
Interior. Noche. Un bar, claro.
Ruido de voces casi gritonas, conversaciones que se cruzan, clinclines de vidrio. Siete u ocho mesas, llenas de gente. Una soprano de ojos color espuma canta canciones sin gusto. En la barra se sientan varios personajes.
Hay un tipo vestido con traje blanco-blanquísimo, mocasines de piel, sonrisa irónica, sombrero posado cuidadosamente en percha tipo pub, justo a la altura de los taburetes. Hay otro también vestido de traje, pero con expresión más atenta, puro nervio, ojos de pillo. A su lado, un tipo enorme, espaldas de atleta, con una pipa entre los dientes, gafas ambarinas y expresión dura (mira fijamente a un punto de la pared, murmura palabras que no escuchamos). Hay una mujer tímida que intenta no tocar la madera con sus manos, hay un hombre que gira un Zippo color plata entre dedos, hay uno pequeñajo con cara de mala hostia y aspecto de pura pendencia. Alguien (tela cara en sus ropajes, cuello almidonadísimo, gruesa revista bajo axila) intenta atraer su atención.
Todos tienen una botella de whisky, mediada, frente a ellos. También un vaso con hielos a medio derretir.
¿Cómo se llama la peli?
Welcome to the New Journalism.
El nuevo periodismo es libre
Un coche sale a toda velocidad. Tú, reportero, puedes escribir «un coche sale a toda velocidad». Es sucinto, tiene precisión. Es, oh, sí, puro dormirse. Pero también podrías poner «¡Ggghhzzzzzzzzhhhhhhggggggzzzzzzeeeeeeong! ¡Maldita sea!», y la cosa cambia, eh, la cosa cambia. Lo segundo lleva firma de Tom Wolfe. Lo segundo es New Journalism.
Wolfe le puso nombre y demiurgización a algo que venía produciéndose desde años atrás. Fue, por así decirlo, pontífice de novedades, y, como todos los pontífices, arrimó pelín el ascua a su sardina. Vamos, que para Wolfe era New Journalism lo que Wolfe escribe (y si coincidía con el resto… guay, miel sobre hojuelas). En pocas palabras… que podemos hacer cualquier cosa para contar la realidad, que tenemos las mismas herramientas que un novelista y cero pudor para utilizarlas. Que hay cinco «W», vale, pero se puede resolver el rompecabezas de formas diferentes. Que, si lo haces con estilo y mucho flow, romper un puzle para que encaje puede ser divertido, elegante y, sí… literario.
Porque ahí está el asunto. El periodismo es literatura, el periodismo es, dice Wolfe, la más alta representación del arte con letras. Porque tiene todas las armas que poseen narradores y bardos, pero, encima, le añades «verdad». Oh, no busquen la gran novela americana, amigos… la tienen delante a cómodos plazos. Y Wolfe, como autoproclamado representante del género, se aplica mogollón. Tiene oído, tiene facilidad para el detalle-metáfora, tiene un punto de distancia irónica. Y ningún complejo. Así que utiliza poemas en sus artículos, usa juegos de palabras, mezcla elementos de la psicología, de la cultura pop, de la Marvel y la Metro. Es el rey de las onomatopeyas, de los tacos sutiles, de los dobles sentidos, de los diálogos que se reconstruyen. Si nos habla del LSD introduce a su narrativa cierto aire «ácido», digresiones, párrafos laberínticos, trucos visuales con signos de puntuación. Es una delicia, es una estrella.
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No soportaba que el nuevo periodismo hubiese muerto, por eso me inventé a Sol Colmenares, ya sabéis, la chica bien que hace espectáculos. Hace nada le seguía los pasos al Sr. Zimmerman, que habría sido su cumpleaños, se ocupaba del Señor Georgenson.
https://pacodetorresapuntesdelnatural.blogspot.com/2025/02/las-bromas-de-mister-georgenson.html
Saludos.
Insufrible texto
Trabajé durante 15 años en un periódico, en la década de los noventa. No se yo si eso del ‘new journalism’ pasaba por la cabeza de alguno de mis compañeros, pero desde luego es un trabajo que te marca la vida, la redacción respiraba vida, los talleres también. Hoy… pues eso, ya se acabó todo. ¿Cuántos quioscos de prensa quedan en tu barrio?