
Tratar de marcar un punto de inicio preciso a la labor literaria de Alejandro Zambra (Santiago, Chile, 1975) resulta tarea imposible, porque a poco que uno empieza a indagar en su obra se ve conducido a su vida y, de ahí, a un origen enraizado casi en el despertar de su conciencia. O antes, incluso: en la historia de Chile, en la de una joven que luego sería abuela y animaría a todos sus nietos a escribir, en ese algo que transmite la música y se concentra en la poesía, en lo que se recuerda, en lo que se inventa… De ahí que Alejandro Zambra escriba novelas impregnadas de poesías, poemas que beben de la ficción, o relatos híbridos entre el cuento y la autoparodia. Puede que de tal confluencia indisociable entre la vida privada y la literaria surja su estilo reconocible, con esa habilidad que tienen las palabras presentes en Bonsái (2006), Formas de volver a casa (2011), Mis documentos (2013), Facsímil (2014), No leer (2018), Poeta Chileno (2020) o las de su última publicación en nuestro país, Literatura infantil (2023) [todas ellas publicadas por Anagrama] de pegarse a nuestro interior y no soltarnos, cimentadas en unas estructuras aparentemente sencillas, radicalmente cotidianas, misteriosamente familiares.
Aunque actualmente reside en México, ha visitado recientemente España con motivo de la Feria del Libro de Madrid, visita que nosotros aprovechamos para citarnos con él en uno de los acogedores salones del Instituto Tramontana, donde, durante más de dos horas, conseguimos transgredir la dinámica de una entrevista para convertirla en conversación.
«No me gustan las entrevistas, pero me gusta que empiecen, porque significa que en algún momento van a terminar». Eso escribiste en el relato «La novela autobiográfica», dentro de Tema Libre. ¿Qué es lo que más te disgusta de las entrevistas?
[Ríe] Que son lo contrario de una conversación y por momentos parecen una conversación. Pero me encantan las entrevistas, como lector, como espectador… Es solo cuando me toca a mí ser el entrevistado que me resulta una situación confusa. Si esto fuera una conversación yo te escucharía y la expectativa sería distinta y el tiempo funcionaría de otra manera. Y hay también algo con el tono… Yo hablo mucho con el tono y eso suele perderse, no registrarse, se pierden los matices… Y luego, además, más generalmente, lo que hago es escribir. Entonces, de pronto, una entrevista puede cobrar más relevancia que lo que dices es un libro, y lo que dices en un libro es, al menos para quienes nos dedicamos a escribir libros, muchísimo más importante. Una entrevista y una novela están hechas con palabras y de pronto esas palabras rivalizan o pueden rivalizar. Pero, por otra parte, me gusta tanto conversar, o creer que estamos conversando, que entonces una entrevista es una trampa perfecta.
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Lo último, no es así. Esto está en un libro del escritor francés Ignace Lepp. Ni recuerdo el nombre del libro. Lo leí hace un montón de años. A finales de los años sesenta. Lepp cuenta que va a la consulta de un psicólogo. Como eran amigos, se fueron, si mal no recuerdo, a tomar un café. «Bueno», le dice el paciente a su psicólogo, «ya hemos hablado mucho de mi, ¿qué te parece mi último libro?» Entonces, en este caso, la historia tiene sentido.