
Efectuemos un ejercicio sencillo: evocar mentalmente la figura de un explorador adentrándose en junglas inhóspitas. La imagen resultante será bastante precisa, porque la apariencia del aventurero arquetípico se ha moldeado en nuestra cabeza a lo largo de los años gracias a grabados en los libros de historia, a retratos de personalidades con renombre y a Jumanjis cinematográficos. Por culpa de todo ello, el explorador estándar ha adquirido un aspecto escrupulosamente específico en nuestra cabezas: el de un caballero británico de bigote frondoso, vistiendo un chaleco color caqui con más bolsillos de los que requiere una mente sana, enfundado en unos pantalones bombachos impropios de una sociedad civilizada, calzando botas altas, armado con un machete de proporciones optimistas, y coronado por el socorrido salacot, esa variante para safaris del casco de obra. Una imagen mental que históricamente no anda nada desencaminada del outfit real, porque así es como vestían a finales del siglo XIX aquellos occidentales caucásicos que se animaban a tantear el turismo selvático. Esas son las pintas con las que se dibuja en las ilustraciones a Henry M. Stanley espetándole al único blanco de una tribu africana el famoso, y muy perspicaz, «Doctor Livingstone, supongo».
Trasladémonos ahora a la selva sudafricana de 1893. Una figura solitaria avanza con espíritu aventurero entre la broza, conformando con su mera presencia una fabulosa anomalía. Para empezar, porque se trata de una mujer, algo llamativo en una época donde no estaba especialmente bien visto que las féminas se arrojasen a ese tipo de peripecias. Y para continuar, porque dicha excursionista luce un aspecto afincado con firmeza en las antípodas del ropero que se le presupone al explorador clásico.
Aquella dama ha decidido cruzar alegremente la jungla embutida en un aparatoso vestido victoriano con todos los extras incluidos: un corsé, una blusa oscura de algodón engalanada con bordados y encajes, un chal cabalgando los hombros, varias capas de enaguas apiladas bajo una voluminosa falda de lana negra que se despliega hasta los tobillos, cabello recogido bajo un sombrero de piel amarrado a la barbilla lazo mediante, y una sombrilla a juego con todo lo anterior. Aquella mujer se llama Mary Kingsley. Tiene origen británico, interés en lo desconocido, pintas de estar a punto de asistir a un convite de tacitas de té, pasión por el riesgo, los ovarios bien gordos y una opinión muy firme sobre cómo deben engalanarse las señoritas a la hora de cruzar territorios salvajes: «No tienes derecho a andar por África vistiendo cosas que te daría vergüenza ponerte en tu tierra».
Este artículo de nuestro archivo está completo para lectores registrados. Registrarse es gratis y solo lleva un minuto.






Muy interesante artículo. Nunca antes había oído hablar de esta mujer tan especial, que se presenta como todo un desafío para las cuadriculadas mentes de los radicales que a izquierda y derecha infestan esta revista, por lo que deduzco que apenas tendrá comentarios. Por cierto, me ha llevado a leer algo sobre los horrores de las guerras anglo-boers. ¡ Madre mía, el colonialismo británico ! ¡ Qué leyenda negra hay ahí, para quien quiera escribirla !