
Este artículo es un adelanto de nuestra trimestral Jot Down nº 47 «Locomotive»
Me gusta el tren por literario. Porque de todos los transportes posibles, quitando las alas de Ícaro, es sin duda el que ha generado más metáforas, más imágenes que nos transportan a velocidad supersónica desde el sentido figurado hasta el corazón de la realidad.
No puedo perder ese tren, me dijo aquel novio. Ese tren era una chica con ceniza artificial en el cabello, sin rastro de depresión, con una larga tradición familiar de acumular billetes. El dinero es la metáfora que más sentidos imaginarios ha hecho fermentar a lo largo de la historia, más que la palabra corazón. Imantada al suelo, le di mi bendición, agité el pañuelo desde el andén, componiendo con orgullo una última estampa.
Hasta el siglo XVII se pensaba que los imanes tenían alma, ¿cómo, si no, eran capaces de atraer y repeler?
Lo último que supe de él es que peleaba por la custodia de sus hijos en los tribunales.
A veces es bonito ver pasar trenes. Perderlos todos.
Me gusta el tren por democrático, podría decirse que la literatura también lo es, no hay alcurnia que libre de un destino trágico en las novelas. El tren es multiclase, sobre todo en contraposición con el avión, donde todo tiene ecos de un ridículo elitismo. Por más que al viajero lo sometan a una humillación que empieza con las horas de espera (¿tal vez patrocinadas por Twitter), continúe en los controles del aeropuerto, lo más cerca que estaremos nunca de sentirnos auténticos criminales (tal vez patrocinados por los servicios de reinserción social), y termine en esos sillones de tortura donde el cuerpo acaba confesando todos sus pecados (tal vez patrocinados por la Sociedad Española de Trombosis y Hemostasia).
Que estás como un tren, me dijo mi amiga que había dicho Juanito, un compañero de quinto que ni siquiera me gustaba. Y aun así, se me subieron los colores a la cara, y mi corazón se aceleró como un AVE con retraso. Era el mejor de los tiempos, el peor de los tiempos, era la infancia, donde las sensaciones laten con tal estruendo que ahogan el pensamiento. Y estás como un tren era solo un piropo excitante, hoy viejuno, un piropo que aún no se había cargado de connotaciones filosas. Y el deseo, un juego inofensivo, una sed sin nombre, una promesa de explotar en algún lugar del futuro.
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Gracias por el sugerente viaje.
«El tren/Un día yo quise viajar en él/Subí despacio y me acomodé/Vi rostros deshechos de satisfacción/Si controlas tu viaje serás feliz»
No hay duda. Voy por el camino que es. El único que podía tomar. El camino evidente. El camino marcado con rayas blancas y con semáforo en verde. Era el único camino posible, no quedaba otra cosa que hacer. Y sí, hay cierta seguridad en mi alma al haberlo tomado. A ver, siento que me he montado en el tren (“que va a ninguna parte”, diría Sabina) correcto, que tengo un buen asiento con ventanilla, que partí a tiempo, aunque un poco enredado con las maletas, un poco trastornado ante lo engorroso de los trámites, yo que siempre viajo ligero. Sin embargo, no lo puedo negar, no me puedo hacer el indiferente ni el loco con ese hálito de tristeza ahí adentro. No, no es un escándalo de tristeza, no es esa que a uno sacude en llanto, no es tristeza ésta a la que se le salgan los mocos. Es como si me hubiera quedado en la estación, con el pañuelo en blanco, despidiéndome a mí mismo, sabiendo que ya no estaré más en esa historia que era como un centro, como una constelación, mi vía láctea. Miro por la ventanilla, entiendo a las vacas seguras en su pasto, entiendo a ese hombre que labra la tierra y la sabe fértil y agradecida en sus frutos. Yo, mientras, no tengo cinturón de seguridad en este tren destartalado que me lleva. Y sí, quiero llegar y caminar por tierra firme, pero sé que la ruta es larga, quizás con escalas. Y mientras me despido en la estación con el pañuelo en alto, en realidad ya llevo horas en el tren recordando que alguna vez hubo una estación donde estoy despidiéndome, a sabiendas de que dejé pasar demasiados trenes, pero que ahora sí, ahora tengo asiento asignado con ventanilla. Y rumbo.