Literatura

Los prescriptores

Abelardo Linares para JD 6

No sé en qué momento abandoné la costumbre —que a los bibliófilos les pone la piel como esparto— de manchar los libros que compraba con mi nombre, la fecha y el lugar de adquisición. Ahora lo lamento. Sé que por las leyes de la bibliofilia ese acto deprecia el valor de un libro si no eres nadie —otra cosa es que el que mantuviera esa costumbre fuese Borges o Cernuda, claro: la fortuna que valen hoy los volúmenes, por insustanciales que sean, en los que uno u otro colocaban su nombre a falta de exlibris— y los libreros suelen, a la hora de describir los ejemplares, anotar con indisimulado gesto de repugnancia: «nombre de anterior propietario en página de respeto« o peor aún «firma de anterior propietario en portada». Pero a mí me gustan esos libros que traen el nombre del anterior propietario y la fecha de compra o lectura, es como que, al marcar el objeto con datos de propiedad tan concretos como caducados, le dan historia, ayudan a biografiarlo, hacen que el objeto hable (quizá los objetos son personas que se han quedado congelados en una forma, dice Juan Mayorga en algún momento de su obra La colección, y García Calvo no se cansaba de decir que las cosas están hablando todo el rato, otro asunto es que las escuchemos con tanto ruido como hay por todas partes).

Ahora lo lamento, digo, porque si hubiera mantenido la costumbre que tenía de chaval, y que no se correspondía con un ansia de marcar con sello de propiedad un volumen sino con una necesidad, dado que en la época los libros que uno compraba rulaban tanto entre los amigos que llegaba un momento en que si no hubiera sido por el nombre en la página de respeto no hubiéramos sabido de quién era aquel ejemplar de Bukowski, el tomo de La conjura de los necios, o tantos otros…si hubiera mantenido esa costumbre, digo, ahora podría ordenar mis libros no por autores, ni géneros, ni lenguas, ni épocas, sino por las fechas en las que entraron en mi vida, y podría hacer un recorrido que me permitiera saber si Marsé llegó a mi conocimiento antes que Nabokov o al revés, hasta qué fecha tan adelantada no supe de la poesía de Miguel d’Ors o qué año empecé a leer a Dorothy Parker. Si pudiera volver atrás, no sólo pondría la fecha de adquisición y el lugar, también escribiría, quizá en la última página, quién me había llevado a ese libro. La memoria puede hacer un esfuerzo y asegurarme que una mención en la revista La luna de Madrid me dio a conocer a Bukowski y a Cansinos Assens, un recital en una bodega de Fernando Quiñones en el que terminó de pie recitando de memoria un poema que me impresionó me condujo a la mañana siguiente a buscar el Canto general de Neruda, una serie de televisión me zambulló en la Vida privada de Sagarra, otra en La plaza del diamante de Mercé Rodoreda y otra en el mundo pletórico de Evelyn Waugh: o sea, ni siquiera Groucho Marx llevaba razón aquella vez que alababa a la televisión como gran fomentadora de la lectura porque cada vez que la veía no tenía más remedio que apagarla y ponerse a leer un libro. Borges me ha llevado a un montón de autores, no todos para bien, pero soy incapaz de recordar a quién le debo Nabokov, a quién Scott Fitzgerald. Después de esa zona más o menos adolescente, viene una bruma que se lo lleva todo, y ni idea de cómo acabé leyendo a Modiano o a Margueritte Yourcenar, a Javier Marías o a Pessoa: ¿a quién se los debo? Si hubiera hecho aquellos apuntes en las páginas de respeto de libros que llevan ya casi cuarenta años conmigo, ahora lo sabría.

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3 comentarios

  1. Enhorabuena por su magnífico artículo. Quisiera también añadir que debe usted considerarse mi prescriptor de «De Madrid a Oviedo pasando por las Azores». Vaya por adelantado mi agradecimiento.

  2. Manuel Moreno

    Excelente historia personal de las influencias lectoras. Yo también lamento no haber consignado fecha y firma en mis libros para hacer el seguimiento de mi desarrollo lector y mis influencias. Enhorabuena por el artículo.

  3. Unas reflexiones muy gustosas para los que apreciamos las circunstancias que nos llevan o en las que leemos un libro. Yo también anoto la ciudad, la estación, si fue regalo o incluso como me sentía.

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