
En el año 53 a. C., el ejército romano fue derrotado por las tropas partas cerca de la ciudad de Carras, la actual Harrán, en Turquía. Aquella derrota frenó la expansión de Roma hacia Asia. Los legionarios que sobrevivieron dieron noticia de la sorprendente forma de guerrear de sus enemigos, así como de los brillantes estandartes que lucían los catafractos partos, del todo espectaculares, confeccionados con telas muy finas teñidas de colores vibrantes. Aquellos pardillos volvieron a casa portando restos de un misterioso tejido que se confeccionaba, según Plinio el Viejo, a partir de «la fibra que los habitantes del país de los han sacaban de sus bosques, desprendiendo el plumón blanco de las hojas y regándolo con agua antes de que sus mujeres lo cardasen y tejiesen». Daba por sentado que era de origen vegetal.
Lo que los romanos llamaban «telas séricas» no era un material desconocido en Occidente: en el panteón de Egas se encontraron los restos óseos de Filipo II de Macedonia envueltos en un paño bordado en oro y teñido con púrpura y carmín, hecho con «lana de los bosques» de la isla egea de Cos, una especie de seda algo más basta que la que producían los seres (la denominación que se daba a los chinos). La seda importada desde Oriente, que haría furor a partir del reinado de Augusto, era una tela suave y elegante cuya demanda entre patricios y sine nobilitate terminaría por ser ruinosa para las arcas imperiales.
El poderoso Imperio parto había establecido relaciones diplomáticas y comerciales con la dinastía china Han en torno al siglo I a. C. Los habitantes del este de Partia, en el Irán actual, se convirtieron en los primeros intermediarios de los productos exóticos que procedían de aquellas tierras lejanas: la seda, las piedras preciosas y las especias. Su posición geográfica les permitió mercadear con tan valiosos géneros por su peso en oro, que se quedaba en sus dominios, o en plata.
En China, las leyendas sobre la aparición de la seda se remontan al tercer milenio a. C. Algunas crónicas en torno al año 2600 a. C. atribuyen a Si Ling Chi, la esposa del emperador Huang Di, haber descubierto el secreto del devanado del capullo cuando uno de ellos se le cayó en una taza de té caliente, lo que esponjó un hilo que luego pudo desenrollar. Confucio, en su Libro de las odas, también atribuye el descubrimiento a esta princesa china: «Mientras se divertía con una bolita gris recogida al pie de una morera, quedó fascinada tirando de un hilo de gran suavidad». Su relato coincide con los tradicionales, aunque no menciona el importante detalle de la bebida. El calor súbito mataría la crisálida antes de que horadara el capullo para salir y rompiera la continuidad de la hebra, imposibilitando así su tejido.
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Siento la pedantería, pero no era sólo terrestre, aunque sea la más conocida. También la había marítima.
https://es.wikipedia.org/wiki/Ruta_de_la_Seda
No es pedantería, gracias por el comentario. La descripción somera de la Ruta de la Seda no tiene otro objetivo que hablar de su contacto con Armenia. El artículo fue escrito para un monográfico sobre Armenia que publicó la revista JotDown. Y daría mucho de sí, existen muchísimas publicaciones sobre la Ruta de la Seda.
Felicidades por el artículo. Me ha encantado. Ahora utilizamos en España los gusanos de seda como mascota. Mediante cruces hemos conseguido razas de lo más interesantes.
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