
Nos encantan las tríadas. Sin querer, sin darnos cuenta, buscamos de forma natural completar los conjuntos de tres. Nos llenan de calma, de armonía, de plenitud. Encontramos tríadas por todas partes, pero especialmente en la literatura, incluso desde su propia concepción: autor, texto y lector. Tienen una especie de magia que nos atrae. Como la tienen también esas personas que son como tríadas.
La sevillana Francisca Noguerol, Paqui o Paquita para los amigos y cofrades microficcionistas, es un claro ejemplo. Catedrática en la Universidad de Salamanca, crítica brillante y lectora voraz. Impulsora del microrrelato, del ensayo-ficción, de los textos disconformes. Maestra, mentora y amiga.
Nos encontramos para esta entrevista en un café en Salamanca y las horas vuelan. Ella seguramente no lo recuerda, pero fue en este café donde nos conocimos hace años, cuando yo daba mis primeros pasos en el mundo de la microficción y ya le profesaba una profunda admiración. Como siempre, hablamos de lo humano, lo divino y lo literario. Como siempre me llevo conmigo un pedacito de esa pasión vital que ella desborda, que te embelesa, que ilumina allá donde tienen la suerte de escucharla. Como siempre me despido de ella esperanzada por un nuevo encuentro. Hasta entonces, sus palabras, su positiva visión del mundo y su carisma nos acompañan en estas páginas.
Además de muchas otras cosas importantes como primeramente mujer y madre, en microficción completas la tríada mágica de investigadora, lectora y profesora. ¿Cómo conviven las tres?
Con dificultad, porque no hay tiempo para nada. Pero, al final, las pasiones son las que definen tu esencia. Y a mí lo que más me ha interesado en la vida, lo sé a mis cincuenta y siete años, es aprender. Desde ese planteamiento, la investigación supone un aprendizaje continuo y la docencia es la retroalimentación perfecta, que te permite seguir comunicándote con las personas más jóvenes y darte cuenta de por dónde van las nuevas ideas. Y luego, claro, tener una vida personal en donde la lectura y la interacción con otros lectores es fundamental para complementar las otras dos. Gracias a las amistades con lectores, escritores e investigadores, también sigo aprendiendo. Así que con dificultad pero, también, con entusiasmo, que es una palabra clave.
Eres pionera en la introducción del microrrelato en España, cuéntanos cómo ese género te encontró a ti.
Pues precisamente porque siempre me he interesado por las lecturas excéntricas, por lo que no estaba canonizado en su momento. Me encantan esos autores que desgraciadamente no tuvieron la suerte de otros porque se encontraban mucho menos adscritos a saraos académicos, intelectuales o literarios. Esos autores que no van al cóctel, pero que sin embargo quedan en la historia de la literatura. Eso que llamó Gilles Deleuze la «literatura menor»: la literatura en otro idioma frente al central en un país, la literatura en géneros literarios subversivos o excéntricos. Por eso empecé a leer a autores como Juan José Arreola o Augusto (Tito) Monterroso, y me di cuenta de que por ahí había un camino. De hecho, cuando empecé mi investigación yo quería estudiar a una autora mexicana, Margo Glantz. Pero en aquel tiempo, estamos hablando de 1990, casi nadie investigaba a mujeres. A ti te parecerá increíble, pero era prácticamente imposible pensar en hacer una tesis sobre una mujer. Y también me fue difícil hacerla de un autor vivo, raro, que solo tenía en ese momento cinco libros publicados (al final de su vida Monterroso contaba solo con siete publicaciones que eran además volúmenes pequeños). Todo eso supuso una dificultad y un reto, pero también fue una pasión. Margo Glantz también es una autora fragmentaria, híbrida, practicante del ensayo-ficción, del microrrelato y de la colección de cuentos integrados. Pero en Tito encontré la horma de mi zapato, porque me permitía con su humor, con su ironía y con la sátira (que es clave para entender la vida desde mi punto de vista) lograr una revitalización del género. La trampa en la sonrisa es el título de la primera parte de mi investigación. Porque me gustan los que me engañan y consiguen acabar con las ideas establecidas. La trampa: me gusta que me coloquen celadas, me gusta que me sigan provocando. Y luego el humor es clave en mi vida, la sonrisa. Si a eso le sumamos que la sátira ha sido absolutamente actualizada a finales del siglo XX y en el siglo XXI, tenía la tesis perfecta. Así que fue Tito, y le agradezco a Carmen de Mora que me permitiera estudiar este autor en aquellos tiempos en que el canon no había cambiado aún.
Este artículo de nuestro archivo está completo para lectores registrados. Registrarse es gratis y solo lleva un minuto.






Pingback: RC#58: Un humor sulfuroso e implacable
¡Qué gran entrevista y qué gran entrevistada!
Una verdadera delicia de entrevista.
¿Dónde podemos leer más sobre las alotopías?