
En junio de 1986, la entonces ministra de cultura del gobierno griego, Melina Mercouri, se dirigió a los miembros de la Oxford Union con un discurso muy razonado en el que les pedía su apoyo para el regreso de los mármoles de la Acrópolis a Atenas. Su empeño, desde que fuera nombrada, se centró en la restitución de aquello que, según sus palabras, formaba parte de la identidad helena y era símbolo de su cultura, unas piezas enviadas a Londres a principios del siglo XIX por lord Elgin, embajador británico ante el Imperio otomano, con la excusa de preservarlas de la barbarie de la guerra.
Los frisos y otros fragmentos viajaron entonces de un extremo a otro del continente en un espacio geográfico bastante reducido, aunque el lugar de salida y el punto de destino pertenecían a culturas entre las que mediaba un abismo, casi tanto como el que existía entre los países europeos y las tierras lejanas que formaron parte de los imperios que estos construyeron a partir del siglo XVI.
Los colonizadores occidentales, en sus distintas variantes, se apropiaron de toda clase de objetos identitarios de los pueblos que dominaron, persuadidos del derecho de apropiación del conquistador, por las bravas o pacíficamente, como botines de guerra o incluso como regalo de sus habitantes. Además de los recursos que podían enriquecer sus economías —una vez hallada la alternativa a la Ruta de la Seda—, los barcos y los convoyes de carros transportaron piezas salidas de la mano del hombre cuyo valor trascendía generalmente el material del que estaban realizadas. Napoleón se llevó a Francia hasta unos obeliscos, los arqueólogos alemanes trasladaron piedra a piedra la puerta de Istar, la bellísima Nefertiti acabó en Berlín y no hay museo que se precie que no tenga unas cuantas momias egipcias. La reina María Cristina de Ausburgo recibió en 1892 el tesoro de los Quimbayas como regalo por haber intermediado en un conflicto fronterizo entre Colombia y Venezuela y el vistoso penacho de Moctezuma ha terminado residiendo en Viena. Todo ello, o casi todo, bajo la etiqueta de actos lícitos y, por lo tanto, legalmente irreversibles.
Las culturas de ultramar se fueron conociendo e integrando en el viejo continente y muchos de sus rasgos causaron gran impacto en el arte europeo. La pintura recogía la diversidad de otros mundos mientras literatos y artistas plásticos viajaban en busca del exotismo que sustrajera la creación del aburrimiento de las tradiciones. Pero los conflictos generados entre países por la posesión o el dominio de las colonias eran constantes y unas veces se resolvieron de manera pacífica —los repartos de África de 1885— y otras acabaron en guerras lejanas o tan cercanas como la que asoló Europa entre 1914 y 1918. Las pugnas y contiendas fueron a más y a partir de la Segunda Guerra Mundial, los movimientos descolonizadores arreciaron con una fuerza extraordinaria para cambiar por completo el mapa histórico de los dos siglos anteriores.
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El artículo está muy bien (aunque más le valdría al Thyssen cambiar su discurso con el Pisarro), pero «decolonizar» y «descolonizar» es exactamente lo mismo. Ese prefijo a veces toma una «s» y a veces no, aunque en español suele tomarla y la está perdiendo por influencia del francés o del inglés, que no la toman nunca. Me gustaría tener referencias de esa resignificación de «decolonizar» que no sean «Oh, se me acaba de ocurrir». Solo es una forma más moderna (y menos etimológica, y más seguidista de otros idiomas) de «descolonizar».