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Delonte West: lo llamaban loco

Delonte West en 2012. Foto Cordon.
Delonte West en 2012. Foto: Cordon.

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Tanta gente abarrotaba el vestuario que abstraerse del alboroto era imposible. Salvo para él, que poco antes había salido de la ducha y ocupaba empapado su taquilla con la mirada perdida. Una toalla cubría sus piernas, sobre las que apoyaba los codos cruzando las manos como en lunática oración. Estremecía descubrir sus tatuajes, el mayor de los cuales le rajaba el pecho desde los hombros. Permanecía inmóvil, ensimismado, y no parpadeaba. Era como si no estuviese allí. Me impresionó tanto que me quedé observándole. Y con tan poca discreción debí de hacerlo que cuando levantó la mirada lo hizo hacia mí, clavándome sus ojos y dejándome helado. Encerraban un doloroso misterio. Y esa misma escena se repitió sin falta la decena de veces que pude ser testigo. No era que tuviese prohibido hablar. Era algo más inquietante que toda prudencia, algo que solo le pertenecía a él.

Puede que todo empezara a torcerse dos años atrás. En la pretemporada de 2008, de estreno con los aspirantes Cavaliers, explotó contra un inocente árbitro de instituto que alquilaban para regular partidillos de entreno. Aquel repentino estallido de furia por el que tuvieron que detenerle era tan anormal que despertó una fuerte sospecha. Desapareció varios días, fue sometido a psicoterapia y el diagnóstico devolvió un trastorno bipolar. Su mal venía de atrás, había buscado ayuda, echado valor y confesado abiertamente el problema a los micrófonos. Pero hacerlo en aquella jungla viril le condenaría, poco a poco, al prejuicio, el rechazo y la distancia, una mezcla que lejos de mejorar las cosas alentó el polvorín que latía en su interior.

Ni blanco ni negro, Delonte West no era como los demás. Descendiente de los nativos piscataway de la bahía de Chesapeake, hoy Maryland, era uno de los apenas dos centenares de miembros que en el censo de 1980 aparecían ya mestizados. Esa diferencia étnica imantaba las crueldades tempranas, interiorizando las burlas en edad escolar por su ardiente pelo rojizo, las orejas de soplillo, su piel moteada y una enorme verruga en la nuca que eliminó con su primer dinero profesional en los Celtics de 2004. Para aliviar la primera soledad pidió a su hermano mayor, Dmitri, que se trasladara a Boston con él. Hacía no mucho que Dmitri había conocido a una mujer, pero ahora contaba con todas las facilidades que un hermano en la NBA puede proporcionar. Una tarde, al volver del entrenamiento, Delonte supo que se había largado dejando una nota: «Esta vida no es para mí». Al cabo, Dmitri contrajo matrimonio en Washington para formar una familia normal. Costaba entender que Delonte envidiara a su hermano. Pero con el tiempo lo haría, aprendiendo que el dinero y la vida en la NBA actúan de freno a la madurez hasta incluso detenerla. Hacen olvidar todo cuanto uno sabía hacer antes, hasta freír un huevo.

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3 comentarios

  1. Gran triste historia, gracias.

  2. Cuándo se escribió este artículo? Habla de que «el pasado marzo» regresaba a la D-League (la cual se llama G League desde 2017), y Delonte no está pa tocar un balón de baloncesto desde hace por lo menos 5 años… Aparte de que no se dice nada de su descenso a los infiernos, cuando salieron videos de él mendigando en la calle, cuando Cuban lo acogió en su casa, etc…

    • Este artículo fue publicado originalmente en la Jot Down Smart de octubre de 2015 y forma parte de un libro («Secretos a contraluz. Claros y sombras en la NBA»).

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