Arte y Letras Literatura

Microficción, la orfebrería de la palabra

Microficción
Colette, ca. 1950. Fotografía: Sanford H. Roth / Getty

Con un ritmo de vida cada vez más ajetreado, más urgente, el consumo de cultura en dosis pequeñas tiene un auge imparable, con tuits y memes como algunos de los protagonistas. En esta era del menos es más, la microficción nos enseña que, con ingenio y los ingredientes adecuados, se puede destilar la historia hasta su núcleo, hasta la intensidad pura. Y, además, jugando. 

Quien escribe estas líneas ha sido y es una lectora empedernida, empecinada, feliz, que considera un placer de fin de semana el perderse entre las páginas de un libro, a ser posible con un buen disco, café y lluvia afuera. Así que, cuando se anunció el primer confinamiento, allá por marzo de 2020, pensé, con un resquicio de esperanza y elevadas dosis de autoengaño o de ingenuidad, que aprovecharía los días de aislamiento entregada a este cotidiano placer. Para mi desgracia, me enfrenté a la frustración de arrojar libro tras libro a la montaña que se iba formando junto a la cama, títulos que deseaba leer o que había disfrutado anteriormente, autores nuevos y favoritos por igual. Y es que no era capaz de pasar de la página 60, de la 30, de la 15. La angustia por la situación a la que esta pandemia había sumido al mundo, la incertidumbre, el aislamiento y la ansiedad hacían imposible la lectura. No conseguía concentrarme. Las palabras bailaban ante mis ojos pero no los traspasaban, ninguna historia me hablaba con la fuerza suficiente para acallar las cifras de un horror que acechaba a cada instante. Hasta que la microficción vino en mi rescate. 

Fueron esos cuentos breves y extraordinarios, como los registrados por Borges y Bioy Casares, los únicos acompañantes que toleraba en aquellos días de sucesivos encierros. Imágenes que lograba leer antes de perder la concentración, palabras que resonaban aun cuando creía no haberlas escuchado. Historias como en cápsulas para aliviar mi desazón lectora, de corto tamaño y gran intensidad. De las que ya se encontraban ejemplos, por separado o formando parte de otras obras, en textos de hace varios siglos, pero que en las últimas décadas han experimentado un marcado aumento en su producción e investigación. Hoy en día se imparten conferencias en todo el mundo centradas exclusivamente en su estudio, por ejemplo, en el Congreso Internacional de Minificción, que celebra su vigesimoquinto aniversario este año, y en la edición española a cargo del Simposio Canario de Minificción, que prepara su quinta edición. El encanto de estos textos hace que encontremos también revistas especializadas (como la española Microtextualidades o la peruana Plesiosaurio, por mencionar algunas), así como editoriales que dedican con valentía a esta literatura el núcleo de su catálogo (Macedonia, en Argentina; Sherezade o Asterión, en Chile; Micrópolis, en Perú; Ficticia, en México, etc.). 

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8 comentarios

  1. El relato más corto de toda la historia es el del creador y escritor español, Antonio Miguel Moreno, titulado «breve relato de existencia».

  2. A pesar de no tener ninguno de sus libros a mí mano en este momento, pues los leí en bibliotecas hace muchos años, me parece que Alejandro Dolina también hizo uso de este tipo de escritura en sus libros

  3. Ironía: escribir tres páginas para hablar de microrrelatos, limitados a una

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