Arte y Letras Fotografía Sociedad

El deseo en mí: el camino hacia el lesbofeminismo de Ilse Fusková

Ilse Fusková
Ilse Fusková y Alberto Greco en el pasaje Seaver, 1957. Fotografía: Felka (Ilse Fusková).

Este artículo está disponible en papel el nuestra revista trimestral nº 49 Especial Vanguardias

(Imágenes cortesía del archivo Ilse Fusková)

La primera parte de su vida Ilse Fusková fue Ilse Wünsche, un apellido que en alemán, el idioma de su padre, se traduce lisa y llanamente como «deseos», en sugestivo plural. Imposible saber si ese designio de origen la ayudó a darse cuenta de que hay derecho a tener muchos anhelos, distintos y muchas veces contrapuestos. Pero a lo largo de su extensa e intensa biografía, que comenzó a escribirse en 1929 y terminó el 27 de junio de este año, a sus noventa y cinco, Ilse le hizo honor a ese accidental legado paterno. 

Para entender quién fue y por qué la militancia lésbico-feminista argentina le debe tanto, habría que comenzar por el principio de esta historia, lo que en este caso significa in media res. Podríamos situarnos, por ejemplo, en 1978, año en que los argentinos festejaban las victorias de su selección en el mundial que la dictadura militar había organizado para mantener a salvo el humor social y revertir la «campaña antiargentina» que muchos países estaban llevando adelante por las desapariciones forzadas de personas y otros atropellos a los derechos humanos que ya resultaban imposibles de disimular. Ilse estaba por cumplir cincuenta años y transitaba las últimas primaveras de su matrimonio con Eduardo Kornreich (aunque es posible que esto último no lo supiera todavía). La pareja vivía en la Zona Norte de Buenos Aires, en un barrio residencial a unos pocos kilómetros de la capital, como muchos otros bonaerenses de buen pasar. Ante los ojos de cualquiera, era una señora burguesa como tantas que, pisándole los talones a su quinta década, había criado a sus tres hijos con alegría y todavía parecía llena de entusiasmo. La imagen coincidía con los hechos, pero para cualquiera que viera un poco más de cerca era posible distinguir en ella ciertas inclinaciones que la volvían distinta de otras tantas mujeres bien. Por empezar, que a pesar de pertenecer a la clase media alta porteña, casi toda su vida había trabajado o había sostenido actividades que no necesariamente la ayudaban a ganarse el pan pero sí a tener un mundo propio. 

Ilse Fusková
Una imagen de la serie Niños de isla Maciel, 1956. Fotografía: Felka (Ilse Fusková).

A sus diecinueve años había entrado al staff de Scandinavian Airlines, y durante varias temporadas había recorrido el mundo como azafata. A sus veintidós sintió que necesitaba «algo más»: conoció al dibujante Guillermo Divito y le propuso escribir crónicas de viaje en la revista Chicas, que él dirigía. Divito le dijo que sí. Para firmar sus columnas, Ilse cambió de nombre por primera vez: comenzó a hacerse llamar Felka. «Vía Aérea», la sección que llevaba adelante, se publicó entre 1951 y 1953. Ese proyecto inicial derivó en otras colaboraciones periodísticas —entrevistas, reportajes— en torno al mundo cultural. Felka comenzó a ser alguien en el circuito de las artes. Un día, en una exposición, se le acercó el artista visual Alberto Greco, fan de sus textos: «¿Vos sos Felka?», le preguntó. De ese cruce inicial nació una amistad que sostuvieron hasta la tempranísima muerte de él. Fue Greco, de hecho, quien le presentaría a su marido tiempo después. Ya casada, Ilse cultivó otras amistades inspiradoras e ilustres. En su casa cenaban semanalmente el fotógrafo Horacio Coppola y también su exmujer, la conocidísima Grete Stern. No sabemos si charlaban sobre fotografía. Pero de haber querido, hubieran podido hacerlo casi de igual a igual: aunque nunca se lo había tomado como un oficio, Ilse había aprendido a sacar fotos de forma autodidacta y tenía muy buen manejo de su cámara. En los años 50 fotografió a personas que se cruzaba por la calle, documentó las infancias de la humilde Isla Maciel y, como una suerte de flanéuse —palabras de María Laura Rosa, su albacea y acaso la persona que más y mejor conoce su obra— indagó en diversas formas de capturar la realidad de su ciudad. Bastante tiempo después quiso probar con la fotografía artística: ya había comenzado la década del 80 cuando retomó el vínculo con sus equipos para dedicarse a estudiar —ahora sí— fotografía con Coppola y retratar, sobre todo, a mujeres. Dio a luz su primera serie con una búsqueda más poética (El zapallo) y creó algunas de las obras que hoy se consideran icónicas. 

Para ese entonces, habían pasado muchas cosas. Ilse había comenzado a leer teoría feminista y se había hecho amigas y compañeras dentro del incipiente movimiento de mujeres en Buenos Aires. Su vida personal, además, había cambiado drásticamente. Cuando se dio cuenta de que su matrimonio no estaba funcionando, hizo lo que pocas mujeres de su edad y clase social se animaban a hacer: viajó a París para tener un affaire con otro hombre. Esa historia duró quince días, tiempo suficiente para que su marido descubriese la infidelidad y su familia la desterrara del paraíso. Pasados los cincuenta años —los cincuenta años de una época y un país en que todavía no estaba promulgada la Ley de Divorcio— Ilse se mudó sola a un departamento pequeñísimo y se decidió a rearmar su vida. 

Ilse Fusková
Una imagen de la serie Niños de isla Maciel, 1956. Fotografía: Felka (Ilse Fusková).

*** 

El retorno de la democracia en Argentina coincidió con un período de gran autodescubrimiento para ella. En las reuniones de ATEM (Asociación de Trabajo y Estudios de la Mujer), comenzó a conectar con feministas muy distintas entre sí: las académicas, las militantes de base, las artistas, las mujeres trabajadoras. La gran mayoría de las activistas era heterosexual. También había algunas lesbianas. Pero casi ninguna lo era abiertamente, al menos no en todos los ámbitos de su vida. Las feministas —los feminismos— comenzaban a conectarse o reconectarse entre sí, después de años de repliegue y silencio. En alguna de esas reuniones, Ilse conoció a la periodista Adriana Carrasco. Junto a ella y a la artista visual Josefina Quesada, empezó a tramar acciones directas, convencida de que había que mostrarse en las calles, de que marchar un par de horas el 8 de marzo no bastaba. Adriana, Ilse y Josefina salían regularmente a las calles del Microcentro porteño con carteles que llevaban consignas feministas («Basta de violadores impunes», «¡Mujeres golpeadas en el colectivo 140!») o con los nombres de mujeres que habían sido asesinadas. Una suerte de «Ni una menos» a pequeñísima escala, y treinta años antes de la primera marcha de «Ni una menos». 

Por entonces sucedió el hallazgo: en un encuentro internacional feminista que se celebró en Bertioga, Brasil, al que asistió como parte de la comitiva argentina, Ilse escuchó hablar por primera vez a la militante lesbiana Empar Pineda, que había llegado desde España. A la noche, después de las charlas y las actividades, las mujeres bailaban juntas, solo entre mujeres, algo que muchas no habían hecho jamás. Cuando le tocó intercambiar unos pasos con Pineda, Ilse sintió en la piel algo que hasta entonces nunca había sentido. A los cincuenta y seis años, entendió que había un costado de sí misma que aún no conocía. 

Ilse Fusková
Retrato de la artista Leonor Vasena, 1957. Fotografía: Felka (Ilse Fusková).

O quizá habría que pensarlo de otra forma. Quizá terminó por entender con el cuerpo lo que toda su vida había estado buscando en el intelecto, en la escritura, en la militancia, en la fotografía. A veces pasa: una no sabe detrás de qué cosas andaba hasta que efectivamente se topa con ellas, y de ahí en más muchas piezas del rompecabezas se acomodan. Sentir, pensar y hacer se volvieron una misma cosa, mucho más nítida: ese giro afectivo le regaló a Ilse un cauce nuevo para sus intervenciones políticas y artísticas que, se daba cuenta ahora, el feminismo a secas no le estaba dando. 

Cuando se asumió como lesbiana, Ilse empezó a conectar con teorías sobre la heterosexualidad normativa que todavía no habían llegado a la Argentina. Decidió divulgarlas y llevar, con una fuerza todavía más revulsiva, todo lo que estaba aprendiendo al campo de la práctica. Del contacto con la teoría lésbica española, mucho más desarrollada por entonces que la latinoamericana, se llevó varias ideas. La más importante: plasmar en textos las vivencias de mujeres enamoradas de otras mujeres. Creó junto a Carrasco los Cuadernos de existencia lesbiana, una serie de fanzines que se publicaron entre 1987 y 1996 y que se conseguían en los encuentros feministas y las marchas. 

Ya entrada la década de los 90, Ilse se sumó además a la organización Gays por los Derechos Civiles, liderada por Carlos Jáuregui, el primer presidente de la Comunidad Homosexual Argentina (CHA). Junto a él organizó en 1992 la primera Marcha del Orgullo Gay-Lésbico de Buenos Aires, que reunió a cerca de trescientas personas. Decenas de ellas decidieron marchar con las caras tapadas, por miedo a ser reconocidas y tener problemas con sus familias o perder sus trabajos. Ilse, en cambio, no tenía miedo, y entretanto había entendido que sus privilegios conllevaban también una obligación. Ser una señora rubia, de buenos modales, descendiente de alemanes y con un techo asegurado, le confería cierto poder. O más bien, le daba la posibilidad de mostrarse abiertamente en televisión para defender su causa y, de paso, romper algunos prejuicios en torno a la homosexualidad. Si el lesbianismo estaba asociado con la promiscuidad, con ciertas enfermedades mentales o con el rechazo a la feminidad tradicional, esa señora de voz dulce y ojos claros venía a traer otro mensaje: ser lesbiana también podía significar, sencillamente, ser mujer y amar a otra mujer. 

Fue desde esta conciencia que Ilse se convirtió en un personaje público, comenzó a dar algunas entrevistas y llegó, en 1991, a Almorzando con Mirtha Legrand, uno de los programas de mayor audiencia de la televisión argentina por aquel entonces. De pulóver amarillo y pashmina violeta, compartió mesa junto a una mujer trans, un profesor gay, un médico sexólogo y una psicóloga especialista en sexualidad en un programa íntegramente dedicado a discutir la homosexualidad. «Es un gran dolor no poder decirlo abiertamente, es como tener una vida dividida: una para afuera, otra en la intimidad. Y hace mucho daño tener que vivir en esas condiciones. Por eso, las que podemos decirlo tenemos que hacer un trabajo de concientización», explicó al final del programa, con sencillez y templanza. Los mensajes furiosos de los televidentes no tardaron en llegar. «Qué inmundicia», decía uno. «Mirtha, me parece que no es un tema para tratar a esta hora», sugirió otra. La conductora defendió la mesa que había armado con tono socarrón: «Mirá, querida, ¡con la cantidad de cosas que se ven en televisión! Creo que hemos tratado el tema con mucha calidad». Hasta ese mediodía, ninguna mujer se había declarado abiertamente lesbiana en la televisión argentina. Ilse Fusková —que para entonces, ya había adoptado el apellido de su mamá: el paterno y el de su exmarido le habían sido vedados— fue, también en esto, la primera. 

Ilse Fusková
Retrato de la artista Beatriz Guido, 1957. Fotografía: Felka (Ilse Fusková).

De la infinidad de cartas que recibió después de aquel almuerzo televisado, hubo una que le llamó especialmente la atención. Estaba firmada por una tal Claudina Marek, una maestra entrerriana que había quedado conmovida por la historia de esa mujer un poco argentina, un poco checa, un poco alemana. Claudina no conocía a otras lesbianas y, a decir verdad, tampoco conocía la palabra «lesbiana»: sabía que se sentía atraída por otras mujeres pero se sentía la única en el mundo y eso, más que generarle orgullo, la aterraba. Ver a Ilse en televisión (una casualidad inmensa: Claudina solía trabajar sin parar, y justo ese día se había quedado en casa porque estaba enferma) la espabiló. 

Ilse contestó su carta y le propuso que se conocieran. A los cuatro meses estaban viviendo juntas. Estuvieron en pareja casi un cuarto de siglo, hasta la muerte de Claudina en 2016. Juntas publicaron, en 1994, Amor de mujeres – El lesbianismo en la Argentina hoy, un proyecto de escritura que nació cuando se dieron cuenta de la potencia que podía tener el hecho de entrelazar sus historias de vida, tan distintas, en un relato compartido. Ilse provenía de una familia de clase media intelectual y su interés por las mujeres había sido durante muchos años más abstracto, centrado en lo que escribían, producían, pensaban. Claudina, en cambio, había crecido en un pequeño pueblo rural y desde los cinco años había tenido claro que le gustaban las chicas. Inicialmente pensaron en armar una edición casera para distribuirla entre sus amigas, pero el ensayo fue publicado finalmente por Planeta. Una vez más: Ilse fue la primera mujer argentina en firmar un texto de teoría lesbofeminista para una gran editorial. 

*** 

Incluso un tiempo antes de que Claudina se enfermara, la pareja decidió replegarse y bajarle un poco el volumen a la exposición mediática. Las sucesivas apariciones en los medios de comunicación habían ayudado a visibilizar el amor lésbico y a abrir debates en toda la sociedad, mucho más allá de los espacios queer, pero también había tenido sus costos, sobre todo al interior de sus familias. De todas formas, Ilse y Claudina se mantuvieron en constante movimiento: quienes frecuentaban los espacios feministas se las cruzaban en charlas, encuentros, muestras y actividades. En 2015 se organizó una exposición con las fotografías de Ilse en Tierra Violeta, el centro cultural que lleva adelante la teórica feminista Diana Maffía. Fue en ese contexto que la documentalista Liliana Furió se la volvió a cruzar. Furió había conocido a Ilse cuando, recién salida del clóset, comenzó a participar de los encuentros de Madres Lesbianas para reunirse con otras mujeres que, como ella, habían estado casadas, habían tenido hijos y en algún momento se habían dado cuenta de que no querían volver a salir con tipos. En aquel reencuentro, Liliana le preguntó a Ilse si existía alguna película sobre su vida. Ilse contestó: «Que yo sepa, no». 

Y entonces Furió le propuso hacerla: era importante atesorar su historia para la posteridad. Comenzaron a reunirse, a revisar material, a rememorar. Tres años más tarde, con Ilse a punto de cumplir noventa y un alzhéimer que empezaba a avanzar y a borrar recuerdos, Furió y su codirector, Lucas Santa Ana, rodaron el documental que lleva el nombre de su protagonista y que, junto a los textos de María Laura Rosa, constituyen el acceso más valioso y directo a su vida y obra para quienes no la conocimos de forma directa. En esa carrera contra el tiempo, Furió y Santa Ana cristalizaron una biografía que no solo debe ser recordada por su condición de pionera, por su valentía y por su lucidez política. Si en el legado de Ilse hay algo más importante que el heroísmo, es su capacidad para mantener una curiosidad genuina (casi infantil, en el mejor de los sentidos), animarse a probar siempre cosas nuevas, barajar y dar de nuevo, cambiar de piel todas las veces que sea necesario. Vivir con la seguridad de que la vida no está hecha de un solo Wunsch, sino de muchos Wünsche. 

Ilse Fusková
Sin título (primera fotografía), 1953. Fotografía: Felka (Ilse Fusková).

SUSCRIPCIÓN MENSUAL

5mes
Ayudas a mantener Jot Down independiente
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 
 

SUSCRIPCIÓN ANUAL

35año
Ayudas a mantener Jot Down independiente
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 
 

SUSCRIPCIÓN ANUAL + FILMIN

105año
Ayudas a mantener Jot Down independiente
1 AÑO DE FILMIN
Acceso gratuito a libros y revistas en PDF
Descarga los artículos en PDF
Guarda tus artículos favoritos
Navegación rápida y sin publicidad
 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

*