
El humor, cuando es bueno, es la otra cara del terror. Es imposible el uno sin el otro. Por eso, las situaciones más terroríficas muchas veces nos producen risa.
(Juan José Millás)
Hablaba el otro día con un compañero de profesión de las dificultades con las que nos encontramos a la hora de crear una historia que cale por igual en la mayor cantidad de gente posible; contar historias es como hacer una paella, nunca está al gusto de todos y pueden lapidarte en nombre de los cultivadores de arroz bomba a la que te descuides.
Esto de los oficios creativos es igual, salvo por un detalle mínimo: lo único que no puedes permitirte es un meh. Y, en el (sub)género que nos atañe ahora mismo… menos aún.
Convenía con mi compañero en la gran diferencia que existía entre nuestras narraciones y las de otros dedicados a géneros de distinto corte. Donde algunos apelan al cerebro o al corazón, nosotros nos centramos en las tripas.
No se confundan, no estaba charlando con otro escritor de terror, no. Lo hacía con alguien volcado en lo humorístico, el nunca suficientemente alabado Sergi Álvarez. Y ambos coincidíamos en las grandes similitudes entre dos géneros tan (al menos en apariencia) dispares. Tal vez sea por eso que, con mayor o menor fortuna, se los ha introducido juntos en la olla a presión de la literatura y el cine en tantas ocasiones, aunque el resultado, lamentablemente, muchas veces haya provocado alguna que otra indigestión.
Cocinar una buena comedia de terror es todo un arte que exige oficio y mesura; cualquier vaivén puede desparramar el trabajo de meses y los desequilibrios suelen producir acidez (miren, si no, el fenómeno de Cazafantasmas (Ivan Reitman, 1984) y de Gremlins (Joe Dante, 1984), llevamos décadas sin ponernos de acuerdo en qué son exactamente y debatiendo si ahí hay algo de terror o son solo comedias con bichos). Lo mismo ocurre con productos como El fantasma de Canterville (Oscar Wilde, 1887), Bitelchús (Tim Burton, 1988) y Orgullo y prejuicio y zombis (Seth Grahame-Smith, 2009): predomina la estética por encima de la vocación de aterrorizar, y eso, le pese a quien le pese…, terror no es.
Tim Burton es un especialista en el tema de combinar (para mal) ambos géneros. Ya fusiló en su día la considerada primera gran comedia de terror, en palabras de Bruce G. Hallenbeck, esa obra maestra de Washington Irving que es La leyenda de Sleepy Hollow (1820), además de quitarle toda la gracia y el sentido de lo macabro a Sweeney Todd: el barbero diabólico de la calle Fleet (Stephen Sondheim, 1979).
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Las comedias de terror no abundan, porque las escriben ya las noticias.
Hoy muere Dragó y no he recibido la nueva a carcajadas, pero los más tibios comentarios que he leído le desean que descanse con la misma paz que deja. La tragedia se vuelve sin querer en comedia.
Después leo la última de la guerra de Ucrania en donde el ejercito del fascista Putin sigue combatiendo en contra del ejército nazi de Zelenski al que no entiendo muy bien por qué debe apoyar la UE. Salen los estadounidenses diciendo que la OTAN no se rendirá jamás y sólo les ha quedado añadir «hasta el último ucraniano». Los estadounidenses tienen pendencia con los rusos, pero ¿qué pintan en esa fiesta los europeos? Y los que pintan como UK o Polonia, probablemente no deban estar en la UE.
Si te pones a leer las noticias es suficiente comedia de horror, ¿no te parece?
Tamames y Vargas Llosa pasan a la final.
¿Qué retorcido malabarismo le ha impedido a la autora del artículo dedicar siquiera una triste línea al más jocundo festín terrorífico-humorístico y, para mayor mérito, musical que es «The Rocky Horror Picture Show»? Un festival de referencias cinematográficas, desvergüenza absoluta, hedonismo sin inhibiciones y narrativa descacharrante. ¡Por Chtulu! Es el film de culto por antonomasia. Pase la omisión de «Arsénico por compasión», otro clasicazo del humor macabro, pero el film de Jim Sharman ha de estar, sí o sí, en cualquier espacio donde risa y miedo se den, más que la mano, un libidinoso morreo. Ruego se repare el desaguisado.
Ay, que te has olvidado de Re-Animator, de Stuart Gordon.
Pues a mí me gustaría felicitar al autor y expresar que como siempre no llueve a gusto de todos, pero me parece que el trabajo de encontrar material cinematográfico y literario sobre el tema está muy conseguido y he conocido varias referencias, especialmente escritas, que tienen buena pinta.
Gracias!