
Este artículo se encuentra disponible en papel en nuestra trimestral «Aniversario».
Los jóvenes que queman coches han comprendido todo de la sociedad. No los queman porque no puedan tenerlos: los queman para no tener que desearlos.
(Frédéric Beigbeder)
«Piensa en esto» —comienza Julio Cortázar su ‘Preámbulo a las instrucciones para dar cuerda a un reloj’— «cuando te regalan un reloj te regalan un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire. No te dan solamente el reloj, que los cumplas muy felices y esperamos que te dure porque es de buena marca (…) Te regalan —no lo saben, lo terrible es que no lo saben—, te regalan un nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo, algo que es tuyo pero no es tu cuerpo, que hay que atar a tu cuerpo con su correa como un bracito desesperado colgándose de tu muñeca».
Como Cortázar, cuando el maestro Pedro Izquierdo (Madrid, 1952) arregla un reloj, tampoco arregla solo un reloj. «Prueba a abrir los cajones de cualquier casa y encontrarás un reloj», dice. «Puede que esté viejo, estropeado, inservible. Pero ahí están, guardados. Nadie se atreve a tirarlos». En realidad Pedro arregla todo lo que rodea al reloj, aunque no tenga ningún valor material y aunque el hacerlo no le reporte ningún beneficio palpable. Como Cortázar, Pedro arregla los relojes porque sí.
El maestro Izquierdo comenzó a husmear entre agujas y correas a los catorce años, como aprendiz de un veterano relojero de Vallecas. Su padre era profesor, así que Pedro se negaba a estudiar. «Siempre fui contestatario. Reboté», dice sacando un cigarrillo. En la pared de detrás, entre péndulos, herramientas y piezas, un retrato del Ché Guevara. «Soy uno de los últimos. En España puedo contar cuántos maestros relojeros somos con los dedos de una mano… y me sobran». Conoce todo sobre la mecánica, el funcionamiento y la historia de medir el tiempo. «He arreglado miles de relojes, diría que cientos de miles». Su anhelo, sin embargo, se sitúa a mayor altura. Literalmente. «Quiero restaurar todos los relojes de torre de España. Ya lo he hecho con muchos, pero hay otros tantos ayuntamientos que no tienen dinero para pagarlo. Hay otras prioridades». Su orgullo reside en la catedral de Toledo, la Plaza Mayor de Madrid y La Cartuja de Sevilla. Sus agujas giran gracias a las manos de Pedro.
Ser relojero representa para Pedro una personal resistencia al sistema, una casi metáfora revolucionaria. Su oficio se aferra a lo sentimental sin buscar constantemente el porqué material. «Nadie arregla hoy unos zapatos o un paraguas —dice Pedro— ni siquiera arreglamos un microondas, pero los relojes… ».
Este artículo de nuestro archivo está completo para lectores registrados. Registrarse es gratis y solo lleva un minuto.






Un escrito sensible y romántico para combatir esta vorágine de prisa e incertidumbre. Somos el tiempo que nos queda.
Leo JotDown mientras como, y alimento cuerpo y mente, un gusto, gracias Nacho
Me encantaría leer un artículo similar cambiando la “necesidad de consumo” por la “necesidad de experiencias”
Veo en mi generación una frustración igual o mayor que la descrita, porque todos creemos merecer y tener la obligación moral de buscar la felicidad através de la vocación
(Búsqueda j**ida donde las haya)
Bo día
:)
El amigo Pedro también se deja llevar por la vorágine capitalista, su mosca (por citar una de sus creaciones) esta en un precio que es el triple de lo que vale.
Estando de acuerdo con la mayor parte del artículo hay cosas inexactas. No es cierto que haya una bombilla que no se rompa y esté en otro cajón. No hay obsolescencia programada, hay productos fabricados con malos materiales para que salgan más baratos. Y más fáciles de consumir.