
Carta del Almirante Cristóbal Colón a Francisco Roldán persuadiéndole a la paz y que desista de la rebelión de la que era cabeza.
20 de octubre de 1498
Querido amigo, recibí vuestra carta: después de haber llegado aquí y de haber preguntado por el Sr. Adelantado y D. Diego, pregunté por vos como por aquel en quien tenía yo mucha confianza y a quien dejé con certeza disponer todas las cosas que fuesen menester. No me supieron dar nuevas de vos, pero todos a una voz me contaron algunas diferencias que acá habían pasado y que por ello deseábais mi venida como la salvación del alma. Yo, ciertamente así lo creí: porque ni aun viendo lo contrario con mis ojos hubiera creído que vos habíais de trabajar hasta perder la vida excepto en cosa que a mí me concerniese. Sobre esto hablé largo con el alcaide, quien con certeza creía, según las palabras que yo le había dicho y él os dijo, que vos vendríais acá. Por eso creí que vuestra llegada sería antes, pues aunque acá hubiesen pasado cosas más graves de las que han podido pasar, creí que vos vendríais a rendirme cuentas de las cosas a vuestro cargo, así como lo hicieron todos los otros a quien cargo dejé, como es costumbre y honra de ellos. Y si hubiera impedimentos para hacerlo de palabra, lo harían por escrito, pero no era menester seguro ni carta. Dije después de haber llegado aquí que yo aseguraba a todos que cada uno pudiese venir a mí y decirme lo que les placiera, y de nuevo lo vuelvo a decir.
En cuanto a lo que decís de la ida a Castilla, yo por vuestra causa y la de las personas que están con vos, creyendo que algunos se querían ir, he detenido los navíos dieciocho días más de lo dispuesto, y los detendría más tiempo, pero los indios que llevaban les daban mucho trabajo y se les morían. Me parece que no debéis actuar a la ligera y mirar a vuestra honra más de lo que me dicen que hacéis, porque no hay nadie a quien eso más toque, y no debéis dar causa a las personas que os quieren mal acá o en vuestra tierra para que no tengan nada que decir, y así evitar que el Rey y la Reina Nuestros Señores se enojen. Por cierto, cuando me preguntaron por las personas de acá en quien pudiese tener el señor Adelantado consejo y confianza, yo os nombré primero que a otros, y les puse vuestro servicio más alto, pero ahora me apena que por estos navíos hayan de oír lo contrario: ahora ved qué es lo que se puede o convenga al caso, y avisadme de ello, pues los navíos partieron. Nuestro Señor os haya en su guarda.
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