confirma y desmiente nuestro pre-juicio, pero desde luego, la tarea de interpretar la mentalidad del autor o de los lectores de su época es falaz.
“Hubo un tiempo en que los clásicos grecolatinos no fueron bien vistos en la incipiente Europa.”
Esto refleja tu pensamiento, no el de la Edad Media, que fue más que una Edad Media (mito acuñado por los renacentistas para darse autobombo y subrayar su propia importancia). Estaría bien dejar de trasmitir la publicidad del Renacimiento.
Guillermo de Moerbeke o Jacobo de Venecia tradujeron las obras de Aristóteles para la cúpula de la iglesia. Santo Tomás o San Alberto Magno (entonces Papa) requirieron sus servicios un par de siglos antes de que llegara el Renacimiento. El siglo XIII fue antes del siglo XV, ¿no?
El decreto de inmersión lingüística al latín tampoco fue cosa de los medievales, sino del imperio romano que convirtió a las obras de los especialistas griegos en cosa reservada a un puñado de políglotas.
O sea: no hay clásicos “grecolatinos” salvo para nosotros. Hubo clásicos griegos y latinos, unos aparte de otros.
Los romanos no tradujeron apenas obra alguna al latín. Si exceptuamos a Boecio, que tenía en mente traducir por completo el “corpus aristotelicum” y sólo pudo realizar la traducción de las “Categorías” y “Sobre la Interpretación” antes de que lo ejecutaran y el tercio del Timeo traducido por Calcidio, el mundillo latino apenas conoció nada de las obras filosóficas griegas.
Deberías leer a P. O. Kristeller, “El pensamiento renacentista y sus fuentes”, por ejemplo.
Por cierto, la filosofía de Platón fue aceptada por San Agustín allá por el siglo V a.C., diez siglos antes de la inauguración de la Academia Florentina. Los renacentistas eran cristianos integristas que apostaron por Platón, porque ansiaban la vuelta agustiniana a los orígenes del cristianismo. Las generaciones de sus padres y abuelos, afines a Sto. Tomás, fueron proclives a las ciencias y a Aristóteles. Los renacentistas deseaban ante todo revitalizar las espiritualidad.