
Este artículo está disponible en papel el nuestra revista trimestral nº 49 Especial Vanguardias
(Imágenes cortesía del archivo Ilse Fusková)
La primera parte de su vida Ilse Fusková fue Ilse Wünsche, un apellido que en alemán, el idioma de su padre, se traduce lisa y llanamente como «deseos», en sugestivo plural. Imposible saber si ese designio de origen la ayudó a darse cuenta de que hay derecho a tener muchos anhelos, distintos y muchas veces contrapuestos. Pero a lo largo de su extensa e intensa biografía, que comenzó a escribirse en 1929 y terminó el 27 de junio de este año, a sus noventa y cinco, Ilse le hizo honor a ese accidental legado paterno.
Para entender quién fue y por qué la militancia lésbico-feminista argentina le debe tanto, habría que comenzar por el principio de esta historia, lo que en este caso significa in media res. Podríamos situarnos, por ejemplo, en 1978, año en que los argentinos festejaban las victorias de su selección en el mundial que la dictadura militar había organizado para mantener a salvo el humor social y revertir la «campaña antiargentina» que muchos países estaban llevando adelante por las desapariciones forzadas de personas y otros atropellos a los derechos humanos que ya resultaban imposibles de disimular. Ilse estaba por cumplir cincuenta años y transitaba las últimas primaveras de su matrimonio con Eduardo Kornreich (aunque es posible que esto último no lo supiera todavía). La pareja vivía en la Zona Norte de Buenos Aires, en un barrio residencial a unos pocos kilómetros de la capital, como muchos otros bonaerenses de buen pasar. Ante los ojos de cualquiera, era una señora burguesa como tantas que, pisándole los talones a su quinta década, había criado a sus tres hijos con alegría y todavía parecía llena de entusiasmo. La imagen coincidía con los hechos, pero para cualquiera que viera un poco más de cerca era posible distinguir en ella ciertas inclinaciones que la volvían distinta de otras tantas mujeres bien. Por empezar, que a pesar de pertenecer a la clase media alta porteña, casi toda su vida había trabajado o había sostenido actividades que no necesariamente la ayudaban a ganarse el pan pero sí a tener un mundo propio.

A sus diecinueve años había entrado al staff de Scandinavian Airlines, y durante varias temporadas había recorrido el mundo como azafata. A sus veintidós sintió que necesitaba «algo más»: conoció al dibujante Guillermo Divito y le propuso escribir crónicas de viaje en la revista Chicas, que él dirigía. Divito le dijo que sí. Para firmar sus columnas, Ilse cambió de nombre por primera vez: comenzó a hacerse llamar Felka. «Vía Aérea», la sección que llevaba adelante, se publicó entre 1951 y 1953. Ese proyecto inicial derivó en otras colaboraciones periodísticas —entrevistas, reportajes— en torno al mundo cultural. Felka comenzó a ser alguien en el circuito de las artes. Un día, en una exposición, se le acercó el artista visual Alberto Greco, fan de sus textos: «¿Vos sos Felka?», le preguntó. De ese cruce inicial nació una amistad que sostuvieron hasta la tempranísima muerte de él. Fue Greco, de hecho, quien le presentaría a su marido tiempo después. Ya casada, Ilse cultivó otras amistades inspiradoras e ilustres. En su casa cenaban semanalmente el fotógrafo Horacio Coppola y también su exmujer, la conocidísima Grete Stern. No sabemos si charlaban sobre fotografía. Pero de haber querido, hubieran podido hacerlo casi de igual a igual: aunque nunca se lo había tomado como un oficio, Ilse había aprendido a sacar fotos de forma autodidacta y tenía muy buen manejo de su cámara. En los años 50 fotografió a personas que se cruzaba por la calle, documentó las infancias de la humilde Isla Maciel y, como una suerte de flanéuse —palabras de María Laura Rosa, su albacea y acaso la persona que más y mejor conoce su obra— indagó en diversas formas de capturar la realidad de su ciudad. Bastante tiempo después quiso probar con la fotografía artística: ya había comenzado la década del 80 cuando retomó el vínculo con sus equipos para dedicarse a estudiar —ahora sí— fotografía con Coppola y retratar, sobre todo, a mujeres. Dio a luz su primera serie con una búsqueda más poética (El zapallo) y creó algunas de las obras que hoy se consideran icónicas.
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