Cine y TV

Ciudad de perdición: todos los soles son amargos

Ciudad de perdición
Martin Scorsese y Robert De Niro durante el rodaje de Taxi Driver, 1976. Fotografía: Steve Schapiro / Getty.

La disconformidad de Yahvé configuró las ciudades del futuro. En Blade Runner (a movie), el escritor William S. Burroughs daba cuenta de todo un inventario de revueltas callejeras y descontento a partir de la imposición microscópica de un poder dispuesto a modo de red, en la que el tedio, como forma resignada de la moral, la pasividad programada y un bienestar capaz de suprimir todo deseo que se propagara más allá de los bienes materiales se convertían en razones de Estado. Experto en topografías de territorios caóticos, de interzonas en las que agentes encubiertos se deslizan de un mundo a otro —como si muchos de sus personajes fueran el destilado de horas ensoñadas bajo el influjo del opio en un tugurio de Tánger en el que rostros demoníacos son la representación de conjuras futuras que por fin pongan en jaque al poder—, Burroughs supo diseñar con precisión el malestar insondable de una humanidad doblada bajo el peso de extrañas maldiciones, compuesta por carceleros o ambiguos representantes de una resistencia que tiene lo que podríamos llamar alma como último tesoro que preservar. El libro mencionado es un artefacto irrepetible, un híbrido entre guion de cine, literatura y filosofía, cuyo supuesto fue la pretensión de adaptar a la pantalla grande The Bladerunner, una novela del poco recordado Alan E. Nourse

En principio, Blade Runner (1982), la película de Ridley Scott —dejemos para los interesados en curiosidades baratas la mención de la inocua y falsa continuación perpetrada por Denis Villeneuve— toma el título de ese opaco reservorio de olvidos y realizaciones truncas: una novela que nadie leyó, un film nunca rodado, una revolución muerta antes de nacer. Pero en realidad el film de Scott hace mucho más que eso. En la ciudad babélica, lo primero que se pierde es la idea de comunidad. Ese dios iracundo que anticipa en su carácter inflexible al del Apocalipsis de Juan ha ejercido su condena. Nadie entenderá nada, nadie colaborará con nadie, todo esfuerzo humano estará destinado al fracaso. Los rascacielos son la marca de la ignominia: se vivirá para siempre en la infelicidad, en una trampa con ventanucos, bajo el yugo del miedo, en la anomia escandalosa que ofende la natural inclinación gregaria de hombres y mujeres. La tristeza de la ciudad, ese sueño de conquista, esa formidable invención que pretendió llenar de esperanzas el corazón, ha quedado establecida. Rimbaud lo recuerda en unos versos de su poema «El barco ebrio» —su elogio a las grandes distancias marítimas, a los horizontes ígneos, a la urgencia por perderse en una inmensidad de salitre custodiada por aves fabulosas y cuya violencia es en realidad una invitación lujuriosa a la libertad y la aventura—, cuando describe a un niño que está en cuclillas ante un charquito en la calle y que «lleno de tristeza, deja ir un barco tan frágil como una mariposa de mayo».

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5 comentarios

  1. Pingback: Ciudad de perdición: todos los soles son amargos - Frases de Amor

  2. Jose M Villascusa

    Servidor, que es un pequeño aficionado al cine y la lectura, tiene una pregunta, ¿Blade Runner, no está basada en “Sueñan los androides, con ovejas eléctricas” de Philip K. Dick”

  3. Al parecer al escritor de le escapó Blade Runner 2049; pero carece de importancia. Los críticos masacraron Blade Runner cuando salió. Qué fue de ellos?

  4. El estado de la seguridad ciudadana en Nueva York en los años 70 y 80, y en especial el metro, sí dio lugar a un verdadero género cinematográfico.

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