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Terror solar: los nuevos escenarios del miedo a plena luz 

terror solar
Christopher Lee en The Wicker Man, 1973. Imagen: British Lion. sol

Daylight is nobody’s friend. God comes in like a landlord and flashes on his brassy lamp.

(Anne Sexton)1

¿Os habéis preguntado cuál fue la primera vez que sentisteis miedo? En mi caso, debía de tener alrededor de siete años y, aún ahora, mientras escribo, no puedo evitar estremecerme al recordarlo. Sucedía de noche, cuando me iba a la cama. Yo remoloneaba todo lo posible para atrasar ese momento y, como ya había aprendido a leer, utilizaba los libros como excusa para quedarme despierta el mayor tiempo posible. Pero llegaba el momento en que mi madre venía a avisarme de que se hacía la hora de dormir y apagaba la luz. Entonces, me quedaba con los ojos abiertos en la cama, escudriñando las sombras. En ese momento, mi imaginación reparaba en pequeños detalles en la oscuridad de mi habitación: una prenda colgada en el perchero que parecía tomar una forma humana; la cara del payaso en lo más alto de la estantería, cuya mirada estaba segura de que me seguía, o la puerta del armario que amenazaba con abrirse para mostrar algo terrorífico al otro lado.

Aquellas sombras me perturbaban porque podían transformarse en cualquier cosa para atormentarme. No era capaz de controlar mi corazón acelerado, ni podía evitar sentir escalofríos en la espalda. Tenía miedo, pura y llanamente, uno incontrolable, porque me sentía a merced de aquellos seres imaginarios. Cerraba los ojos e intentaba no moverme con la esperanza de que, si conseguía no llamar su atención, me dejarían tranquila una noche más.

Al reflexionar sobre este recuerdo, mi primera reacción fue achacar mi miedo a la oscuridad. Después de todo, se trata de uno de los tropos más utilizados y reconocidos que asociamos a las historias de terror. Pensémoslo: un lóbrego sótano, una cripta siniestra, un desván lleno de telarañas, un bosque al anochecer, una mazmorra sin luz, el espacio oscuro bajo la cama. Todos ellos tienen una cosa en común: la falta de iluminación, uno de los recursos más evidentes del género.

Sin embargo, al profundizar más, he comprendido que lo que alimentaba mi miedo no era la oscuridad en sí, sino la poca luz que me permitía distinguir contornos y siluetas. Era esa indefinición provocada por el resplandor de las farolas de la calle que se colaba entre las lamas de la persiana o por la luz del pasillo que atravesaba el umbral. 

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2 comentarios

  1. Los Otros, de Amenabar, es uno de los mejores ejemplos cinematográficos de Fotofobia. En esa película, por lo menos, hasta la revelación final, el mundo en blanco y negro invertido que construye, consigue que miremos la luz blanca como algo espantoso ….

  2. A plena luz del día y en un escenario de lo más ensoñador, transcurre Quien puede matar a un niño de Chicho Ibañez Serrador. Una de las películas más terrorificas que he visto.

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