
Cuando llegaron a Rabat, la ciudad todavía no se llamaba así. Se llamaba Salé y era una auténtica ruina. Los antiguos almohades habían querido levantar una urbe esplendorosa en aquel lugar, donde el río Bu Regreg desemboca en el Atlántico, pero luego se echaron atrás y dejaron su construcción a medias. Cuatrocientos años más tarde, solo quedaban unos cientos de viviendas en pie. Y ni siquiera pudieron instalarse en ellas. El sultán de Marruecos les había cedido la alcazaba, una vieja ciudadela enriscada frente al océano. Era una reliquia desolada, pero eso daba igual. Llevaban más de mil kilómetros a sus espaldas. Con un pedazo de suelo bastaba. Y si encima tenía murallas, mejor que mejor. Después de reconstruirlas, no podrían echarlos. Mejor dicho: volver a echarlos. Eran refugiados. Y apátridas. Tres mil aproximadamente. Viejos, adultos y adolescentes, pero niños no. Hasta eso les habían quitado.
Era el año 1614. Los otros dos grandes puertos de la fachada atlántica de Marruecos, que eran Larache y la Mamora, habían caído bajo el control de España. Y las flotas de corso que solían atracar en ellas ahora tenían que hacerlo en el pequeño puerto de Salé. Con ellas habían llegado los llamados renegados: europeos que habían renunciado a su patria y a su fe para abrazar el islam y practicar la piratería. La mayoría, de origen holandés. Los refugiados aprendieron de ellos el oficio. Y prosperaron. Tanto que en 1626 se desembarazaron del caíd, el gobernador local, y convirtieron su alcazaba en una diminuta república independiente. No tenían sultán ni rey. El gobierno de Salé lo ejercía un consejo, el Diván, formado por dieciséis personas elegidas entre la ciudadanía. Las riquezas del Estado se reinvertían en la flota y las infraestructuras de la casba. En poco más de diez años, un contingente de desarrapados se había convertido en el pueblo más próspero de la Berbería de Poniente. Y en la república corsaria más temida del Atlántico. Tienta llamarlo utopía. Y en el siglo XVII, más todavía. Pero no lo era. Las utopías son fruto de la voluntad. Ellos estaban allí porque no les quedaba otro remedio.
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Entré con pocas expectativas, pero salgo entusiasmado…
Es una de las mejores historias que he leído en JD. Por desconocida y por loquísimo todo, desde la limpieza étnica Habsburgo hasta lo de ir a capturar vikingos para el mercado de esclavos de África del norte.
Me han dado una lección de Historia sin que me haya dado cuenta: eso significa que el profesor es bueno.